Escribe: Comité Editorial Viejo Topo
Sabado, 11 de Setiembre del 2021
Los restos mortales del dirigente político subversivo ―hoy bajo un ataque desmesurado, histérico y fariseo―, debieran ser entregados a sus familiares.

A las 6:40 am falleció Abimael Guzmán Reinoso, de una infección generalizada según las autoridades del Instituto Nacional Penitenciario, en la celda de la Base Naval del Callao que ocupó por casi 29 años. Durante las últimas semanas habían circulado noticias sobre su delicado estado de salud.

Jefe de la insurgencia que inició la Lucha Armada el 17 de mayo de 1980, Guzmán o “presidente Gonzalo” pertenece a la generación de marxistas que buscó concretar el triunfo de la revolución en el Perú, en las coordenadas de las revoluciones del siglo XX.

Se formó, sobre todo, bajo la influencia de José Stalin y el PCUS (1). Stalin gozó de un enorme prestigio en el Movimiento Comunista luego de la victoriosa Guerra Patria, y del triunfo sobre el nazismo, el fascismo y el imperialismo japonés en la II Guerra Mundial.

En los años 60, Guzmán y el núcleo dirigente que lo acompañará, se formó bajo la influencia de la Revolución China y de Mao. Con este doble bagaje, aunque sin haberlos cribado e integrado adecuadamente, Guzmán buscó forjar un poderoso partido; y, con la experiencia china, un ejército guerrillero basado sobre todo en el campesinado.

Otorgó un valor singular al pensamiento que guiara la revolución. Ello se inició reivindicando a Mariátegui ―a quien entendió poco― para instaurar luego su propio pensamiento, el “pensamiento Gonzalo”. A éste le atribuiría, con el tiempo, un valor de alcance universal. Su obra intelectual está sobre todo en los informes partidarios, que, bajo un escrutinio preciso, arrojan serias falencias, insuficiencias y errores garrafales.

Baste señalar dos: En los 80 la revolución en el mundo había ingresado a una fase de declive ―transitorio― luego de la restauración del capitalismo en la URSS los años 50 y la muerte de Mao. Pero para Guzmán, la revolución en el mundo, desde los 80, ingresaba a la ofensiva estratégica.

La otra falla es su desacertada caracterización del Perú como una sociedad semifeudal, en cuanto a su signo más marcado. Sobre esa lectura fallida, delineará el camino de cercar las ciudades desde el campo, obviando los cambios sociales y económicos de medio siglo de historia. Ambos tuvieron una incidencia en el fracaso que cosechó.

Su muerte, acaecida esta mañana a los 86 años de edad, ha desatado la histeria de las clases dominantes; y de quienes, desde la socialdemocracia reblandecida, se enfrentaron al PCP-Sendero Luminoso y lo padecieron. El fantasma que había sido agitado para inocular el miedo en la sociedad peruana, estando Guzmán vivo y preso, ha reaparecido con su muerte. La gran prensa mundial habla de la guerrilla. La prensa peruana, de distintos pelajes, reitera el sambenito de “terrorismo”.

El proceso del PCP-SL levantado en armas, según lo ha interpretado el antropólogo Luis Guillermo Lumbreras, fue sólo la punta del iceberg. Fue la irrupción al interior de un proceso más vasto históricamente, y más profundo en sus raíces. Si no hubiese sido la guerrilla de los 80, en otro momento de la historia habría aparecido algo de similar o mayor potencia, porque en el Perú las fracturas históricas están presentes. Inserta en la historia de lucha del pueblo peruano ―con avances, errores y capitulación―, la trayectoria política de Guzmán tiene dos momentos definidos.

El primero es su conducción de la guerra revolucionaria. Sin embargo, ya desde fines de 1982 su línea empieza a ser puesta en cuestión por Augusta La Torre Carrasco, camarada Norah, segunda en jerarquía en la organización. Norah es quien tuvo un papel decisivo no sólo en la preparación de la Lucha Armada, sino en la decisión de iniciarla. Existen documentos de fines de 1982 donde un sector del Comité Central pide que Augusta asuma la dirección. Una lucha intestina se iniciará.

El foco del debate estaba en la política de arrasamiento de comunidades campesinas que Guzmán propendía. Presionadas por las FF. AA, que aplicarán un bárbaro genocidio, pero también hastiadas del tipo de organización y forma de vida que pretendía imponerles la guerrilla, responden armadamente. Guzmán impone el cruento esquema de Lucanamarca para sofocarlas. Norah se opone. Pero Guzmán y su línea ultraizquierdista triunfan.

Dos líneas contenderán: la línea ultra de Guzmán y la línea revolucionaria de Norah. Hasta que, en circunstancias del I Congreso (1988-1989), Norah apareció muerta bajo versiones contradictorias que Guzmán ofreció sin aclararlas hasta hoy.

El aislamiento del campo y la posterior detención en Lima de Guzmán y decenas de cuadros dirigentes por el grupo GEIN, señala la derrota de la línea ultra de Guzmán. Había pretendido, en circunstancias que definió como “Equilibrio Estratégico”, preparar una fantasiosa insurrección y la victoria final a punta de coches bomba como Tarata; y de asesinatos de dirigentes de la izquierda legal como María Elena Moyano.

El segundo momento de Guzmán viene con su caída de setiembre de 1992. Pasó del ultraizquierdismo ―que cerró con su detención― al oportunismo de derecha, al negociar bajo la mesa con Montesinos el cese de las acciones armadas, a cambio de nada. O mejor, a cambio de que le mejoraran las condiciones carcelarias en la Base Naval y la promesa de un Acuerdo de Paz y su respectiva amnistía.

Para que esta estratagema pudiera prosperar se permitió que Guzmán propagara la política de Amnistía y Reconciliación y que, después, formara el Movadef. Más aún, infiltrando al Movadef, se mapeaba el estado del movimiento de masas y podía elegirse dónde y cuándo golpear.

Guzmán persiguió, hasta el final, una amnistía con el fujimorismo. Sus acciones y omisiones, obsérvese bien, siempre fueron para favorecerlo. Movadef, el gran cuco que la ultraderecha ha movido, sólo utilizó algunas de las luchas populares en función de sus fines. Eso sí, vendiendo a muchos jóvenes el radical discurso de la “insurrección”. La idea era poder salir en libertad y no lo consiguió.

El movimiento social peruano, que con su combate ha abierto un momento histórico de la lucha política, tiene el deber se esclarecerse en este importante asunto. Es cierto que Guzmán tiene algunos seguidores que asocian su figura, sin más, al potente y vasto movimiento subversivo que fue el PCP-SL, el Ejército Guerrillero Popular y sus Bases de Apoyo (donde Guzmán jamás estuvo). Mediante un mecanismo psicológico complejo e indescifrable, omiten tocar la responsabilidad de Guzmán en las dos sucesivas y graves derrotas cosechadas. Es, para ellos, casi un santón y un tótem.

Pero el grueso y lo más prometedor del movimiento popular, del movimiento marxista peruano, hace tiempo dejó atrás a Guzmán y su “pensamiento Gonzalo”. Y ha podido avanzar, justamente, desprendiéndose de toda filiación con aquel. Eso sí, buscando ponerlo en su justo lugar.

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(1) PCUS. Partido Comunista de la Unión Soviética.

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