Escribe: Sandro Westphalen
Domingo, 31 de Enero del 2021
El Gobierno decretó inmovilización social obligatoria en Lima Metropolitana y otras nueve regiones, las más afectadas por la segunda ola del Covid-19. Un creciente rechazo se articula a nivel nacional.

Hecha pública a través de un mensaje desde Palacio de Gobierno, el pasado 26 de enero, la medida que devuelve a casa a millones de peruanos a través de una “cuarentena estricta”, viene desencadenando una fuerte resistencia que involucra a distintas capas sociales y colores políticos.

Nutridas movilizaciones en la capital y en distintas regiones, señalan que es un asunto de extrema gravedad sobre todo para las masas populares y los cientos de miles de pequeños emprendimientos que no resistirán un encierro más.

En las crecientes marchas en la capital se escucha lo siguiente: Desde el reclamo popular “Por la libertad y el trabajo”, “No a la cuarentena, ¡sí al trabajo!” y “El confinamiento es más pobreza”; hasta mensajes como “No me pises” (Don’t tread on me) de un sector liberal juvenil.

“No a la cuarentena, me declaro en rebeldía”, es otro de los mensajes más difundidos y que anuncian que la cuarentena no será acatada.



En el Parque Huamanmarca de Huancayo, en el plantón realizado y luego en la movilización anti cuarentena, se leía y escuchaba: “No más cuarentenas c…”; “No a la cuarentena, miseria, hambre y desempleo.”

La movilización social es también la oportunidad para que afloren distintos tópicos del debate: los planes globalistas para quebrar las economías y dominar a los países, el papel de la OMS. Pero, asimismo, para difundir la necesidad de aplicar medicinas alternativas como el Dióxido de cloro, contra la satanización de los “expertos” alineados con las Big Pharma.

El rechazo a la cuarentena en la llamada Primera Ola Covid-19 provino, en efecto, sobre todo de los sectores empresariales. Los sectores populares en el mundo, en general, acataron la cuarentena porque asumieron que era la ruta elegida ante un hecho nuevo, y porque existía la sola referencia de China, quien la venía afrontando de manera exitosa.

En países como Suecia no aceptaron que se les aplique el encierro. Las curvas de contagio en el país nórdico no aparecen más graves que los países que sí se encerraron como Inglaterra, España, Francia. Hay un informe de Harvard a ese respecto; y la copiosa opinión de expertos alrededor del mundo.

En el caso peruano, miles de sus ciudadanos buscaron romper tal cuarentena y la rompieron en el 2020 de facto cuando quedó mostrada la ineficacia del Estado y sus autoridades para atender sus necesidades básicas.

Bajo el mandato de Martín Vizcarra y el bloque de poder que lo sustentaba —los grandes medios, las redes de "asesores" y trollers, las ONGs afines y demás mercenarios al servicio del globalismo—, doraron la píldora respecto a la tragedia humanitaria que se vivía y que hoy continúa.

No sólo taparon a Vizcarra en su ineptitud criminal, que desembocó en la carencia clamorosa de oxígeno; sino que relativizaron su responsabilidad en la falta de camas UCI, indumentarias, alimentos y demás, pese a los ingentes recursos asignados.

Pero sobre todo sus defensores, abiertos o encubiertos, se coaligaron en aplaudir o mostrar su anuencia frente a los mecanismos represivos y los psicosociales que se elaboraron para culpabilizar a quienes salían a buscarse el pan.

El debate sobre la eficacia de una cuarentena que encerraba a todos —algo inédito en la historia —, ya venía siendo planteado desde un principio por posiciones democráticas y científicas. Pero sólo ahora, en el caso del Perú, viene hallando eco.



La eficacia de la cuarentena está en cuestión en el Perú no porque lo haya dicho alguien. Sino y sobre todo porque nadie puede aceptar encerrarse para morir de hambre.

Esto, por cierto, no lo entenderán jamás quienes viven en su burbuja. Y quienes reciben su plato de lentejas mensual por apoyar las medidas de la OMS, instrumento del globalismo.

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