Escribe: Juan P. Ballhorn
Lunes, 19 de Octubre del 2020
Viejo Topo publica un nuevo texto de Juan P. Ballhorn. Fue escrito en el 2017 y se expuso en algunos eventos conmemorativos del centenario de la revolución rusa.

Con ocasión el centenario de la revolución rusa, los distintos grupos y sectores políticos han venido difundiendo sus respectivos homenajes, saludos y hasta balances de la esta gesta heroica del proletariado internacional. No es para menos, pues efectivamente la revolución dirigida por Lenin marca un hito en la lucha de los pueblos oprimidos por su emancipación, y lo más honesto es que, de alguna manera, las fuerzas de izquierda lo reivindiquen en cuanto tal. Sin embargo, cada una de estas manifestaciones dicen más de lo que pretenden decir, en realidad en cada saludo o pronunciamiento se expresa también el carácter y, consigo, las limitaciones de dichas organizaciones que, desde mi punto de vista, le mutilan lo vivo a la experiencia revolucionaria bolchevique.

Por un lado, la izquierda “oficial”, o -siendo más precisos- la izquierda burguesa, destaca la revolución bolchevique como un acontecimiento que hizo realidad muchas de las reivindicaciones de las masas trabajadoras que “se adelantaron a su época”. Tanto los derechos laborales como culturales, donde podemos incluir las reformas encaminadas a la emancipación de la mujer, se muestran como los grandes logros de la gesta revolucionaria rusa. Quizás, entre ellos, se hace una breve y débil referencia al “estado obrero”, esto es, se destaca la participación de las masas trabajadoras en la gestión estatal y la construcción de una nueva sociedad. Sin embargo, en aquellas reflexiones se evaden conscientemente temas cruciales como los métodos, la organización, la línea ideológica (1) de los bolcheviques, entre algunos puntos más; pero, cuando estos se mencionan, se deslizan consigo ideas que suponen todos estos factores históricos determinantes como “propios del contexto”, “inaplicables en la actualidad”, o en su más grande cinismo, se mencionan dichos factores entre los “errores” de la revolución de octubre que “minaron desde un inicio” la construcción del socialismo en Rusia. Por otro lado, y en contraparte, están los sectores clasistas, los cuales, preocupados en hacer frente al “revisionismo”, destacan dichos factores del bolchevismo como lo principal. Al asumir tal actitud no les falta razón, puesto que cada vez que la izquierda burguesa hace referencia a la historia de las revoluciones, lo hace con el único fin de encontrar elementos que sirvan a su oportunismo electorero, sepultando la revolución rusa en la historia como un hecho a destacar, pero finalmente como algo lejano en el tiempo y que tuvo su momento. Los sectores, llamémosles ‘revolucionarios’ -y en el Perú hay que precisar: los sectores maoístas (2) - hacen bien en apuntar que la revolución bolchevique fue una revolución victoriosa por apoyarse en las masas obreras y campesinas, estar dirigidos por una vanguardia (partido de nuevo tipo), sustentarse firmemente en el marxismo, emplear la violencia revolucionaria, entre otras cosas. El problema es que sus “balances” o “saludos” a la revolución bolchevique son en su mayoría una suma de consignas o un recuento histórico que no supera los datos que puede ofrecer un manual pre-universitario o de historia del PCUS. Solo veamos, como un ejemplo de este tipo de proceder, el balance que realiza Abimael Guzmán sobre 150 años de revolución proletaria mundial (3). No deja de ser un compilado de datos y consignas, sin ninguna investigación que ofrezca nuevas luces sobre los acontecimientos históricos y, principalmente, que sirva a enjuiciar el estado actual del movimiento obrero en el Perú y el mundo. Más que investigación y análisis concreto, solo se encuentra historiografía y consignas de reafirmación (4), lo cual no es incorrecto desde el punto de vista del marxismo militante, pero sí es insuficiente, y si ese tipo de insuficiencia se vuelve la norma y el material de “estudio”, se torna mediocre. Pero bien, los pronunciamientos actuales de algunos de estos grupos sobre la revolución de octubre no dejan de tener este carácter. Incluso ahí donde se acierta, queda en la vaguedad, carece de concreción. Se reivindica la violencia como método para la toma del poder, pero no se demuestra su aplicabilidad o “necesidad” en el panorama actual, solo se queda en una reafirmación. De este modo, no existe realmente una contraposición a la izquierda burguesa que fácilmente podría reconocer dichos factores como importantes en la victoria bolchevique pero que “carecen de actualidad”. La época que nos ha tocado vivir confirman una y otra vez la necesidad de que toda fuerza revolucionaria o de liberación se apoye en un gran cuerpo armado tanto como antes, pues hoy en día la resistencia a toda intervención imperialista sigue siendo por medio de las armas. Fácilmente estos sectores que pretenden defender la vigencia de la “violencia revolucionaria” podrían mencionar cómo la declaración de independencia de la República Popular de Donetsk y la República Popular de Lugansk en Ucrania solo ha sido posible gracias a la rebelión de mandos militares que han puesto a disposición del pueblo el armamento de las bases militares que yacían en esos territorios. En Ucrania, la arremetida bélica del gobierno (que cuenta con el apoyo financiero y armamentístico de los EEUU) contra el pueblo rebelde no ha cesado ni por un minuto, y si no fuera por la resistencia armada del ejército y las milicias de esas zonas, desde un inicio estos intentos independentistas hubieran fracasado. El pueblo de estas regiones ucranianas solo ha podido mantener su independencia con las armas en las manos. Pero de igual forma, solo ver que Venezuela, a pesar de no ser una república socialista (pero sí anti-yankee), resiste gracias al respaldo de las fuerzas armadas al gobierno bolivariano, es una muestra de la necesidad de que todo movimiento de liberación, y más aún, un movimiento revolucionario, cuente con un fuerte contingente armado que resista las agresiones tanto internas como externas. Es más, dada la larga tradición golpista en nuestro país y de Latinoamérica, bastaría hacer referencia a nuestra historia última para sustentar que el asalto al poder por parte de la clase obrera para la construcción de una nueva sociedad no será posible por medios pacíficos. De igual forma, cuando se defiende la construcción del destacamento de vanguardia, o se hace referencia al marxismo. ¿Cómo demuestran estos grupos la vigencia del marxismo, o la superioridad del marxismo frente a otras concepciones? Lo curioso es que aquí se encuentra su punto más débil. A diferencia de los bolcheviques, estos grupos maoístas están ausentes en los debates teóricos contemporáneos, lo cual hace de su referencia a la “ideología” una defensa nuevamente abstracta, completamente vaga, como diría Lenin: solo una frase ¿Qué contraponen a las teorías burguesas en las que se sustenta la izquierda legal? Solo frases. Pero bien, esta digresión solo tuvo como fin el demostrar las insuficiencias de reivindicar abstractamente determinados acontecimientos históricos sin demostrar cómo siguen vivos en nuestros días, a pesar de tener al alcance los medios reales que permiten tal demostración. Ante esto tenemos que decir: sí hay razón para defender estos factores históricos como los más importantes, eso no es el error, el error consiste en cómo se reivindican, y creo que la forma-consigna es insuficiente y tampoco debería ser la principal, sino más bien la forma-reflexiva (o dialéctica) es la que realmente sirve a los fines revolucionarios, esta es, aquella que estudia, examina y hace hablar al acontecimiento histórico pasado mediante los hechos y los agentes contemporáneos. Esto último es lo que trataré de hacer, y, consciente de mis limitaciones -no solo bibliográficas, sino también interpretativas- me ocuparé modestamente de destacar solo ciertos aspectos que me parecen ser algunos de los más importantes para nuestra época (nacional) y para nuestro movimiento. Sigo pensando que un verdadero homenaje, o un manifiesto que verdaderamente reivindique a la revolución rusa debió de ser producto de un previo estudio concienzudo de dicho proceso, y no de algunas ideas escritas a contra tiempo para cumplir con “saludar” la heroicidad del proletariado ruso de 1917. Como exclama Engels “¡A veces, parece como si estos caballeros creyesen que para los obreros cualquier cosa es buena! ¡Si supiesen que Marx no creía nunca que incluso sus mejores cosas eran bastante buenas para los obreros y que consideraba un crimen ofrecer a los obreros algo que no fuese lo mejor de lo mejor!" (5)

Lo que encontramos interesante del proceso revolucionario ruso es sobre todo cómo se condujeron los bolcheviques en cada una de las distintas etapas que enfrentó el movimiento obrero ruso, y lo interesante reside en que esta experiencia puede ser contrastada muy bien con la práctica de los insurgentes en el Perú. Creo que las lecciones más grandes que en este momento podemos extraer de la experiencia rusa -haciéndole un justo homenaje, demostrando que dicha experiencia sigue viva- es reparando en las formas que adoptaron los bolcheviques, las medidas que tomaron y cómo resolvieron los nuevos problemas (internos y externos al POSDR) en las épocas de repliegue político. Como bien sabemos, desde 1905 en Rusia se produjeron una serie de levantamientos populares que llegaron a abarcar hasta 1907, todo este periodo es definido por Lenin como un periodo de ofensiva del proletariado y la burguesía antimonárquica. Una vez que hubieron fracasado los intentos revolucionarios, le sigue a esta una época de cruda persecución que se desata con el autogolpe del Zar Nicolás II contra toda oposición política (¿Autogolpe? ¿Repliegue? ¿Nos suena conocida esa historia?). Dicho autogolpe, en cuanto medida política -afirmaría Lenin- sanciona el aburguesamiento definitivo de la monarquía zarista, trayendo abajo toda ilusión del “romanticismo económico”, el cual seguía afirmando que la sociedad rusa no era una sociedad capitalista (6), o como se dice hoy en nuestro medio, que era un país semifeudal o de economía principalmente precapitalista. Es interesante ver cómo, en nuestro país, un sector maoísta sigue sosteniendo que el país es semifeudal, precisamente cuando el Perú ha pasado por momentos muy similares a la experiencia rusa: una reforma agraria trunca, el paulatino asalaramiento del campo, desplazamiento poblacional hacia la ciudad, y reformas que dan apertura al capital extranjero. En el Perú, con el autogolpe de Fujimori, que tuvo también como objetivo liquidar toda oposición de izquierda -principalmente a los alzados en armas-, se impone una constitución que, acorde a los dictámenes norteamericanos -que expresan en cuanto tales las necesidades del capitalismo de la época- impulsa el desarrollo de la economía peruana como economía capitalista (no decimos, pues, que con Fujimori ingresa al capitalismo al Perú, puesto que este ya había ingresado hace mucho ampliando cada vez más su rango de acción, tal como ya lo observaba Mariátegui). Incluso en los 80’s era difícil afirmar categóricamente que el Perú era una sociedad semifeudal, aunque aún podía tomarse como referencia dicha definición, claro está, teniendo en cuenta siempre que para entonces se aproximaba más a una sociedad regida por la lógica de la mercancía; pero desde el autogolpe fujimorista y el ingreso colosal de capital extranjero, toda afirmación que supone a la sociedad peruana como una sociedad semifeudal no expresa más que puro idealismo. Pero bien, retomando lo que decíamos, este periodo de ofensiva reaccionaria y repliegue revolucionario se va a expresar en el descabezamiento de las principales fuerzas políticas de oposición al Zar, en la disolución y dispersión de estas fuerzas. Dirigentes obreros serán asesinados, encarcelados y deportados, el movimiento obrero ruso vive uno de los momentos más difíciles de su historia, y uno de los más dolorosos. Sin embargo, entre todas las fuerzas, dice Lenin “fueron los bolcheviques quienes retrocedieron con más orden, con menos quebranto de su “ejército”; con una conservación mejor de su núcleo central, con las escisiones menos profundas e irreparables, con menos desmoralización, con más capacidad para reanudar la acción de un modo más amplio, acertado y enérgico.” (7) Y esto último queremos comentar: la capacidad de los bolcheviques de no renunciar a la lucha política incluso en las épocas más difíciles y de gran debilidad.

Es importante reparar en cómo los bolcheviques, tras el fracaso de la revolución, fueron capaces inmediatamente de sostener una nueva forma de lucha: la actividad parlamentaria y legal, siempre -claro está- subordinada a la actividad revolucionaria e ilegal. Los revolucionarios rusos comprendieron que las nuevas condiciones obligaban a asumir nuevas formas de lucha que permitieran continuar con la labor de agitación y propaganda revolucionarias. Estos fueron conscientes de sus bajas, de la dispersión de sus fuerzas, de la debilidad en la que habían caído, pero esto de ningún modo significo una inmovilidad de su destacamento. La lucha por la libertad de sus presos o contra la persecución política que sufrían no fue nunca la tarea principal y la única tarea de su organización, esto solo hubiera hundido a los revolucionarios en una demanda sectorial a merced de la actividad general que es la más importante. A diferencia de lo que sucedió en el nuestro país, donde los alzados en armas tras el fracaso centraron en bregar por un “Acuerdo de Paz” con el gobierno, cayendo así en la inmovilidad -y centrando la lucha en “defender la vida del partido” contra aquellos que llamaron a “proseguir las acciones” (8)-, los bolcheviques no dudaron en pasar realmente a la lucha política sin armas, esto significa, continuar combatiendo al estado reaccionario, pero bajo nuevas formas de actividad revolucionaria. Vemos aquí cómo, mientras los dirigentes de un movimiento armado (Perú) en el fracaso esperan la misericordia de las fuerzas reaccionarias (¿Confianza en el enemigo? ¿Se soslaya la lucha de clases?), las cuales ya no tenían ningún motivo ni ninguna necesidad de acordar una paz (pues, con el movimiento insurgente descabezado, ya solo se esperaba la progresiva disolución y desvarío del contingente aún en armas), los bolcheviques, por el contrario, demostraron que la lucha irreconciliable con el viejo estado proseguía, por otros medios sí, pero de ninguna manera se podía promover una desmovilización de las fuerzas, de ninguna manera abandonar la agitación, la propaganda, la organización de los obreros en función a desenmascarar al gobierno reaccionario y buscando siempre elevar la conciencia política revolucionaria de las masas. Pero en nuestro país, quienes llamaron a bregar por un acuerdo de paz, entramparon sus fuerzas en un debate interno, apartándolas de las luchas de las masas que era donde les correspondía estar en tanto sector político que se considera revolucionario. Cuando uno se pregunta por qué no se pasó inmediatamente a una lucha política tal como lo hicieron los bolcheviques en las nuevas condiciones, lo que se obtiene como respuesta es que se tenía por objetivo el “reagrupar” las fuerzas, el garantizar la “unidad del Partido” contra el “bloque escisionista”, etc. Esto nos brinda otro elemento a destacar de Lenin y los bolcheviques, pues ellos también tuvieron que enfrentar una escisión en sus fuerzas, pero ¿cómo resolvió Lenin el problema de las escisiones en el seno del bolchevismo?

(Continuará)
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(1) En el presente artículo utilizamos el término “ideología” en su acepción leninista, es decir, entendiéndola como doctrina o concepción del mundo. Dejamos de lado, por el momento, la definición de Marx y Engels de ‘ideología’ como “falsa conciencia”.
(2) Nuestra intervención es justamente al interior de las fuerzas maoístas del Perú.
(3) En 1994 apareció un texto titulado “Sobre ciento cincuenta años de revolución proletaria mundial (Centésimo aniversario del Presidente Mao Tse-tung)” cuya autoría estaría a cargo de Abimael Guzmán. Este se difundió como documento del PCP.
(4) O cuando se pretende extraer lecciones para el presente, se dicen cosas tan generales como que “el camino comprende avances y retrocesos”.
(5) Carta de Friedrich Engels a Konrad Schmidt. Londres, 5 de agosto de 1890.
(6) Tesis combatida por Lenin desde mucho antes, sobre todo en el debate contra los populistas, que abarcó los últimos años del siglo XIX y que tuvo como fruto la obra “El desarrollo del capitalismo en Rusia” (1899).
(7) V. I. Lenin. La enfermedad infantil del “izquierdismo” en el comunismo, 1920.
(8) En conformidad al discurso que el mismo A. Guzmán dio el 24 de setiembre de 1992, donde claramente hace un llamado a proseguir la “guerra popular”. Discurso del que luego el mismo autor renegaría arguyendo una “interpretación errónea” de sus palabras.

La Segunda Parte del artículo se puede leer aquí.

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