Más sometimiento ante Occidente

EL DISCURSO DE ALBERTO FERNÁNDEZ EN LA REUNIÓN CELAC-UE

En mayo, el presidente argentino, se sumó a la narrativa de la OTAN sobre la intervención militar rusa en Ucrania. Y ha profundizado su sometimiento a Occidente en la reunión CELAC-UE, donde Joseph Borrel fue la estrella en la “jungla”.

El alineamiento de Alberto Fernández con las élites occidentales se mostró en cómo afrontó la crisis sanitaria —sus métodos de represión y terror—, aun cuando contara con la ayuda de Rusia con sus vacunas Sputnik V. Pero la fuerte señal de su giro a la derecha, en política internacional, aconteció en mayo de este año. Se había sumado de manera oficiosa y cínica, a la narrativa de la OTAN y EE.UU de que la Operación Militar Especial de Rusia en Ucrania, es una invasión a secas.

Desde mayo, un presidente de “izquierdas”, elegido bajo banderas peronistas —que aglutina al grueso del movimiento popular argentino—, se mostraba incapaz de ver el Genocidio del Donbás, que la izquierda latinoamericana en su conjunto identificó —excepto, por supuesto, el trotskismo—, como la causa inmediata de tal operación rusa. Más aún, Fernández se negaba a identificar el golpe de Estado del 2014 en Ucrania, promovido por EE. UU para imponer un régimen títere y neonazi, como el antecedente político más directo, y el verdadero inicio de la guerra.

En un contexto más amplio —ineludible para quien tuviera una cultura internacionalista latinoamericana—, Fernández aparecía inexplicablemente ciego a la acción de Occidente de cercar a Rusia, desde fines de los 90, como la estrategia general para “extenderla”, desgastarla y luego desmembrarla. Y, por supuesto, aparecía inexplicablemente ciego, a los documentos que, desde fines del 2021 Rusia entregó a Occidente para que, en aplicación de los Acuerdos de Minsk, se otorgaran garantías de seguridad para todas las partes, ante la amenaza de Ucrania —azuzada por Occidente—, de pedir su incorporación a la OTAN.

No hay necesidad de ser “pro ruso”, para pensar en estos términos. Simplemente hay que estar de verdad por la paz; y aspirar, como mínimo, que Occidente deje de ser el hegemón que controla las economías de los pueblos para, garrote en mano, imponerles las agendas que dominen todos los aspectos de sus vidas, tal como ocurre con Argentina y todavía en buena parte de Latinoamérica.

La compleja trama de la guerra en Ucrania fue difícil de desenredar para el hombre de a pie. En medio de una ofensiva propagandística y desinformadora —que canceló los medios rusos para implantar una sola versión—, Ucrania sólo era la víctima. Pero 8 meses después, las cosas están meridianamente claras. Ya no sólo para destacados analistas latinoamericanos como Atilio Borón y Alfredo Jalife, que explicaron desde el inicio los entretelones del conflicto. Están claras para todo aquel que quiera ver con los ojos de los pueblos: que Occidente ha preparado y desatado una guerra contra Rusia, usando a Ucrania, como parte de un plan para mantener su dominio. Lo acontecido el 24 de febrero, la intervención rusa, es sólo una parte de la historia.

Para la Europa popular y democrática, luego de romper con el cerco informativo, las cosas se han ido aclarando de a pocos. Diríamos que, sobre todo, las cosas se han aclarado luego de la voladura de las tuberías del Nord Stream I y II —a cargo del terrorista número uno del mundo—.  Europa popular va cobrando consciencia que el plan contra Rusia tenía un componente adicional. Y este no es otro que destruir los vínculos de Europa con el país eslavo, para que sea EE.UU quien le provea su energía, a un precio cuatro veces mayor, de modo que la industrializada Europa colapse. Así EE.UU podrá dominarla a su antojo —en sus documentos clasificados, Europa es la competidora a destruir—, apropiarse de sus talentos científicos y de sus empresas que migrarían, y ya están migrando, a EE.UU.

Por eso es que, en los pueblos de Europa, crece el clamor para una paz negociada, que los guerreristas sabotean. Y crece el clamor por el fin de las “sanciones”, que los sancionadores no quieren escuchar. No lo harán porque de las “sanciones” pasarán a la confiscación. Es decir, a lo que Occidente hizo siempre para su prosperidad. Ya sea a cuchillo limpio y al abordaje; ya sea con cañoneras o con portaaviones: El robo y el saqueo como instrumento de poder y forma de vida.

Pero Alberto Fernández sigue estando ciego ante los verdaderos responsables y azuzadores de la guerra en Ucrania y sus palpables beneficiarios. Y encima los quiere premiar. En el reciente Reunión de la CELAC-UE (Buenos Aires, 27 de octubre 2022), ha vuelto a disparar a viva voz contra Rusia. Y ha guardado silencio sobre el papel de la élite europea contra los procesos de emancipación latinoamericanos. Y ha guardado silencio ante las afirmaciones de Joseph Borrel, jefe de la diplomacia europea. Sobre todo, la que ha actualizado, de un plumazo, la colonización como bandera presente y futura: “Europa es el jardín” y “El mundo es la jungla”, hay que ir por la jungla.

Por el contrario, Alberto Fernández lo llama Joseph, como un buen amigo. Y proclama, ante el estupor de los cancilleres latinoamericanos presentes, que Latinoamérica tendrá a la Unión Europea —es decir, a sus élites—, como sus primeros socios. Nosotros les damos los recursos energéticos y demás riquezas, dice Fernández, y ellos nos dan su ciencia y tecnología. Si el economista Alberto Fernández no ha entendido que, el papel de proveedores de materias primas, al que nos han reducido, ahora pretende prolongarse, estamos perdidos. El economista argentino Raúl Presbich —creador del concepto de centro/periferia—, vivió en vano; la Teoría de la dependencia latinoamericana, no sirvió de nada; y las interpretaciones marxistas de Mariátegui, Mella, Fidel sobre el imperialismo no valen, a pesar de que los portaviones del Comando (imperialista) Sur se pasean, amenazantes, cerca de nuestras costas.

Bajo el manto de las buenas intenciones, lo que tenemos con Alberto Fernández es o un retroceso pavoroso, o el sinceramiento de un agente doble cooptado con antelación por Occidente y que el pueblo peronista no vio venir. Personajes como él, empiezan a asomar cabeza en Latinoamérica como hongos en primavera. Gabriel Boric, es ahora el promotor del Acuerdo Transpacífico, a pesar que como candidato dijo que lo rechazaría. Gustavo Petro, que había dado un discurso emotivo sobre la Amazonía, se la entrega a la OTAN “para que la cuide”. El papel de AMLO, presidente de México, está por verse.

En el caso del presidente peruano, Pedro Castillo, su alineamiento creciente con el imperialismo yanqui se debe a otras causas y filiaciones. La de las concesiones ante la amenaza de golpe parlamentario, por un lado; hasta la admiración reverenciosa de la vetusta socialdemocracia de Konrad Adenauer, por su premier Aníbal Torres. Como si la prosperidad alemana no fuese, en buena medida, debido al barato gas ruso, y porque el Norte hegemónico se ha beneficiado de las relaciones de poder —lo que incluye la confiscación de la ciencia y la técnica—, siempre en desmedro del Sur dominado.

Hoy vemos cómo se despliega la genuflexión colonizada de las élites políticas emergentes en Latinoamérica. Lo hacen, sobre todo, bajo el paraguas ideológico post moderno. Aquel que usa un lenguaje de “izquierda” como retórica, para ponerse al servicio del “jardín” europeo, del “jardín” de Occidente, y de su Agenda 2030. Una agenda presentada con los colores del arco iris, pero que no es sino una orden, un ukase imperial que chorrea sangre y lodo, como hace 500 años.