Escribe: Redacción Viejo Topo
Miercoles, 04 de Mayo del 2022
El miércoles 4 de mayo a las 6:00 pm arribarán al aeropuerto internacional Jorge Chávez. La gran cantante popular, voz de la indeleble Flor de retama, falleció el 23 de abril en un hospital de Suiza.

Se prevé luego su traslado al museo de la Nación y, para el viernes 6 de mayo, un reencuentro con el pueblo en la Plaza San Martin entre 10am y 2pm antes de ser trasladada al cementerio El Ángel.

En el número reciente de Viejo Topo le dedicamos estas palabras en texto de Alberto Manzanares:

MARTINA PORTOCARRERO: CANTORA DE TIEMPOS DE ESPERANZA Y REBELIÓN

Fue la mayor voz del folklore en los años 80 y 90 del siglo XX, en los tiempos de la guerra interna. Y aunque la canción Flor de retama fue creada por Ricardo Dolorier a partir de los sucesos de Huanta (1969), aquella fue el emblema musical más reconocible —sin que Martina se lo propusiera—, de los combatientes de la Lucha Armada de campo y ciudad.

Martina vivió, sobre todo desde fuera del Perú, la atmósfera de la guerra interna. La auscultó desde la solidaridad internacional que crecía, y que guardaba esperanzas de una llama de revolución expandiéndose en los Andes peruanos. Por eso cantó poemas de Edith Lagos, la guerrillera comunista que cayó abatida en Ayacucho en 1982. Y por eso cantó a Jovaldo, el poeta popular asesinado en el genocidio de El Frontón, en 1986.

En los actuales momentos, diversos estudios se adentran en la vida y obra de ambas figuras revolucionarias. Ellas ofrecen, desde su juventud, su pertenencia al Perú popular, y la entrega a sus ideales, una faceta de la rebelión armada que colisiona con el discurso de los vencedores; y su perpetua estigmatización. Martina se había anticipado en el tiempo.

La canción a José Valdivia Domínguez, Jovaldo, “Ay, Jovaldo” es desgarradora y triste. La canción a Edith Lagos, “Yerba silvestre”, a partir de uno de los poemas de la poetisa y guerrillera, expresan la dulzura y el dramatismo, inscrito en el alma ayacuchana. Y aunque ella fuera de la Nazca desértica, el territorio de las líneas enigmáticas, multiformes, su canto tiene la vena del Sur Andino, el escenario de la Independencia sudamericana, el epicentro de la guerra interna, y donde se han sedimentado las seculares tragedias y los gritos indignados del Perú.

Pero como toda creadora auténtica, como toda artista sincera, buscó reinventarse. Aunque las heridas de la guerra interna no han terminado de cerrar, ella siguió adelante. Y, para su sorpresa, en su regreso a la patria, intentando forjar un proyecto político, halló sus canciones en las profundidades del Perú popular, sobre todo a Flor de retama.

Tenía una voz educada, dulce y altiva. Irrumpía en los escenarios, con sus prendas andinas, a veces saliendo desde el público, para estremecerlo todo con su canto. Y, luego, en los intermedios, en las pausas, enhebraba mensajes concisos y pedagógicos sobre el Perú, su historia, sobre sus posibilidades. Siempre dejando abierta una puerta abierta a la esperanza, y resanando las alas de la inspiración que hacen persistir en los sueños.

No ganó una curul en las Elecciones del 2021. Quizá no lo necesitaba. Nadie le ofreció un cargo público a pesar de su contribución en la victoria. Y cuando ésta fue declarada de manera oficial —y había que celebrarla— dio un recital inolvidable y telúrico en el Paseo Colón un 19 de julio.

Tenía 72 años cuando le detectaron una enfermedad grave. Y hubo, incluso, anuncios de su muerte que terminaron siendo falsos. Pero en una clínica de Suiza, este 23 de abril, Martina Portocarrero, dejó de existir.

Como siempre, hemos visto a los fariseos colgarse de su figura. Si hubiese ocupado el Ministerio de Cultura, a pesar de sus calificaciones profesionales, la habrían atacado hasta derribarla. Lo que no podrán hacer es arrancar del corazón del pueblo el mensaje que ella dejó: Un mensaje de solidaridad y ternura; y un canto de esperanza y rebelión.

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