Escribe: Rosario Llantac
Viernes, 22 de Mayo del 2020
La versión hegemónica sobre la cuestión femenina y demás —la ideología de género—, muestra sus contrasentidos (ej: la 'paridad'). Feministas como Leisy los señalan.

Aunque discrepo con que no reconozca que sí existe el patriarcado, que vivimos en una sociedad estructuralmente machista, donde el hombre tiene la sartén por el mango, reconozco a Leisy una verdad que las neo feministas han olvidado: el lugar que nos merecemos en la sociedad, o el lugar que queremos tener en ella, debemos conquistarlo por nuestros propios medios.

Quiero poner un solo ejemplo, porque es social e histórico, independientemente de las posturas políticas y la extracción social de las que mencionaremos: Ni a Rosana Cueva, ni a Mónica Delta, ni Milagros Leyva, ni a Juliana Oxenford, ni a Alicia Retto, ni a Carla Muschi, ni a Rosa María Palacios, ni a Patricia del Río, les regalaron el lugar que tienen en los medios. Hoy la mujer ocupa un lugar en ellos, inmensamente más grande que antes.

Un veterano profesor de periodismo y periodista de la escuela clásica, Jorge Hani Legunda, nos hizo ver esa realidad: "la mujer es mejor comunicadora social que el hombre".

Podríamos realizar un repaso en las clases sociales, y en las instituciones, etc. Y veremos algo similar, pero sin perder de vista que, por sus propias características, la mujer predomina en las actividades que le son afines, que le son propias (claro que esto choca con el discurso del feminismo cultural, post moderno o de la última hornada).

Quizá la desazón de la youtuber española, respecto a la culpa de tal patriarcado, provenga de que el varón ha sido convertido en el culpable de todo, en nuestro enemigo público número 1, en el asesino en potencia.

Pues eso es lo que gritaban las feministas de Las Tesis, capitalizando como logro propio, con ayuda de los grandes medios del sistema, la inmensa movilización del pueblo chileno, contra Piñera y contra el neoliberalismo.

Leisy es de sentido común, y más de pueblo que las "radicales" con las cabezas embutidas en bombachas ―hasta quitarles la visión―, que vimos hace poco en Argentina. En el pueblo, creo, no se presume de tales bombachas o calzones, casi de lencería fina, para gritar a todo pulmón contra los machirulos.

La española, con un excelente dominio del idioma, cervantina, puesto que es culta y popular a la vez, ridiculiza el "lenguaje de género". En fin. Apenas estoy presentando a esta femme terrible del feminismo hegemónico, el cual presuntamente habla a nombre nuestro.

Desde luego: enarbolo un feminismo popular y un feminismo revolucionario. Lo que hemos logrado es fruto de una larga lucha. No de simples intervenciones mediáticas, ni por subvenciones cuantiosas u otorgándonos puestos burocráticos. Atribuyo a Leisy, un feminismo popular, aunque no aún uno revolucionario.

El feminismo post moderno —nietszcheano, foucaultiano, 0.5 marxista—, hoy de moda, es de gran ayuda para el sistema. Su radicalismo consiste en torcer, violentamente, la mirada de la lucha feminista, que debiera ser contra el conjunto del sistema, hacia la contradicción hombre/mujer.

Desde el punto de vista de nuestra la lucha real, por consiguiente, centra en agudizar tal confrontación al interior del pueblo, justificándose en la frase vacía de que es un problema transversal. Siembra la desconfianza y por tanto la división.

Tal cuestión de lo transversal por encima de todo, omite lo particular. Pues no puede existir reivindicación feminista verdadera, negadora de las clases y la lucha de clases. No es lo mismo el feminismo proletario y revolucionario, que el feminismo pequeño burgués, ni que el feminismo burgués. Esa diferenciación lleva consigo y exige distinguir el grado de las contradicciones: si son al interior del pueblo o con el enemigo de clase. Y es así porque está en juego la decisiva cuestión de la unidad para luchar y vencer.

El feminismo pequeño burgués, que se manifiesta con toda claridad en el feminismo post moderno, no puede pues pretenderse la vanguardia y la radicalidad. Adviértase la inmensa publicidad y propaganda que la prensa hegemónica a nivel mundial le dedica, para presentárnoslo como si lo fuera. Hay pues, en todo esto, gato encerrado.

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