Escribe: Carlos Alberto Lamas
Lunes, 03 de Setiembre del 2018
Una crónica acerca de la tecnología, los escritores(as) y la escritura (vt)

En La pasión de Laura Díaz (1999) Carlos Fuentes, a través de uno de sus personajes, describe las confusas emociones provocadas por los colosales cementerios de fábricas y maquinarias, en el Norte automotriz de EE.UU. Ha acontecido la gran crisis de fin de siglo, la de 1997. Lo presenciado significará para su personaje (o para Fuentes) el fin de las ilusiones en la gran industria, aquella que había simbolizado el progreso y que habría anunciado un desenlace feliz al destino humano.

Michael Moore, anclado en la tradición obrera, ve el asunto de un modo distinto a la desesperanza. Había estallado ante sus ojos una crisis aun peor, la del 2008. Frente a las osamentas de la General Motors, en Flint, Michigan, en su documental Capitalismo, una historia de amor (2009), adopta más bien una postura crítica. Deplora de las deslocalizaciones de la industria. De la desocupación subsecuente. De la impertérrita codicia, sobrevolando y devorándolo todo, como una bandada de buitres sobre la tragedia del pueblo de Lincoln, Malcom X y Toro Sentado.

El encuentro con un taller de máquinas de escribir del Centro de Lima, entre Emancipación y Abancay, parece invadirme de esta misma sensación de Moore. A ojos vista, claro, la magnitud es diferente. Un técnico atiende rodeado de objetos incompletos y cercenados, de carcasas y pedazos de teclado cuyo volumen y desorden ha rebasado sus fuerzas. El caos de los armarios metálicos, se asemeja a una vegetación indómita invadiendo una casa abandonada. En los alrededores reinan las nuevas tecnologías: filmadoras digitales, pantallas planas, tablets.

Había ido a averiguar por una cinta que pusiera en acción a una vieja máquina de escribir, olvidada por largos años en un cuarto oscuro en el puerto de Chimbote.

―Se me han terminado. Ya no se fabrican. La Faber Castell ya no las produce hace mucho tiempo. Pero puede que encuentre algo en el jirón Paruro.

Le agradecí. El vendedor, técnico o artesano no dudó en recordarme que reparaba y compraba máquinas de cualquier marca. Así estuviesen en desuso o malogradas.

Desde que encontré ese taller de reparaciones, he ido descubriendo que el mundo de las máquinas de escribir existe o subsiste. Y que no ha corrido la misma suerte de la industria automotriz, donde los viejos autos casi solo sobreviven en la isla de la Cuba revolucionaria.

En una exposición fotográfica, apenas reciente en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, una joven artista expuso la instalación de su propio cuarto, en el caos de fotografías, experimentos visuales y objetos dispares. En el foco de sus tomas fotográficas había un poema, emergiendo desde el rodillo de una máquina de escribir. En un sentido aun más lúdico y pequeñil, en el YouTube, una maestra enseña el truco de magia de producir en una máquina de juguete, unos textos a colores.

Mi redescubrimiento del mundo-maquina-de-escribir alcanzó sus escalas mayores por cuestiones del azar. Ocurrió cuando un amigo se desprendía, sin misericordia, de una ruma de libros. De esa razzia cayó en mis manos, La historia de mi máquina de escribir (2002) de Paúl Auster y Sam Messer, dos autores para mi desconocidos. Es un libro-objeto que combina el texto de Auster―un breve texto―, y la pintura de Messer desplegada en la casi totalidad del libro.

El pintor, un admirador del escritor que profesa una suerte existencialismo sartreano y una absurdidad Samuel Becket, había ido acumulando fascinación por esa figura solitaria y su vieja máquina. Quizá con asombro, reconoce a una figura que se niega a ingresar a la época de las computadoras y programas de texto. Al final, sin embargo, el pintor habrá de quedar embrujado por el objeto mismo, por la cosa. Auster, explica así ese encuentro misterioso:

«Recuerdo que le mostré la máquina de escribir la primera vez que vino, pero no me acuerdo de lo que dijo. Un par de días después, volvió a casa. Yo no estaba aquella tarde, pero preguntó a mi mujer si podía bajar a mi cuarto de trabajo a echar una mirada a la máquina de escribir. Dios sabe lo que hizo allá abajo, pero nunca me ha cabido la menor duda de que la máquina le habló. Creo que, en su momento, incluso logro convencerla para que le abriera su corazón» (p. 28).

Messer la retratará en empastes y texturas, que por momentos parecen ejercicios de decoración o de heladería. Y en otros, una dramática búsqueda del color, o del trazado de la línea, sobre el alquitrán o sobre una pared oscura. El escritor, cigarrillo en mano, esquinado y adusto, ausculta el otro lado de las cosas.

Es posible que esta representación pictórica ―que supera al texto― convoque algo similar al espíritu romántico: el de un rediseño amable y libre del pasado extinto. La pintura europea, durante siglos, por ejemplo, se multiplicó para aprehender a esos molinos de viento, cuya presencia en sus llanuras verdes o desoladas (como La Mancha), habría de ser abatida por la Revolución Industrial. Una época menos romántica, la de las vanguardias, trasladó el molino de viento a la urbe, al mundo del París finisecular de Degas, Monet y Toulouse Lautrec: al Moulin Rouge.

Fuerzas que emergen y fuerzas que son amenazadas de perecer, a diferencia de la vieja imprenta de Gutemberg, cuyos modelos encontramos como un buen recuerdo en algún museo, la máquina de escribir no tiene aún un panteón reconocible. O un lugar digno para oficiarle su muerte en paz. Lo que hay son tributos de escritores, luego de haberse despedido de ellas, o tal vez agradeciéndoles que estén vivas como el norteamericano Paul Auster.

En una exposición de Mario Vargas Llosa en la Casa Museo O’ Higgins, el Nobel peruano sacaba a luz un par de cartas escritas a máquina. Una, dirigida a Julio Cortázar, cuando acababa de publicar Rayuela y otra de Cortázar al peruano, cuando éste preparaba La Casa Verde. Al lado estaba su Olivetti, del mismo color del prostíbulo legendario. Algo similar había ocurrido con una exposición de Julio Ramón Ribeyro en la Casa de la Literatura, y otra con Blanca Varela y su poemario, Puerto Supe, escrito e impreso en estos tipos que horadan la clara textura del papel de oficio.

Aun la música sinfónica le ha reconocido su lugar en la cultura al pequeño artefacto que fue creación de la industria, fuente de trabajo de la empleocracia, sobre todo femenina, y herramienta para la creación literaria. En 1950 Leroy Anderson habrá de intentar la fusión entre la música sinfónica y la tecnología mecanográfica de entonces. Sirvió a su fijación como acontecimiento cultural un gag del comediante Jerry Lewis, tecleando en el aire, obedeciendo a esa campanita que se activaba cerca de la orilla marginal. Y a girar el rodillo: el enter de aquel entonces.

Como ocurre a Auster y Messer, a mi me sorprende y emociona este artefacto. En principio por William Faulkner, pipa entre los labios, en su casa de Oxford, en Misisipi, New Orleans; o por Ernest Hemingway, tecleando semidesnudo frente al mar de Cayo Hueso, en Cuba. Hay excepciones a la regla: Marcel Proust, escribió a mano su saga En busca del tiempo perdido.

Pero si el tributo angloparlante está hecho y las despedidas individuales de las letras hispanas están registradas (Vargas Llosa, Ribeyro, Varela), no conozco un reconocimiento a la máquina de escribir más equiparable al de Auster-Messer, que el discurso de Gabriel García Márquez del 2007.

40 años después de la publicación de Cien años de soledad, el colombiano volvió a describir en Cartagena de Indias, las peripecias de su original mecanografiado y siempre acribillado por sus correcciones a mano. Ante un auditorio feliz que le volvía a celebrar su proeza literaria, describirá sus 18 meses de clausura, y su tecleo sin pausa a dos dedos, para dar forma a la historia de los Buendía.

Recordará a «la inolvidable Pera», la mecanógrafa por excelencia ―la de Rulfo, Fuentes y Buñuel― y quien fuera su primera lectora visceral. Evocará su heroica reacción para rescatar el manuscrito, que se escapara de sus manos y que se desperdigara bajo una lluvia torrencial. Donde, lo que pudo ser el desastre definitivo, cedió paso al manuscrito devuelto a la vida con una secadora de cabello. Y, finalmente, volcado a las 700 páginas que habrían de enviar Gabriel y Mercedes, calculadas al peso, a Buenos Aires, sede de la Editorial Sudamericana, luego de otras peripecias.

La máquina de escribir con sus homenajes, libros, discursos, y gestos piadosos de despedida parece irremediablemente un artefacto del pasado. Pero no estoy tan seguro. La Editorial Planeta, sigue exigiendo una versión mecanografiada, a quien se inscriba en sus concursos. La inteligencia rusa, a fin de guardarse del hackeo de sus sistemas informáticos, protegerá para siempre en formato mecanográfico sus archivos secretos.

Más de una vez que hube llegado a lugares remotos donde no hay energía eléctrica―una playa, un retiro campestre, un viaje largo y clandestino―, he echado de menos la compañía del artefacto de las teclas trepidantes. A la vez que eficaz, la máquina de escribir es sólida y duradera. Y es fácil comprobar lo dicho por Paul Auster acerca de su máquina: Lo mejor de todo es que parecía indestructible.



No parece posible, además ―reflexiono ahora―, que la Tierra pueda seguir soportando un ritmo tan despiadado de renovación caprichosa regida por la novedad y la moda. Y que siga la dilapidación de lo ya creado, para sustituirlo por cosas que exceden la necesidad, mientras se oculta lo más urgente. Existe, por ejemplo, una maquinaria bélica suficiente para volar varias veces el planeta. Pero no existe la tecnología para detectar un incendio en ciernes y evitar que éste convierta en cenizas 100,000 hectáreas de bosques.

No fue pues solo el frío cálculo de la utilidad de un artefacto lo que me tentó sobremanera volver al tecleo mecánico. Pero volver al uso de un objeto, socialmente ignorado o desconocido, tampoco fue fácil. Nadie de la familia, por ejemplo, recordaba siquiera que existiese una máquina en casa. Neve, la más pequeña de la tribu, a quien consulté si sabía algo del bendito artefacto, abrió sus grandes ojos y encogió sus pequeños hombros, como si yo le hablara en una lengua extraña.

De pronto reparé en que mi Olivetti Lettera se había perdido para siempre en un asunto intrafamiliar espinoso. Pero también recordé que existía su sustituta. Y, poco a poco, sospeché que pudiera andar perdida entre los escombros de un almacén, donde se acumulan cosas que con el tiempo devienen objetos desaparecidos. Fui en pos de ella.

No sé cuanto duró esa búsqueda, si meses o años. Un buen día apareció entre esos escombros. Estaba pulcra e intacta, debajo de una caparazón cubierta por una capa de polvo. Examinándola, vi que sus tipos estaban pegados a su base de metal, y pegados entre sí. Los limpie uno a uno y se liberaron. Pero la cinta rotatoria lucia seca y concluí que era ya inservible.

En el jirón Paruro, debía haber alguna de estas cintas de repuesto, tal como había señalado el amigo de Emancipación. Cruzando el jirón Leticia, en dirección al Barrio Chino, entre tanto ruido vertiginoso, nuestros sentidos se distrajeron en un local de altos parlantes. Tocaba a Gustavo Cerati. Su voz y el sonido del grupo se me hizo reconocible, distintivo, aunque a mí no me gustó mucho Soda Stéreo. Tengo razones poderosas. Pero como si el sacudimiento de la muerte descubriera capas y significados que el desgaste cotidiano de los días no permitieran ver, aquella canción sonaba muy hondo:

Adorable puente
Se ha creado entre los dos

No recuerdo haberla escuchado antes. Había subestimado o ignorado a Soda. La muerte puede acentuar ciertas cosas, pero no las crea. Hubo un silencio. Se interrumpió la música porque alguien la compró. La búsqueda de la famosa cinta, encontraba resistencias e incidencias. Y terminó apareciendo algo mejor que aquella en una vereda.

Apostadas en el suelo de este jirón hirviente de compradores, al lado de una puerta de rejas, se avistaron varias máquinas, unas encima de otras. El vendedor debió haber medido y sopesado mi interés. Pronto dio precios y ofreció gangas. Y desde algún momento que hoy no recuerdo, empezamos a caminar hacia el interior de un edificio. Fue una travesía hacia abajo, hacia unos sótanos o catacumbas. Sonó una puerta metálica y luego una de madera y apareció un almacén donde decenas y aun cientos de máquinas lucían en orden y cuidado, como si se tratase de libros en una biblioteca. Les había sido reservado un lugar donde todavía podían reinar en silencio.

―Aquí están todas. Escoja. Todas están operativas, excepto las de arriba― Señaló casi hacia el cielo raso.

Había en verdad de todo. Recordé con sorpresa que había venido por una cinta, sólo cuando los tipos metálicos martillearon sobre un papel gastado y sobre la cinta rojo y negro de una Olivetti. Me trajo recuerdos.

El vendedor, dueño y almacenero vio mi impasibilidad y mi quietud. Saltó a una oferta por una máquina de grande rodillo. Es una planillera, me dijo. Salí del silencio y recordé que con esas se llenaban las Hojas de Planillas, en un tiempo donde tener derechos laborales era lo normal y natural. ¿Tanto hemos avanzado? Había varias Remington, altas y portentosas. De esas que poblaban las redacciones de La Prensa ―o cualquier diario―, o las oficinas de la Policía de Investigaciones, o la del FBI para registrar la manifestación de Al Capone.

Lo mío era Olivetti Lettera 32 por una razón entrañable. Su réplica o hermana parecía mirarme con su lomo metálico y su clásico verde esmeralda. Pero elegí una Olympia, y no sé exactamente por qué. Aquella colección de objetos que moran en este mundo paralelo, constituyó la tecnología de escritura hasta los 80. Olympia, una de las mejores marcas producidas en Europa, había sido creada en el campo socialista. En Alemania Oriental, para ser más exactos. En tiempos previos a la II Guerra Mundial, la compañía se mudó a Alemania Occidental. Debía ser una firma privada.

Hechura de la clase obrera europea, mi máquina de escribir esta otra vez aquí o de regreso a casa, aunque esta vez se llame Olympia. Creo que es de estas cosas que renacen o perviven como la bicicleta, las energías eólicas ―la de los molinos de viento―, los barcos a vela, o incluso la vela o el cirio. De aquellas que bien merecerían no los adjetivos vintage o retro sino el adjetivo, clásico.

No procederé a teclear siempre esta Olympia, pero hoy intentaré dar fuego al relato que me persigue. La máquina, que reposaba desde hacía casi dos años, desde que la compré y la probé con entusiasmo, parece haber hallado su momento, su tiempo propicio. (Volviendo a sacar las cuentas, veo que no han pasado dos sino cuatro años). Dos páginas sobre una historia inconclusa, acerca de una casa de juegos de azar, insisten por su prolongación. Mi espíritu luce tranquilo y claro. He pensado en un titulo: Casino Orange.

Mientras hago un lugar para la máquina sobre la mesa, al lado de la ventana de clara luz, vuelve a mis manos el libro de pintura. No sé de dónde salió. Reapareció en medio de esta caótica buhardilla que es a la vez mi laboratorio, biblioteca, cuarto, almacén y lugar permanente de objetos perdidos en un suburbio del puerto del Callao. Su grueso empastado despliega ahora sus claves ocultas. De momento, la carátula contiene lo mas obvio, es decir una máquina de escribir. Pero la vista empieza a detenerse con tranquilo asombro. Como si aguardara un desenlace que se hace previsible, mientras se dibuja con toda claridad un significado y un nombre. Y ahora, recién ahora, me doy perfecta cuenta de que voy a escribir en la misma máquina de Paúl Auster.

Entonces instalo las hojas y pulso con veneración el teclado de Olympia. Y siento que cada sonido, cada palabra y cada campanada que anuncia el fin de una línea de escritura, cuentan otra vez. Como antes.

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