Momento constituyente

UNA LUCHA HISTÓRICA SE DESARROLLA EN EL PERÚ

Nada podrá impedir que el pueblo, que ha tomado su destino en sus propias manos, refunde este país y lo retorne a su estado originario: Un Perú para todos los peruanos.

La elección de Pedro Castillo a la presidencia del Perú y todo el debate suscitado, mostró que el Perú había entrado a un Momento Constituyente. Esto es, a un momento refundacional. La frase Asamblea Constituyente para una Nueva Constitución, salía de la simple repetición verbal, a la que algunos la habían reducido, para cobrar carne y sentido en las amplias masas. La inmensa mayoría del país tomaba plena consciencia en que nuestro país no podía seguir siendo el mismo. Esto es, un país inmensamente rico, pero con su pueblo —hombres, mujeres, su niñez y su ancianidad— sumido en la pobreza, la miseria y el abandono. Tomábamos cabal consciencia de que somos un país cuyos recursos, por centurias, han sido saqueados para ponerlos al servicio de las potencias mundiales y para enriquecer a la élite parasitaria limeña: El oro de Indias y la papa; el guano de Islas y el caucho; el azúcar y el algodón; la anchoveta, el cobre y la plata; y hoy el Litio y la biodiversidad de la Amazonía. Y, con indignación, cobramos consciencia y en tiempo real que las clases dominantes, y sus operadores políticos en el Congreso, siguen entregando nuestros recursos y riquezas y siguen entregando nuestra soberanía. Y son los primeros en prestarse para encubrir la destrucción ecológica. Ellos son los traidores a la patria.

Talara, el lugar donde se explotó el petróleo, es hoy un lugar sumido en la pobreza. En Cerro de Pasco, en donde por siglos se explotó el cobre, el zinc y la plata, los niños nacen y crecen con plomo en la sangre. En Cajamarca, sus inmensos paisajes son destruidos y sus fecundas tierras, su aire y sus aguas son contaminados. En Chimbote, su aire y su gran bahía están enrarecidos y contaminados y su flota pesquera y sus recursos —a través de las cuotas de pesca— están en manos de un puñado. En la Selva, sus ríos y tierras padecen contaminados por los derrames de petróleo, sus bosques son destruidos por la tala legal e ilegal, y sus pueblos sobreviven olvidados y atacados. En el Sur peruano, sus recursos mineros y gasíferos son expoliados y saqueados, y sus tierras degradadas por el mercurio; y su población, sigue luchando por arrancar frutos a esa tierra para alimentar a la ciudades y sigue viviendo en la pobreza. Esa es la huella que deja el capitalismo en el Perú, pues no existe el capitalismo con rostro humano. Es la huella de bonanzas transitorias que enriquecen a unos pocos —los monopolios extranjeros y la élite limeña—; y que a la larga destruyen a los pueblos y el hábitat (y sus especies), dejando a su paso desolación, desocupación y miseria. Con lo que queda confirmada la clara posición científica: El capitalismo destruye al hombre y la naturaleza.

Como balance histórico a 500 años de la dominación colonial y su prolongación en 201 de República formal —de saqueo de nuestros recursos y expoliación de nuestra fuerza de trabajo— tenemos que la inmensa mayoría de peruanos vivimos en la precariedad, la ausencia de derechos, la pobreza y la miseria. Un trabajador de las pequeñas ciudades y poblados del Perú profundo, o de su agricultura, se va a casa con S/ 10 soles. Un jubilado urbano puede recibir una pensión de S/ 200 soles mensuales. La RMV está en los magros S/ 1,025 y tiene acceso a ella tal vez un 25% de los trabajadores. Pero un parlamentario gana S/ 32,000 (más de 1,060 soles diarios), pero dice que no le alcanza. Y un Ejecutivo de empresa, e incluso de una entidad universitaria pública, un burócrata de alto rango gana S/ 25,000-45,000 soles mensuales. Ni hablemos de las grandes empresas monopólicas, sobre todo de la minería y sus altos ejecutivos. Y, en medio de todo ello, se ha reducido nuestro derecho al trabajo, a la alimentación, a un hábitat saludable, a una salud universal, a una educación de calidad, al tiempo para el descanso y el esparcimiento. Ese es el rostro de la desigualdad; y de lo que es el Perú, su seudo República y su falsa democracia. Eso es lo que los de arriba no quieren dejar, y lo que los de abajo no queremos permitir más.

Somos un país de todas las sangres, pero el núcleo de nuestra peruanidad es el Perú originario, con el que se funden todas las sangres en el Perú popular. El Perú originario no somos las “minorías nacionales”, sino la inmensa mayoría. Una mayoría a la que se pretende seguir racializando/inferiorizando llamándonos con desprecio indios, serranos, cholos para negar el valor de nuestra voz y nuestra capacidad de decidir, elegir y gobernarnos. Somos históricamente un pueblo laborioso, sencillo y creador. Pero la élite limeña nos culpa de ser causantes de nuestra propia pobreza; omitiendo que ella misma, atrincherada en los lujosos barrios de la capital, concentra esa riqueza y devora las energías nacionales. Una élte que dispone, a su antojo, de nuestros gigantescos recursos en beneficio del gran capital extranjero y nativo. Para lo cual se apoyan en  las FFAA y Policiales cuyos altos mandos provienen de la élite o son asimilados a ella. Una élite cuyo cordón umbilical con el pasado colonial salta a la vista por su carácter marcadamente racista, parasitario, corrupto, predatorio y vendepatria. De manera que, contra una masa trabajadora y creadora cuyos orígenes históricos se remontan a más de 5,000 años de historia civilizatoria, tenemos a una élite racista y clasista. La misma que, para mantener sus privilegios y para acallar nuestras protestas, utiliza todas las herramientas del miedo o el terror estatal: “Son terroristas”, “son vándalos”, “los financia el narcotráfico”. Las que utilizan ahora mismo que el pueblo despertó y está en las calles. Por eso, junto a los olvidados y empobrecidos, están los perseguidos y encarcelados. Todo aquel que ose levantarse en justa protesta o en rebelión contra esta situación centenaria de injusticia, purgará prisión. Ahí está el presidente Pedro Castillo y los cientos de luchadores de esta gesta y de tantas otras. Y si no es la prisión lo que tengan que cobrarles, aquellos pagarán con su vida, como ha sucedido con los 27 héroes populares, ante cuya memoria nos hemos reafirmado en que el Perú tiene que cambiar y va a cambiar. ¡Es ahora o nunca!

Como balance histórico a 500 años de la dominación colonial y su prolongación en 201 de República formal —de saqueo de nuestros recursos y expoliación de nuestra fuerza de trabajo— tenemos que la inmensa mayoría de peruanos vivimos en la precariedad, la ausencia de derechos, la pobreza y la miseria.

Así, esta consciencia sobre la necesidad de cambiar este estado de cosas y de peruanizar al Perú ya se vislumbraba cuando elegimos a Pedro Castillo como presidente del Perú. Pero ella fue consolidándose y levantando alas como un despertar cuando veíamos, con nuestros propios ojos, y con ayuda de la prensa alternativa, cómo se daban los primeros pasos prometedores. Y, al mismo tiempo, cómo se activaban los resortes del poder fáctico para impedir todo avance. Vimos, en el mismo momento que sucedía, cómo operaba la llamada Justicia y su Fiscalía policiaca (herederas directas de la Inquisición), los llamados Padres de la Patria, los medios de comunicación, la jerarquía de la Iglesia católica y las FF.AA y policiales, y los grupos corporativos que están en la base de todo. Vimos, con toda claridad, como funcionan las estructuras de poder. Pero vimos también, en la propia lucha, la magnitud de nuestra fuerza.

Tal consciencia de la necesidad del cambio y de nuestra fuerza para realizarlo, se van consolidando aún más en las luchas iniciadas desde el 7 de diciembre —día del golpe parlamentario contra Pedro Castillo—, y reiniciadas un 4 de enero del 2023. En medio de ellas ahora se comprende la necesidad de organizarse a nivel nacional para avanzar en el programa de lucha: Cierre del Congreso y Asamblea Constituyente, Libertad y restitución del presidente Pedro Castillo. El reinicio de la lucha, este 4 de enero, ha sido prometedor y abarcó principalmente Ayacucho, Arequipa, Andahuaylas, Puno y la capital limeña, con una marcha grande y contundente. Pero su tendencia es al desarrollo, como se pudo observar en Cajamarca y sus grandes movilizaciones; y sobre todo en Andahuaylas donde este 7 de enero marcharon entre 12,000 a 14,000 pobladores.

La usurpadora y dictadora Dina Boluarte y sus aparatos represivos, sus órganos de persecución judicial, su parlamento golpista, han ensayado de todo para impedir el avance de la protesta. Primero llamaron “terroristas” a los movilizados, para poder dispararles a matar. Luego les llamaron “vándalos”. Finalmente los acusaron de estar “azuzados por el Movadef” (un cuco inexistente). Y como tampoco eso funcionó, los pasó a llamar “financiados por el narcotráfico”. Pero de sus campañas de difamación y terror, para sembrar miedo, han pasado al terrorismo abierto: Ahora queman motos policiales y se lo endilgan al pueblo movilizado. Ahora llevan sacos llenos de piedras a las plazas donde desalojan a las masas, para “sembrárselas”. Pero es posible, a estas alturas, que en las FFAA y Policiales, estén abriéndose brechas entre los mandos que ordenan (por órdenes de arriba) "sembrar", reprimir y matar; y los subalternos que ejecutan. Tarde o temprano irán al banquillo de los acusados. Pero los ejecutores pagarán, en tanto que sus oficiales, intentarán, otra vez, lavarse las manos. La dictadura hace todo para impedir el desarrollo e intensificación de la lucha y que esta cumpla sus objetivos, y se desespera. Y cada vez se gana un adjetivo y un calificativo más en las consignas populares. Ya no sólo Dina la asesina, títere de una dictadura cívico-militar. Ahora estaríamos ante la Dictadura terrorista de Dina, la asesina.

Sea como fuera: nada podrá impedir que el pueblo que ha tomado su destino en sus manos, refunde este país y lo retorne a su estado originario: Un Perú para todos los peruanos.