2001, EL IMPERIO ESTADOUNIDENSE MUDA DE PIEL

Red Voltaire publica un capitulo más del libro de Meyssan De la impostura del 11 de setiembre a Donald Trump. ‎‎Ante nuestra ‎mirada, ‎la ‎gran farsa de las primaveras árabes (2017) (vt).

Las «primaveras árabes», organizadas por Washington y Londres ‎

‎Al disolverse la Unión Soviética, las élites estadounidenses creyeron que el fin de la tensión de la guerra ‎fría traería un periodo de comercio y prosperidad. Pero una facción del complejo militaro-industrial impuso ‎el rearme, en 1995, e inició una política imperial particularmente agresiva, en 2001. Ese grupo, que ‎se identifica con el «Gobierno de Continuidad» previsto en Estados Unidos en caso de destrucción de las ‎instituciones electivas, preparó con gran antelación las guerras contra Afganistán y contra Irak, que ‎se iniciarían sólo después de los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001. Ante su fracaso militar ‎en Irak y la imposibilidad de atacar Irán, ese grupo modificó sus planes. Adoptó el proyecto británico ‎para el derrocamiento de los regímenes laicos del Medio Oriente Ampliado y el rediseño general de toda ‎la región, que debía quedar dividida en pequeños Estados administrados por la Hermandad Musulmana. ‎Poco a poco, esa facción estadounidense se hizo del control de la OTAN, de la Unión Europea y de ‎la ONU. Sólo después de haber causado varios millones de muertes y de haber dilapidado millares de miles ‎de millones de dólares, ese grupo se verá cuestionado –en los propios Estados Unidos– por la elección de ‎Donald Trump. Algo similar sucede en Francia, donde Francois Fillon, candidato conservador a la ‎presidencia de la República, se pronuncia contra las guerras iniciadas en el Medio Oriente.

Supremacía de Estados Unidos ‎

Al término de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos era la única nación victoriosa que no había ‎sufrido los estragos de la guerra en su propio suelo. Explotando esa ventaja, Washington optó por ‎suplantar a Londres en el control de los territorios que habían sido parte del Imperio británico y por ‎entrar en conflicto con Moscú. Durante 44 años, el fuego bélico del conflicto mundial fue sustituido por ‎la guerra fría. Al cabo de todos esos años, cuando la Unión Soviética comenzó a tambalearse, ‎el presidente estadounidense George H. W. Bush (Bush padre) pensó que había llegado el momento de ‎dedicarse a los negocios. Comenzó entonces a reducir las fuerzas armadas y ordenó una revisión de ‎la política exterior y de la doctrina militar de Estados Unidos. ‎

Washington afirmó entonces –en 1991–, en la National Security Strategy of the United States, que:‎

«Estados Unidos queda como el único Estado con una fuerza, un alcance y una influencia en ‎toda dimensión –política, económica y militar– realmente globales. No existe sustituto para el ‎liderazgo estadounidense.»‎

Es por esa razón que Estados Unidos reorganizó el mundo durante la operación «Tormenta del ‎Desierto». Para ello, Washington estimuló su aliado kuwaití a robar petróleo iraquí y a reclamar al ‎mismo tiempo a Bagdad el pago de la ayuda –supuestamente gratuita– que el pequeño emirato de Kuwait ‎había aportado a Irak durante la guerra contra Irán. Estados Unidos incitó después su “aliado” iraquí a ‎resolver el problema anexando Kuwait, un territorio que los británicos habían arrancado arbitrariamente ‎a Irak 30 años atrás. Como colofón de su maniobra, Estados Unidos invitó seguidamente todos ‎los Estados del planeta a respaldarlo en la reafirmación del derecho internacional que Washington ‎supuestamente defendía, suplantando a la ONU.

Sin embargo, dado el hecho que las dos superpotencias –Estados Unidos y la Unión Soviética– se ‎apoyaban paradójicamente cada una contra la otra, precisamente a través de su oposición, ‎la desaparición de la URSS tendría, lógicamente, que haber provocado la caída de Estados Unidos, ya ‎carente de ese punto de apoyo. Para evitar el derrumbe de su propio país, los parlamentarios ‎estadounidenses impusieron al presidente Bill Clinton el rearme iniciado en 1995. Las fuerzas armadas ‎estadounidenses, que acababan de desmovilizar un millón de hombres, se rearmaron sin que existiese en ‎aquel momento ningún adversario capaz de medirse con Estados Unidos. El sueño de Bush padre de ‎un mundo unipolar, regido por el “business” estadounidense, terminaba siendo reemplazado por una ‎loca carrera destinada a mantener el proyecto imperial.‎

A partir de la disolución de la URSS, la dominación estadounidense sobre el mundo tomó forma mediante ‎‎4 guerras que Washington desató y encabezó sin el aval de las Naciones Unidas: contra Yugoslavia ‎‎(en 1995 y 1999), contra Afganistán (en 2002), contra Irak (en 2003) y contra Libia (en 2011). ‎Ese periodo terminó con los 10 vetos chinos y los 16 vetos rusos en el Consejo de Seguridad de la ONU, ‎vetos que prohibieron explícitamente el inicio de una guerra abierta contra Siria. ‎

Apenas terminada la Guerra del Golfo, el presidente republicano George Bush padre ‎solicita a su secretario de Defensa, Dick Cheney, que se ocupe de trazar la Defense Policy Guidance ‎‎ [1] –‎documento clasificado pero del que varios fragmentos han sido publicados en el New York Times y en el ‎‎Washington Post [2]. Ese documento es ‎redactado finalmente por Paul Wolfowitz, militante trotskista y futuro secretario adjunto de Defensa, ‎quien teoriza sobre la supremacía estadounidense:

«Nuestro primer objetivo es evitar que reaparezca un nuevo rival, ya sea en el territorio de la ‎antigua Unión Soviética o en cualquier otra parte, que represente una amenaza comparable a la ‎de la antigua Unión Soviética. Esta es la preocupación dominante que subyace en la nueva ‎estrategia de defensa regional y requiere que nos dediquemos a evitar que algún poder hostil ‎logre dominar una región cuyos recursos puedan, si llegara a controlarlos, resultar suficientes ‎para convertirlo en una potencia global. Esas regiones incluyen Europa, el Extremo Oriente, ‎los territorios de la antigua Unión Soviética y el sudeste asiático.»

Wolfowitz plantea 3 aspectos adicionales a ese objetivo:‎

- «Primeramente, Estados Unidos debe dar prueba del liderazgo necesario para establecer y ‎garantizar un nuevo orden mundial capaz de convencer a los potenciales competidores de que ‎no deben aspirar a un papel regional más importante ni asumir una postura más agresiva ‎en defensa de sus intereses legítimos.‎
- Segundo, en las zonas de no defensa, tenemos que representar lo suficientemente los intereses ‎de los países industrializados de manera que no se atrevan a competir con nuestro liderazgo o a tratar de derrocar el orden político y económico establecido.
- Finalmente, tenemos que conservar los mecanismos de disuasión hacia posibles competidores ‎para evitar que se sientan tentados de desempeñar un papel regional más importante o un papel ‎global.»‎

La “doctrina Wolfowitz” supuestamente debía evitar una nueva guerra fría y garantizar a Estados Unidos ‎el papel de “gendarme mundial”. El presidente Bush padre desmovilizó en masa sus fuerzas armadas ‎porque ya no debían hacer otro papel que el de simple policía. ‎

Pero lo que vimos fue exactamente lo contrario: primero, con las 4 guerras ya mencionadas, pero ‎también con la guerra contra Siria y, posteriormente, con la guerra que se desarrolla, en Ucrania, ‎en contra de Rusia.
- Fue para dar muestras del «liderazgo necesario» que Washington decidió, en 2001, tomar el control de ‎todas las reservas de hidrocarburos del «Medio Oriente Ampliado» –a eso se debieron las guerras ‎contra Afganistán e Irak.
- Fue para que sus aliados «no se atrevan a competir» con el liderazgo estadounidense que ‎Estados Unidos modificó su plan en 2004 y decidió aplicar las sugerencias británicas: ‎ 1)‎ anexar los Estados rusos no reconocidos –comenzando por Osetia del Sur– y 2) derrocar gobiernos laicos árabes en beneficio de la Hermandad Musulmana –las llamadas ‎‎«primaveras árabes».
- Finalmente, es para evitar que Rusia sienta la tentación de «desempeñar un papel global» que ‎Estados Unidos utiliza yihadistas y ex yihadistas en Siria, en Ucrania y en Crimea. ‎

La aplicación de la doctrina Wolfowitz no sólo exige recursos financieros y humanos sino también una ‎poderosa voluntad hegemónica. Un grupo de responsables políticos y militares espera llegar a aplicarla ‎promoviendo la candidatura del hijo de George Bush padre: George W. Bush. Para ello suscitan ‎la creación, por parte de la familia Kagan y en el seno del American Entreprise Institute, de un nuevo ‎grupo de presión: el «Proyecto para un Nuevo Siglo Americano» (léase “estadounidense”). Durante la elección presidencial, ese grupo de ‎cabildeo se verá obligado a “arreglar” el conteo de los votos en el ‎Estado de la Florida, con ayuda del gobernador Jeb Bush, el hermano de George Bush hijo, para que ‎este último logre llegar a la Casa Blanca. Mucho antes de que eso sucediera, aquel grupo ya militaba ‎activamente por la preparación de nuevas guerras de conquista, particularmente contra Irak. ‎

Pero el nuevo presidente no es precisamente obediente, lo cual obliga a quienes antes lo habían ‎respaldado a organizar un acontecimiento excepcional, algo capaz de sumir a la opinión pública en un ‎estado de conmoción que ellos comparan con un «nuevo Pearl Harbor». Ese acontecimiento ‎tendrá lugar el 11 de septiembre de 2001. ‎

El viraje del 11 de septiembre ‎

Todo el mundo creer saber lo que pasó el 11 de septiembre de 2001 y la gente cita de memoria ‎las imágenes de los aviones estrellándose contra las Torres Gemelas del World Trade Center y ‎la destrucción de un ala del Pentágono. Pero, detrás de esos acontecimientos y de la interpretación que ‎de ellos presentó después la administración Bush, lo que sucedió fue algo muy diferente. ‎

En momentos en que los dos aviones acaban de estrellarse contra el World Trade Center y mientras que ‎un incendio devora las oficinas del vicepresidente de Estados Unidos y se habla de explosiones en ‎el Pentágono, el coordinador nacional de la lucha antiterrorista, Richard Clarke, pone en marcha el ‎procedimiento de «Continuidad del Gobierno» (CoG, siglas en inglés de “Continuity of the Government”) ‎‎ [3]. Concebida en tiempos de la guerra fría, en previsión de un conflicto nuclear o de la posibilidad de que ‎los poderes ejecutivo y legislativo quedasen decapitados, la CoG debía salvar el país poniendo todas las ‎responsabilidades en manos de una autoridad provisional previamente designada en secreto. ‎

Pero el 11 de septiembre de 2001 ningún dirigente electo había muerto.‎

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