Escribe: José Carlos Ramírez
Miercoles, 12 de Enero del 2022
A dos años de iniciada la pandemia, las restricciones continúan. A veces más estrictas; otras, algo distendidas, pero siempre aherrojando, como si se tratara de otro virus que muta y asecha a la gente.

Estas restricciones a la población no son poca cosa, pues históricamente la libertad de la persona ha sido enarbolada como un derecho fundamental en el orbe. No hay antecedente de haber vivido algo similar de manera tan prolongada, salvo en tiempos de guerra.

Los actos de desobediencia de diversos sectores sociales en el mundo son un hecho. Van a contracorriente de la “nueva normalidad” del tapaboca, del paternalismo político que nos dice qué hacer y qué no, como si fuéramos niños incapaces de pensar y decidir por nosotros mismos.

De repente, los guardianes de la salud mundial se acordaron de los pueblos de los diferentes países, y ahora nos “exigen” cómo cuidarnos. El pinchazo obligatorio está considerado como parte de esa prescripción de una receta global.

Resulta insólito que en una era en que la NASA está próxima a probar Ingenuity (primer helicóptero en el planeta marte), el metaverso se anuncia con promesa de una experiencia virtual fascinante y la presencia de la “revolucionaria” tecnología 5 G invade la tierra, solo tengamos como única solución posible a la cuarentena —una medida que viene del siglo XIV en Italia frente a la peste y que duraba 40 días (de ahí el nombre)— .

La semana pasada, el entrenador de la selección peruana de futbol, Ricardo Gareca declaró ”Ya hay que dejar a la gente hacer su vida. No tiene que cundir el pánico. Es importante que nosotros empecemos a hacer una vida normal. Cada uno es dueño de cuidar su vida... Que cada uno elija de qué manera se cuida, eso es importante para hacer la vida normal. Después, cuando hay manifestaciones políticas, campañas… pareciera que no existe la pandemia”.

Es una observación de un hombre público, una muestra de cómo diversas personas vienen analizando los hechos en relación a la pandemia. Y lo cierto es que las restricciones llegaron a colmar y el rechazo es creciente. Hay algo que no cuadra. Decir que es “necesidad” para garantizar la salud pública carece hasta de sentido común.

Nadie niega la ciencia. La vacunación es una alternativa propuesta a la sociedad, pero esta debe ser voluntaria. Restringir derechos de libre tránsito o de acceso a establecimientos y viajes por no vacunarse carece de todo sentido, pues los propios laboratorios creadores de las vacunas nunca han ofrecido que al inocularse se elimina la posibilidad de contagio. A lo más ofrecen no enfermarse de gravedad en caso de contagio.

Ambos, vacunados y no vacunados están en la misma condición de ser portadores y de contagiar a otros. Entonces, ¿por qué a unos se les restringe el acceso a establecimientos, a trabajar y a viajar y a los otros no?, ¿qué es lo que se pretende evitar?, ¿que el no vacunado contagie al vacunado? Hay una lógica absurda (aunque sutil), un sofisma puesto en marcha cuyo propósito solo es obligar a vacunarse una, dos y hasta una tercera dosis. Veremos si vienen otras.

La vigencia de este “antídoto” es tan poco eficaz, que genera desconfianza tanto en los vacunados como en los promotores de la vacunación. De ahí el desconcierto, las medidas a tientas. Más complejo aun cuando una corriente mundial empuja para un lado con un discurso oficial; los guardianes de la salud mundial. La gente con tres dosis sobre sus hombros debe seguir usando doble mascarilla y manteniendo distancia y sujetándose a las restricciones. Las tres vacunas no han implicado cambio alguno.

Una argumentación bastante difundida es que las vacunas están impidiendo muertes frente a la variante ómicron, pero hasta esa afirmación resulta relativa, pues hay consenso en que la característica de esta variante produce síntomas que no son agresivos. El propio Ministerio de Salud, el 8 de enero, mostraba que la cifra de fallecidos continuaba a la baja, a pesar de la alta tasa de replicación de esta última variante del virus.

El 31 de diciembre, el gobierno de Sudáfrica lanzaba un comunicado oficial levantando las restricciones y el toque de queda después de 21 meses y señalando que la variante ómicron (detectada en ese país en el mes de noviembre), no implicó un aumento significativo de hospitalizaciones, ni de muertes.

Si mínimamente consideramos esta realidad de eficacia tan relativa en las vacunas, ¿cómo es posible entonces que se pretenda vacunar a los niños de 5 a 11 años? El Ministro de Salud, Hernando Cevallos, lo anuncia bajo el pretexto de que “La vacunación de los menores permitirá un seguro retorno a clases”. Esto simplemente es atentatorio, más aun si consideramos la casi nula afectación de los niños en todo el proceso de la pandemia.

Ya en octubre del año pasado los científicos asesores de la FDA mostraban su preocupación —en relación a las vacunas Pfizer y BioNTech para niños de 5 a 11 años en EEUU— por la incertidumbre de que los niños preadolescentes pudieran "enfrentar el mismo riesgo de inflamación cardíaca en respuesta al antígeno, como se ha visto en adolescentes y hombres jóvenes", cuestión delicada y peligrosa que se mantiene oculta.

Los niños no pueden estar expuestos a experimentos, ni a los caprichos del mercado de los monopolios farmacéuticos mundiales, que sin duda son los grandes ganadores. A más dosis prescritas por los guardianes de la salud, más ventas a escala mundial.

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