Escribe: Viejo Topo
Domingo, 26 de Abril del 2020
Unas 200,000 personas, de momento, buscan escapar de la capital. La agricultura familiar -pequeñas parcelas o huertos-, aparece como solución para hoy y mañana.

Albert Daniel Díaz Iyarima acampa con otras 300 personas afuera de una base aérea de Lima rogando que lo lleven de vuelta a su aldea en la Amazonía, pues ya no tiene para comer ni donde vivir por la emergencia del coronavirus.

"En nuestro pueblo vamos a estar mejor porque ahí podemos vivir de lo que nosotros producimos (...). Acá no tenemos nada que comer", dice este vendedor ambulante de 28 años.

La carencia de recursos para conseguir sus alimentos es la razón de fondo del éxodo. El gobierno central, hasta hoy, ha centrado su acción contra la pandemia en el confinamiento bajo el lema: "Quédate en casa".

A exigencia de diversos sectores críticos, sobre todo de la prensa, accedió a otorgar bonos para gente más vulnerable. Pero su incapacidad -u oscuros intereses aún por dilucidar- para hacerla llegar hasta los más pobres ha sido clara. Enseguida, sin embargo, y sin asumir su propia incompetencia, pasó a la acción represiva, a las multas y a las amenazas.

Pero tal situación devino insostenible. Cientos de miles, contra la pared tanto por la falta de alimentos en condiciones de aislamiento, como por la pandemia, llegaron a la conclusión de que ha llegado del momento de partir. La capital, hoy con 11 millones de habitantes, está mayoritariamente conformada por migrantes del interior del país.

Desde que se decretó el 16 de marzo un confinamiento nacional por la pandemia, millones de peruanos se quedaron sin empleo. En el Perú, el 70% de la población económicamente activa (PEA), trabaja en condiciones precarias, sin contrato, sin registro en planillas y por supuesto sin derechos. La "informalidad", que se utilizó como un estigma desde siempre, para atacar al sector popular, es ahora casi una "categoría" que define nuestro desenvolvimiento económico.

En los últimos días, unos 300 provincianos humildes se congregaron en las afuera del Grupo 8, una base militar contigua al aeropuerto internacional Jorge Chávez, en el nor-oeste de Lima, cerrado por la emergencia sanitaria.

Estas familias tienen la esperanza de que las autoridades acepten llevarlas a sus pueblos de origen en vuelos humanitarios. No buscan irse de Lima solamente por hambre, sino también por temor al coronavirus.

"Tengo miedo, porque la enfermedad está avanzando más y más, y por mis (dos) bebés quiero regresar adonde vivo", dice Jackeline Zárate Puma, de 30 años.

Afuera del Grupo 8 unos pocos duermen en pequeñas carpas. La mayoría solo tiene raídas sábanas y frazadas para protegerse del sol del mediodía y del frío en la noche. Comen lo que les regalan y deben caminar casi un kilómetro para ir al baño en un mercado. En las noches orinan en la calle.

"Con mi hijo vivía en un cuarto alquilado, no tenemos como pagar" el arriendo, indica Judith Chávez Zambrano, de 40 años.

Un estudio de la encuestadora Ipsos determinó esta semana que cuatro de cada 10 peruanos dejaron de percibir ingresos por la paralización de actividades por la pandemia.

El presidente peruano, Martín Vizcarra, prometió esta semana coordinar con los gobernadores regionales el retorno de las personas que buscan salir de Lima por haber perdido sus fuentes de ingreso. Las críticas ya arrecian, porque todo indica que el gobierno central ha dejado esta "papa caliente" en los gobiernos regionales.

La semana pasada, una columna de 1.200 provincianos caminó casi 60 kilómetros por la Carretera Central, desafiando la orden de confinamiento, para tratar de llegar a la zona andina.

El gobierno, finalmente, les ofreció trasladarlos en autobuses, pero les exigió someterse a pruebas de COVID-19 y cumplir una cuarentena al llegar a destino. Casi 50 personas de esta columna dieron positivo y fueron hospitalizadas.

Perú registraba hasta este sábado más de 25.331 casos de coronavirus y 700 muertes desde que fue detectado el primer caso el 6 de marzo.

Los que van a la Amazonía no pueden irse a pie. Está muy lejos y prácticamente no hay rutas. Por eso ruegan que los lleven en un vuelo humanitario.

Pero el tema de fondo sigue siendo el hambre. Buena parte de los inmigrantes provincianos proceden de zonas altoandinas y selváticas, milenariamente agricultoras y ganaderas. Si han de buscar alimentos y aislamiento social, podrían hacerlo en chacras o parcelas familiares que producen para el autoconsumo y en parte para el intercambio local.

Un largo reclamo del sector agrícola de mediana y pequeña escala, a través de la central Conveagro, ha exigido al gobierno un tipo de ayuda similar al que ha hecho al poderoso sector financiero. Pero a diferencia de los 30,000 millones de soles que Martín Vizcarra y su Ministra de Economía soltaron como respaldo para éste casi desde el inicio, los agricultores piden unos 5,000 millones.

Con el hambre no se juega. Y, Martín Vizcarra, un presidente que llegó al sillón de modo accidental, ha mostrado hasta hoy ser un político avezado para rodearse de medios de comunicación monocordes y "consultores" cortesanos en los cuales, según sectores de oposición, dispendia unos 4,000 millones de soles anuales). Y, últimamente, se ha rodeado de "sabios" y "científicos" sociales que, debidamente remunerados, le ayudan a maquillar su desastrosa gestión de la pandemia.

Los infectados en el Perú crecen a 2,000 por día. Pero el discurso oficial sigue culpando a los más pobres. No asume que hubo errores de partida: por ejemplo la incapacidad para implementar pruebas moleculares masivas (de la que recién ahora, se jacta). Su parsimonia, hoy ya sospechosa, para potenciar los hospitales venidos a menos. Su insensibilidad para proteger al personal médico y al cuerpo policial, al que lanzó a las calles, sin protección debida, a perseguir a gente que vivía del día a día.

Y si esto no fuera poco, el gobierno fue incapaz para proveer de mínimos medios de vida a los gruesos cinturones de pobreza. Más bien se esmeró en prohibirle circular por las calles y acercarse a los pequeños mercados, en donde éstos laboran en los trabajos más precarios. Ni alimentos ni "bonos" llegaron, realmente, a esos gruesos sectores populares, como lo ha mostrado reiteradamente la prensa local.

El tema del hambre no es juego, ni puede prestarse a los cálculos electorales ni a los deplorables fines de puntuar en las encuestas. El director ejecutivo del Programa Mundial de Alimentos (PMA) de las Naciones Unidas, David Beasley, advirtió este viernes que a nivel global se avecina una “catástrofe humanitaria mundial" luego de que la propagación de la Covid-19 este año provocará "la peor crisis humanitaria desde la Segunda Guerra Mundial".

Beasley alertó que en el mundo cerca de 135 millones de personas enfrentan “niveles de crisis de hambre o peor”; mientras, el nuevo coronavirus sumará 130 millones de personas que se encontrarán al borde de la inanición para finales del 2020.

El Perú, o mejor su población, ha demostrado capacidad para superar situaciones de grave riesgo. Aún con el gobierno puesto de espaldas.

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Con información de AFP.

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