Escribe: Fernando Moncada (Colaborador)
Sabado, 05 de Mayo del 2018
Los que tiempo atrás se erigían como única posición consecuente y revolucionaria en el Perú, hoy no pueden ocultar su desviación. Uno de los rasgos más evidentes consiste en enarbolar POR UN PAÍS RECONCILIADO HACIA EL BICENTENARIO. Fernando se encarga de desentrañar la esencia de esta y otras posiciones.

Leyendo las publicaciones sueltas que realizan constantemente los militantes y hasta directivos de movimientos que aseguran ser del comunismo ortodoxo, como el MOVADEF, se observan gérmenes del oportunismo más recalcitrante, un oportunismo al que llamaríamos del ala derecha. El MOVADEF que es una entidad que ahora busca la “paz y reconciliación” para los prisioneros, sobre todo para la “jefatura” del PCP-SL, oscila entre un campo y otro de la política, contradiciendo, en muchos de sus planteamientos, los postulados escritos en los años ochenta, por quien dice ser su máximo líder (jefe lo llaman ellos), el Dr. Abimael Guzmán Reinoso, pero por sobre esto, contradicen de lleno a los postulados de los marxistas clásicos.

Para empezar, Engels aseveraba que, hablar a las masas de “reconciliación y paz” en medio de una sociedad clasista, es mentir, es prestarse al juego de desarme de la clase trabajadora para alargar así la vida del capitalismo, pues no puede haber reconciliación cuando una clase explota, oprime y desangra a otra. Por este motivo, el MOVADEF, apoya el juego de la clase gobernante para mantener el status quo del Estado opresor, y aparte de ello se ha atrevido a apoyar a distintos partidos políticos que se declararon abiertamente de derecha y ultraderecha, con el único fin de ganar la llamada paz y reconciliación. Luego, vuelven a bramar, criticando las acciones de las masas, que “no se hable de que se vayan todos los corruptos, porque eso no es una lucha contra el sistema y sería una desviación”; dando a entender que batallan contra el sistema. A este punto nos adentraremos con mayor énfasis, ya que evidencia un oportunismo que los está llevando no solo a ayudar indirectamente al Estado, sino a batallar de forma desenfrenada y directa contra las iniciativas y las luchas del pueblo peruano.

Empecemos entonces. Lenin hablaba de utilizar todos los medios posibles para combatir al capitalismo y a sus sirvientes. Nos decía que existen dos modos, el modo legal y el modo clandestino. El primero se desarrollaría incluso desde el mismo gobierno o ingresando al sistema electoral, con el fin de desenmascarar toda la patraña demoburguesa, toda su corrupción y agitar las luchas populares desde ahí (ojo, no para pedir “paz y reconciliación”). A su vez, de ser necesario (no olvidemos que los comunistas, por la humanidad que nos debe caracterizar, tratamos siempre de evitar la violencia o la guerra) desde la clandestinidad, se deberá bregar por la revolución proletaria, forjando ejército de nuevo carácter y organizando cuadros para empezar la lucha armada.

Apliquemos entonces eso al Perú en el 2018, un Perú congestionado y con las condiciones justas para emprender una revolución social, vía violenta, pero que nadie lo está haciendo. Por lo tanto, descartamos todo embrión de trabajo clandestino para una revolución social. No existe organización ni cuadros en los momentos actuales como para dirigir una lucha armada o una revolución violenta que conduzca a la clase trabajadora a la toma del poder. Los cuadros que supuestamente existían durante la guerra interna que se desató en mayo de 1980, han fallecido o se han entregado a la aventura oportunista de buscar la “paz y reconciliación”.

Esto empuja a que las masas se organicen en sindicatos, se movilicen contra lo injusto y la podredumbre del sistema o de los gobiernos de turno, vía legal. Basándonos en la teoría de Lenin, lo planteado por los “marxistas ortodoxos” peruanos de que no se debe ir predicando el lema de “que se vayan todos los corruptos”, caería nuevamente en oportunismo de derecha, pues le sirve como soporte y justificación a la represión del sistema contra las clases desposeídas y le sirve al Estado corrompido hasta los tuétanos, como ayuda para mantener todavía en aletargamiento a los trabajadores, los cuales han mostrado un interés inmenso por cambiar el rumbo de la sociedad. Lo correcto será marchar junto a las masas, educarlas desde dentro e ir seleccionando a sus mejores elementos para que puedan descubrir que el único camino que queda es el cambio del sistema semicolonial que rige al país. Actuar de otra forma, sería negar el marxismo y decir a las masas que se queden estancadas, sin hacer nada, que se conformen con los gobiernos que tengan, cuando se debería aprovechar estas convulsiones sociales para forjar nuevos cuadros que puedan dirigir la revolución social y empezar el sabotaje al sistema capitalista mediante el modo legal del que nos hablaba Lenin.

La tesis que pregonan los llamados “marxistas-leninistas-maoístas” del Perú, tiene su parangón solo con la prédica de Trosky cuando este se oponía a que Rusia forjara el socialismo en una nación. Según Trosky habría que esperar a que el mundo se transforme para que recién Rusia construyera el socialismo. Aquí, en el Perú, en el siglo XXI, los ortodoxos “marxistas-leninistas-maoístas” plantean, que no se haga nada hasta que se vuelvan a armar los cuadros que puedan liderar la revolución social. Es más, se podría asegurar, que aquí los ortodoxos marxistas-leninistas-maoístas, claman que las masas no hagan nada hasta que se libere a un solo hombre, a un semidios, al que hay que adorar. Todo esto va contra la dialéctica marxista-leninista-maoísta, la cual dice que los cuadros deben ir forjándose en medio de las luchas clasistas, que si muere un cuadro deberían haberse forjado cientos y así no morir jamás. Estos cuadros deben ser forjados en estrecha relación con las masas trabajadoras.

Lo que pregonan por ende los autoproclamados “marxistas-leninistas-maoístas” nos lleva al burocratismo, ya que los cuadros deberán forjarse independientemente del movimiento social, sindical y popular, para que solo estos puedan dirigir la lucha y por ende, sin cuadros las masas no deben, no pueden ni deberían hacer nada más que esperar. Los clásicos del marxismo predican todo lo contrario. Detestan el burocratismo, por lo que exigen que los verdaderos cuadros comunistas emerjan de las masas, de sus luchas, de sus contradicciones. Así surgieron Marx, Engels, Lenin, Stalin, Mao, Luxemburgo y tantos otros líderes. Solo anexados de forma espiritual y física con las clases explotadas y sus luchas, podrán forjarse los líderes aptos para guiar una revolución social.

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