Escribe: Alberto Manzanares
Viernes, 16 de Agosto del 2019
Lo inmediato es conseguir la anulación del proyecto y enseguida discutir la Nueva Ley de Minería, que propondrá el Sur. Con eso abrir otra vez el debate y la lucha por una Nueva Constitución, que Vizcarra se encargó de escamotear. Aquí una parte de la reflexión de A.M (vt)

Arequipa erupcionó como un volcán y puso sobre la mesa, como ayer Cajamarca, uno de los problemas cruciales del Perú: el de la expansión de la gran minería en desmedro de la agricultura, el agua y la ecología. Drama que acaece en tiempo real y va creando heridas a tajo abierto, no solo sobre el suelo sino sobre el poblador; creando zozobra cotidiana y terror sobre los pueblos, sobre la dignidad de cientos de miles, oscureciéndonos el futuro en vez de despejarlo.

Para los sectores dominantes, inmunizados desde centurias por la Codicia de los Metales, se trata solo una asonada revoltosa azuzada por autoridades mal elegidas. Hay que hacer «trabajo comunitario», dicen; «cambiar la percepción de la gente ignorante», ofrecerles colegios que, si funcionaran algún día, serán aulas fantasmales. Hay que decirle a Ipsos que hinche cifras a la «mayoría silenciosa» (que sí querría Tía María), y contratar «gestores de intereses» (pues ya no hay que llamarlos lobistas dado que suena mal) que corrompan dirigentes. El resto lo hará la prensa concentrada y sus satélites, que harán labor de extirpadores de idolatrías (como hace 500 años); y en último caso, entrarán a tallar los cuerpos policiales y militares, que superan con creces a los 13 del Gallo. Asunto resuelto.

El Valle del Tambo, centro del conflicto pertenece a todos los peruanos y sobre todo a los Arequipeños. Debemos defenderlo. La lucha del pueblo y su cotidiana acción creadora y transformadora construyen nación. La acción del capitalismo globalista, neoliberal, desnacionaliza ―y cómo ha desnacionalizado desde hace casi tres décadas― al arrebatar derechos ciudadanos y soberanía sobre nuestro país, y al pretender embutirnos lo que nos es ajeno culturalmente. Todo lo humano es nuestro, pero debemos tomar de otros lo que nos sirve y nos permita desarrollarnos desde nosotros mismos.

Quienes han ido de paso a este valle arequipeño han descubierto su inmensa belleza como obra humana y de la naturaleza, y su enorme potencial productivo. Glosando el comentario de una amiga peruana, residente en EE.UU, ese desarrollo agrícola y ganadero, habría propiciado con su empoderamiento, todo un ecosistema cultural de vaqueros, una cultura, una moda, un arte ―diríamos, hasta una cinematografía―, un potente intercambio comercial. Es un sueño, claro, capitalista. Pero ni eso ocurre aquí. El inmenso potencial agrícola del Perú (en todas sus regiones sobre todo en la zona andina), su potencial pesquero y turístico (Mar Peruano); y maderero-acuífero-medicinal-pulmón planetario (La Amazonia), todo eso está supeditado a la visión de que somos un «país minero».

Una visión del Perú que tuvieron los Conquistadores y que no ha variado en cinco centurias. El capitalismo como sistema mundial, que penetró en el Perú desde la República ―Inglaterra puso el dinero para la ruptura con España―, y que nos inscribió en su órbita económica de manera firme en la época del Guano y el salitre (con ella fuimos parte de la Revolución Industrial y cuando aconteció la Guerra del Pacifico), no varió ese papel de «país minero». Lo diversificó en cuanto enclaves para la producción de algodón y caña de azúcar y la extracción del caucho en la Selva. Y, poco después, desde mediados del siglo XX, agregando la exportación de harina de pescado.

Frente al saqueo de los recursos mineros y agrícolas por los españoles, lo que ha aportado el posterior capitalismo imperialista (y nuestro capitalismo dependiente) fue diversificar esa exacción y, además, convertirnos en mercados para sus productos. El actualísimo libre mercado de los TLC ―que han hecho y hacen agua―, es solo una manera de cubrir la grosera desigualdad en el intercambio, que nos convierte sobre todo en mercado de productos extranjeros. El papel de la democracia formal que nos rige, ha sido entregar nuestros mercados al capital foráneo, para lo cual tienen que perseguir al pequeño comerciante nacional, liquidar nuestra cada vez más disminuida producción industrial, y a futuro, liquidar nuestra producción agrícola para que entren sin cortapisas sus productos transgénicos (con lo cual nos tendrán por completo en sus garras). Pero además el capitalismo, nos ha convertido en territorio liberado y rehenes de las finanzas y los business. Cada lucha social y cada vez que asoma un discurso político emancipador, soberano, suena no solo el epíteto de chavista y ahora evista, sino un violento estornudo de la Bolsa de Valores, desde los nuevos profetas del Apocalipsis planetario: las empresas de riesgo tipo Moody’s. En todo ese tinglado depredador, la corrupción actúa como aceite y lubricante.

Debemos aprovechar sabiamente nuestros recursos minerales. O administrarlos nosotros mismos o cambiar los términos a la explotación extranjera. De ahí que saludemos el debate abierto por los gobiernos regionales del Sur y las propuestas que se preparan. Pero, en ningún caso debiéramos supeditarnos sólo a exportar minerales y sacrificar todo en función de él. Como se recuerda, el velasquismo (1968-1975), que desenvolvió un capitalismo de Estado con criterio nacional, buscó desarrollar la industria y una minería nativas, además de sus reformas por modernizar el agro. Esto, claro, recalcitrantes de derecha e izquierda aún no lo asimilan. Luego, con la Constitución de 1993, volvimos a la matriz de la dominación centrada en los minerales. Un libro del ingeniero Luis Boluarte Necochea, El ocaso de Centromin-Perú, dejaría pasmado a cualquiera ante el desguace y remate de los activos nacionales mineros. Está pendiente un balance de la gestión de Velasco sobre sus niveles de productividad y sobre el tema ecológico. Pero desde Fujimori volvió a impulsarse la imagen de «país minero», ―que neoliberales torvos celebran―, restaurándose de manera desbocada la Codicia por los Metales y por el Oro (que se ha propagado como una fiebre en la minería artesanal, detrás del cual están los grandes capitales). Y ha seguido sin Fujimori, haciendo tabula rasa de la revalorización contemporánea de nuestra agricultura, de la agricultura de las comunidades, que nos da alimentos al 70% de los peruanos; de sus productos orgánicos y del boom gastronómico que se sustenta en aquellos; haciendo caso omiso a la necesaria preservación del planeta y los entornos naturales, que pueblos enteros vienen defendiendo en el Perú, desde una postura social-ecológica práctica, y en aras de las futuras generaciones.

Profesionales arequipeños como el ingeniero metalúrgico Hugo Rivera, fundamentaron con claridad por qué, en tanto que Southern no ha resuelto o levantado las observaciones, no podía haber ni licencia de construcción (por el gobierno) ni licencia social por los pobladores del Valle del Tambo. En una entrevista a un canal local por una periodista arequipeña, desde el 2015 ya daba respuesta a los problemas que hoy se sacan bajo la manga como nueva solución, por ejemplo la planta desalinizadora. En efecto, si así fuera, no explican como drenarán el agua residual. Y, mientras los operadores mediáticos de Southern creen haber descubierto la clave de todo el conflicto en la dirección de los vientos, este ingeniero ya señalaba que los remolinos que saldrán del tajo, provocaran vientos imprevisibles y columnas de micropartículas que devendrán smog, (fuente de enfermedades pulmonares y de la piel por ejemplo en Cajamarca, y en Cerro Verde). La acumulación de ripio ―Southern lo escamotea―, además, afectará con su peso la dirección de las corrientes subterráneas y por tanto a la agricultura del Valle. Nada de eso ha sido desvirtuado o levantado por el segundo EIA, que había dado base a la licencia de construcción de Martín Vizcarra.

Ingenieros de la región de Arequipa, nutridos de conocimientos universales, son nuestra fuente básica. La lucha del pueblo de Arequipa y del Valle del Tambo, nuestra inspiración y ejemplo.

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