Escribe: Alberto Manzanares
Domingo, 26 de Setiembre del 2021
Pedro Castillo ha salido de gira como el primer presidente de un gobierno popular. Y, es cierto, es posible que hoy comprenda mucho mejor el lugar de nuestros problemas (al lado de los de tantos pueblos).

El primer gobierno popular en el Perú ―esto es, representante de las clases y razas oprimidas―, elegido con los mecanismos de la democracia burguesa, ha hecho presencia directa en la escena internacional.

Primero en el foro de la Celac en México; luego en reunión en la OEA; y, finalmente, sentando posición en la Asamblea General de la ONU.

Históricamente, las grandes y dignas luminarias que la ultraderecha hoy extraña ―Fujimori, Toledo, PPK, Vizcarra, Humala, Alan García―, han asistido en plan de vasallos. Castillo ha ido a hacer escuchar nuestra voz que, como país soberano, nos corresponde en la región y en el planeta.

Es posible que Castillo no haya tenido a veces la fluidez formal, muy entrenada en quienes han hecho de la palabra su medio de vida y su herramienta embaucadora. En Castillo, incluso en sus tropiezos, prima una forma especial y concreta del habla. Una voz con aplomo, que huye de las florituras y adornos y quiere ir de una forma inmediata a las acciones prácticas.

En el Celac, propuso que éste sea un foro para mantener un contacto cotidiano y el seguimiento continuo de los avances. En la ONU, la necesidad de ponerse en acción para las tantas tareas. En la lógica de Castillo, ellas no son otras que resolver los problemas álgidos de los pueblos: la falta de trabajo, la desigualdad (agudizados por la crisis sanitaria). Esto es, hizo referencia al propósito fundamental que debiera tener un organismo tan importante; pero que en los hechos consume horas en la insípida retórica diplomática, en donde la voz cantante la llevan casi siempre las superpotencias.

La cuestión del empoderamiento femenino o igualdad de género ―que no es lo mismo que el constructo de la ideología de género―y el problema mundial del cambio climático (grandes temas que compartimos), tuvieron un protagonismo en sus posturas; la lucha contra todas las formas de terrorismo, otra no menos importante.

Había sido recibido, también, en la OEA por Luis Almagro. La extrema derecha, hace poco, envió a sus emisarios solicitando audiencia, sin suerte. Almagro, es cierto, está cuestionado en Latinoamérica y el Caribe. Pero es la autoridad al fin y al cabo de un organismo que el Celac no pudo enterrar todavía. Siguieron, luego, las conversaciones con organismos financieros con los cuales, hay que destacar, se trataron las cosas a plena luz. Esto no suele ocurrir, y ya sabemos por qué.

Para un amplio rango de la escena criolla y la élite limeña a quien le disgusta su sombrero, y el hecho de que no se despoje de él para nada, Castillo se contradice. Han repetido el mismo argumento: Que no pueden solicitarse inversiones, mientras se propugna un cambio constitucional.

Una nueva Constitución conlleva que las relaciones de diverso orden al interior del país y con inversionistas extranjeros, o quienes fuera, sean pensadas bajo otros parámetros. Esos no son, como se ha insistido, los de Cuba o Venezuela. Tales pueblos soberanos han tenido un proceso histórico propio y específico.

Esos nuevos parámetros, planteados públicamente en ambos foros internacionales ―Celac y ONU―, no pueden ser los del mantenimiento del statu quo que ha producido y reproduce la anemia, la discriminación, el saqueo, el racismo, la corrupción potenciada ―seis presidentes hundidos hasta el cuello en la corrupción― y todos los males que arrastramos.

Tales relaciones y tratos, tienen que darse sobre la base de cambios profundos. Desde el diario La República, por ejemplo, donde se jugó a la opción Castillo en la segunda vuelta, hoy sacan las garras. ¡No al cambio de los contratos leyes, son sacrosantos!, gritan a más no poder. Y, con eso, se desenmascara más su peligroso juego golpista, en alianza con la extrema derecha.

Ha hecho saltar hasta el cielo a algunos de ellos la frase, nada ligera, de que tenemos corruptos hasta para exportar. Se han horrorizado por la falta de maneras más diplomáticas y circunspectas de Castillo. Pero Toledo está en EE. UU; y Alan García buscaba tierras uruguayas, antes de suicidarse. De manera que si saltan es porque protegen a sus corruptos; sobornados por los grandes poderes y sobornadores de la prensa canalla.

La gira de Castillo ha sido, creemos, positiva.

Un plus ha sido su reunión con Nicolás Maduro. Nadie puede ser discriminado, menos el presidente de un país hermano. Esa misma reunión fortalece a Castillo y permite definir, respecto a sus aliados supuestos, en qué lugar se encuentran.

Ha sido también importante que se refiriera a la necesidad de impulsar el multilateralismo. Esto es, que ningún país puede arrogarse desde sí y para sí, el derecho a intervenir en ningún otro.

Para una próxima cita en la ONU, esperemos que Castillo diga algunas palabras sobre el creciente armamentismo, impulsado sobre todo por EE. UU; mientras prohíbe, bajo amenaza, que otros pueblos se preparen ante sus agresiones guerreristas y genocidas. Tan genocidas que Latinoamérica y el Caribe debieran asumir, como un deber histórico, ir preparando una suerte de Tribunal de Núremberg para poner en el banquillo a la élite yanky.

Y si hablamos del terrorismo, EE. UU es un impune propugnador del terrorismo extremo. Un caso es el papel del Mosad israelí, experto en matar fuera de sus fronteras. El otro es el aparato degollador del ISIS, creado ex professo para sembrar el terror en Medio Oriente y derribar a los gobiernos adversos a EE.UU.

El asunto viene al caso. Y es que, en el mismo foro de la ONU, Joe Biden salió en plan de veterano cuentacuentos. No acepta que EE. UU fue derrotado en Afganistán, sino que “se retiró” para la paz. Pero no es lo más grave. De su papel en el desmembramiento de la ex Yugoslavia en los 90, Biden ha reaparecido ―con una voz casi de ultratumba― a amenazar invocando supuestos peligros globales. Mejor dicho, ha decidido sembrar vientos de guerra. Habría que decirle: ¡Stop Mr. Biden!

Pedro Castillo ha salido de gira como el primer presidente de un gobierno popular. Y, es cierto, es posible que hoy comprenda mucho mejor el lugar de nuestros problemas (al lado de los de tantos pueblos); y que haya calibrado la fuerza de nuestras posibilidades. Y, sobre todo, su propio papel al interior de una gran fuerza histórica que avanza en Latinoamérica.

No importa que ladren. Es mejor que ladren (“Se desmorona”, “se parten”, “ha dado vergüenza”). Eso nos indica, una vez más, en qué lugar de la contienda está Pedro Castillo. Y, sobre todo, es la señal más clara de que va por buen camino.

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