Por: Oscar Gilbonio

SURGE "DANZA ENTRE CENIZAS": LA PRIMERA NOVELA ACERCA DE UNA JOVEN SENDERISTA, MIEMBRO DE UN DESTACAMENTO EN LIMA

La importante presencia de la mujer en el PCP-SL es una realidad reconocida, pero que no se expresaba aún con el mismo vigor en la narrativa.

Quizás la forma preponderante para testimoniar o referirse artísticamente al episodio desgarrador del conflicto armado interno, desde la mirada femenina, haya sido la poesía. Edith Lagos elaboró un puñado de versos que todavía palpitan. Nancy Esperanza Madrid y Ernestina Hinostroza rasgaron los suyos desde prisión y se hicieron conocer en el concurso “Arte y Esperanza”. Elena Iparraguirre acompañó su poemario “Parvulez” con pinturas.

Pero en el terreno de la narrativa escrita por mujeres, que de algún modo se vieron envueltas en la vorágine de la confrontación interna, contamos apenas con algunos relatos, la novela breve Tuca de Mapy Truger que toca tangencialmente el tema como posiblemente algunas otras. Entonces, le ha correspondido a Fabiola Pinel proporcionarnos 270 páginas, plenas de intensidad, con una nueva mirada en la voz intima de Clara Taype, una adolescente de 14 años que todavía asiste a las aulas escolares y empieza a conocer el amor en una época donde los apagones solían torpedear las celebraciones de fin de año o suspender la visión de la novela preferida en la pantalla del televisor.

Todo empieza en el ámbito de un barrio de clase media baja, que va cediendo, poco a poco, a otros escenarios: la Universidad de San Marcos donde estudia el hermano, la prisión de Canto Grande adonde éste es llevado acusado de subversivo, los mercados populares donde Clara acude en compañía de otros familiares para recolectar alimentos para los suyos, las calles vertiginosas en los cerros que bordean la gran Lima con sus viviendas humildes, y en algunas de ellas se acoge a los subversivos.

Tal modificación de espacios a su vez corteja un proceso de transformación en la consciencia de Clara que integra una escuela popular primero y llega a conformar un destacamento insurgente que desenvuelve diversas acciones en la capital. Clara asumirá el nombre de Grace y, al lado de pobladores que apoyaban su causa, va percibiendo el mundo de otro modo, entendiendo circunstancias en las que antes jamás había reparado. Incluso su relación amorosa de adolescente entrará en crisis para dar paso a otra, con el camarada Ryan.

Sin embargo, no sería posible acumular tantas páginas de alta tensión entre disparos y explosiones, apremios y vigilias, sin el ingrediente festivo, sin las ocurrencias de adolescente por ejemplo, sin la desenvoltura y picardía de la pequeña Ñantika, un personaje ineludible cuyo desenvolvimiento contrasta con los rubores y aprehensiones de Clara. Ambas conforman un dúo que imprime la dosis necesaria de frescura y juntas han de afrontar los primeros desencuentros con ciertos camaradas, las contingencias de una guerra de la que solo sabían por testimonios y ahora las envuelve en su turbulencia cada día.

Grace siempre quiso ser artista. ¿Cómo serlo en medio de la muerte de los que ayer se veían tan saludables? ¿Cómo terminar sus estudios si apenas tiene horas de descanso? ¿Cómo responder a los familiares que le reprochan su activismo insurgente? En fin ¿Cómo danzar entre cenizas? Dilema retratado con una prosa solvente, con una voz femenina que no cede hasta la última página.

Si hasta aquí contamos con un material valioso para entender mejor lo que fue el proceso insurgente y sobre todo las motivaciones de una juventud que se incorporó, con sus múltiples peros y todavías, se agrega otro aporte: hablar desde las entrañas del “Ermelinda Carrera”, el centro tutelar de menores donde Clara será recluida después de su detención.

Vargas Llosa nos había desentrañado el colegio militar Leoncio Prado en La ciudad y los perros; en tanto Luis Urteaga había hecho lo propio con “Maranguita” en su novela Los hijos del orden. Faltaba llevar a la literatura aquel otro espacio comunal, casi monacal, donde las jovencitas son tuteladas por religiosas desde las primeras horas del día y las jóvenes delincuentes manifiestan sus razones personales, sus propias historias de vida, recogidas como ingrediente para mostrar en la novela la otra faceta de la sociedad peruana.

La obra cierra con un balance de vida.

Fabiola Pinel ha procesado durante décadas, con la distancia debida que otorga el tiempo y la geografía, concediéndonos desde Francia un volumen apasionante, desgarrador, aun con trazas de optimismo.