Escribe: Máximo Gorki
Domingo, 10 de Mayo del 2020
Célebre novela del escritor soviético Máximo Gorki, retrata la incorporación de una madre a la lucha social, en la revolución de 1905 en Rusia. (vt)


XIII

Paul bajó y se puso al lado de su madre. A su alrededor, el zumbido había vuelto a empezar, discutiendo unos con otros, agitados y gritando.

—No declararás la huelga —dijo Rybine a Paul, acercándosele—. El pueblo quiere ganar, pero es abúlico. No habría, quizá, ni trescientos que se pusiesen junto a ti. No es posible levantar semejante estercolero con una sola horquilla.

Paul callaba. Veía la multitud con su enorme rostro negro agitarse y mirarlo, esperando algo de él. Le parecía que sus palabras habíanse esfumado sin dejar huella en aquellos hombres, como gotas aisladas cayendo sobre una tierra extenuada por una larga sequía. Volvió a casa, triste y fatigado. Su madre y Sizov le seguían; Rybine caminaba a su lado y su voz le zumbaba en el oído.

—Hablas bien, pero no tocas el corazón, eso es. Y es en lo profundo de los corazones donde hay que lanzar la chispa. No conquistarás a la gente con la razón: es demasiado fina, demasiado estrecha para su pie.

Sizov decía a la madre:

—Es momento de que los viejos nos vayamos al cementerio. Es un nuevo pueblo el que se alza ahora. ¿Cómo vivíamos nosotros? Arrastrándonos sobre las rodillas y saludando hasta tocar la tierra. Pero hoy..., yo no sé si los jóvenes han recuperado la conciencia o si se engañan más aún que nosotros; pero no son los mismos, ya lo has visto. Hablan con el director como con un igual, sí... Hasta la vista, Paul. Está bien que tomes la defensa de los tuyos, muchacho. Si Dios te ayuda, puede que encuentres medio de salir de esto... ¡Dios lo quiera! Se fue.

—¡Ea, lárgate a tu cementerio! —rezongó Rybine—. En estos tiempos, no sois ya ni hombres: sois masilla, buena para tapar grietas. ¿Has visto, Paul, los que gritaron para enviarte como delegado? Eran los que decían que eres un socialista, un enredador. ¡Esos mismos! «Lo expulsarán de la fábrica, dicen, y le estará bien.»

—Tienen razón, desde su punto de vista.

—Los lobos también tienen razón cuando se devoran entre ellos.

La cara de Rybine era sombría, y su voz temblaba de modo desusado.

—La gente no cree en las palabras desnudas. Hay que sufrir y empaparlas en sangre...

Durante todo el día, Paul estuvo triste, cansado, lleno de una extraña inquietud: sus ojos brillantes parecían buscar algo. Su madre lo observó e inquirió alarmada:

—¿Qué te pasa, Paul?

—Me duele la cabeza—dijo él pensativo.

—Debes acostarte; llamaré al doctor.

El la miró y se apresuró a responder:

—No, no hace falta. Y de pronto, en voz baja:

—Soy joven, me falta fuerza, eso es todo. No han confiado en mí, no me han seguido, y es porque no he sabido decirles la verdad. Es duro... y humillante para mí.

La madre miró su rostro sombrío y le dijo dulcemente, para consolarlo:

—Espera. Hoy no te comprenden: mañana te comprenderán.

—¡Debían haberme comprendido hoy!

—Desde luego, ya ves..., hasta yo sé entender tu verdad.

Paul se acercó a ella.

—Pero tú, madre, eres una magnífica mujer.



Y se volvió. Ella se estremeció como si estas palabras fuesen una quemadura, se llevó la mano al corazón y se separó llevando consigo como algo precioso la caricia de su hijo. Durante la noche, cuando ella dormía y él leía en la cama, volvieron los gendarmes y comenzaron de nuevo a registrar, rabiosamente, por todas partes, en el patio y en el desván. El oficial de tez amarillenta se comportó como la primera vez, hiriente, burlón, complaciéndose en su desconcierto y tratando de herirlos en el corazón. La madre callaba, sentada en un rincón, sin desviar los ojos de su hijo.

Este trataba de contener su agitación, pero cuando el oficial reía, sus dedos se contraían de modo extraño, y ella comprendía que le costaba trabajo no contestar, que era duro para él soportar aquella mofa. Pelagia tenía menos miedo que en la primera investigación: más bien sentía odio hacia aquellos hombres, vestidos de gris con espuelas en los tacones, y este odio absorbía el temor. Paul consiguió susurrarle:

—Van a llevarme...

Ella, bajando la cabeza, respondió muy bajo:

—Comprendo...

Comprendía, sí. Iban a llevarlo a la prisión porque aquel día había hablado a los obreros. Pero todos estaban de acuerdo con lo que había dicho, y tomarían su defensa..., lo soltarían pronto. Hubiera querido estrecharlo entre sus brazos y llorar, pero el oficial, a su lado, la miraba entornando los ojos; los labios se estremecían y su bigote se agitaba. Pelagia sintió que aquel hombre esperaba lágrimas, lamentos, súplicas. Reuniendo toda su voluntad, esforzándose por no decir nada, mantuvo sujeta la mano de su hijo y, reteniendo el aliento, lentamente, muy bajo, murmuró:

—Hasta la vista, Paul... ¿Has cogido todo lo que necesitas?

—Sí, no te preocupes.

—Que Dios sea contigo.

Cuando se lo llevaron, se sentó en el banco y, cerrando los ojos, sollozó suavemente. Apoyando la espalda contra el muro, como en otro tiempo hacía su marido, contraída por la angustia y la conciencia humillante de su impotencia, la cabeza baja, sollozó largo tiempo, vertiendo en el gemido monocorde todo el dolor de su corazón herido. Veía ante ella, como una mancha inmóvil, el rostro amarillento de bigotes ralos, cuyos ojos entornados expresaban satisfacción. Como una bola negra, se apretaban en su pecho la exasperación y la cólera, contra aquellas gentes que arrancaban un hijo a su madre porque buscaba la verdad.

Hacía frío, la lluvia golpeaba los cristales. Parecía que, en la noche, alrededor de la casa, rondaban acechantes siluetas grises, de largos brazos, de anchas caras rojas sin ojos. Caminaban, y sus espuelas entrechocaban débilmente.

—Si al menos me hubiesen llevado a mí también... —pensaba—. La sirena aulló imperiosamente llamando al trabajo. El sonido le pareció sordo, inseguro. La puerta se abrió ante Rybine. Enjugando con la mano las gotas de lluvia de su barba, preguntó:

—¿Se lo han llevado?

—¡Sí, malditos sean! -suspiró ella.

—Así es—dijo Rybine, con una muñeca—. En mi casa han registrado todo, buscado por todas partes, sí... Han salido trasquilados. Pero de todos modos, me han insultado. Así que se llevaron a Paul. Ya comprendo: el director hace un guiño y el gendarme una señal: comprendido, y ¡hale!, un hombre que desaparece. ¡Son compadres! Unos se ocupan de hacer callar al pueblo y otros lo sujetan por los cuernos.

—Tendríais que hacer algo por Paul—dijo la madre levantándose—. Lo que él ha hecho, fue por vosotros.

—¿Y quién tendría que hacer algo?

—Todos.

—¡Ah, eso crees tú! No cuentes con ello.

Y se fue con su pesada marcha. Sus palabras, duras y sin esperanza, aumentaron la congoja de la madre.

—Si le pegan, si lo torturan...

Imaginó el cuerpo de su hijo deshecho a golpes, desgarrado, ensangrentado, y el terror, como una arcilla helada, se posó sobre su pecho, aplastándolo. Los ojos le dolían. No encendió el horno, no se preparó comida, no tomó el té; solamente, a última hora de la tarde, comió un trozo de pan. Cuando se acostó, pensó que en toda su vida se había sentido tan sola, tan inerme. Los últimos años se había habituado a vivir en la espera constante de alguna cosa importante y feliz. A su alrededor, los jóvenes se agitaban, ruidosos, llenos de entusiasmo, y tenía siempre ante los ojos el rostro serio de su hijo, el creador de aquella vida, inquieta, pero hermosa. Y ahora, él no estaba y no quedaba nada.

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Lea aquí el libro completo:

* La madre (1907)

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