Escribe: Alberto Manzanares
Domingo, 11 de Febrero del 2018
El monstruo de la bicicleta que hemos producido y que reproducimos cada día con nuestros silencios e indiferencias, no esquivó, sino que se interpuso en la vida de Jimena, camino a casa, para atropellarla y engañarla; para ultrajarla, asesinarla y quemarla.

UNO
Estamos y estaremos siempre con Jimena. Con la Jimena de la mochila de flores, triscar juvenil y despreocupado sobre una vereda sombreada, a las 10 de la mañana. Jimena trenzas al viento, de regreso a casa, perdiéndose en el horizonte de la toma de una cámara de seguridad.

La muerte atroz que preferiríamos mil veces no imaginar ha cubierto de tristeza profunda a las consciencias sanas. Ante la muerte de un ser querido, las caídas hondas de los Cristos del alma, casi nos invitan a morar con el abatido.

Sin que se tratase de un familiar, Jimena era no obstante nuestra niña. Es común, es humano ―no parece ser cultural― en las personas adultas dejar aflorar un sentimiento universal hacia los retoños. En su fragilidad primordial, nos pertenecen y nos conciernen. En su muerte desdichada, ella es con más razón nuestra Jimenita. Es ella misma, y lo que Jimena ahora y por siempre simboliza.

DOS
Es llamativo que haya quienes no se indignen o lo hagan bajo ciertas condiciones (No es el único caso, la ONG tal dice, las cifras son tales y cuales). Creen que la solución es esperar el Juicio Final, la previa Explicación Totalizante, El Desocultamiento Definitivo que otorgan la Data y otros pretextos.

Más de una vez creo haber protestado, y siento haber hecho poco, cuando un chofer de bus, escapa a toda velocidad de aquella juventud y niñez efervescentes y bulliciosas al salir felices del colegio. Ellos solo podrán pagar su Medio Pasaje. Habiendo sido burlados y abandonados en una esquina donde un cartel dice Paradero, nadie o casi nadie percibe el agravio. La serpiente ha clavado muy profundamente sus colmillos, la anestesia nos duerme; ahora el Reptil de 7 Cabezas empieza a devorarnos.

El monstruo de la bicicleta que hemos producido y que reproducimos cada día con nuestros silencios e indiferencias, no esquivó, sino que se interpuso en la vida de Jimena, camino a casa, para atropellarla y engañarla; para ultrajarla, asesinarla y quemarla.

¿Nadie vio que el sujeto ingresaba con una niña de 11 años, ya ultrajada, al departamento que su madre alquilaba? Los reportes periodísticos, no indican la hora en que fue llevada desde el descampado y el excusado destartalado y fatídico.

TRES
Destaquemos el valor de los padres para movilizarse en su búsqueda. Remarquemos la sabiduría para leer entre líneas en las respuestas policiales, en sus evasivas, en sus cinismos y mentiras, el rostro de la muerte («Si, si, ya está la orden de búsqueda»). No olvidemos NUNCA que la primera acción encubridora fue desaparecer la prueba fílmica de que la niña había estado en la comisaría. En eso sí tuvieron reflejos felinos. Y eran 150 efectivos los que no sabían nada, pero quizá saben mucho.

Esa actitud de los aparatos represivos, a través de miles, cientos de miles y millones de repeticiones cotidianas, es percibida por la gente de a pie y se va haciendo consciencia. Los gritos encaradores contra el cordón policial que impedía el inicio de la marcha Jimena Renace, el miércoles 7 de febrero, lo confirman.

Ellos, en cambio, son materia dispuesta para proteger a los bancos, para desplazarse a las punas a reprimir con odio fiero a campesinos inermes. Es desde esta institución donde el poder de fuego y la precisión militar de las bandas de asaltantes, han elevado el nivel letal del crimen en el Perú. Repásese quiénes las integran y de dónde obtienen su armamento.

No daremos cobertura a la frase hecha, para esta ocasión de La Huayrona: «Ah, fueron algunos malos policías», como si el cuerpo policial fuera apenas atacado por una gripe ocasional; y no fuera lo que es, una más de las instituciones podridas de cabeza a pies, ajena y opuesta por completo a las masas. Las excepciones, la de policías probos, que los hay, no hacen el verano.

Destaquemos la intrepidez indómita, para sortear el vacio y quizá la orilla de la culpa por parte de los padres de Jimena. El valor para romper barreras y encontrar pistas y pruebas; para descubrir, sin ser policías, la ruta del crimen y el rostro del asesino. Y para tener que enfrentar a la prensa, ávida de sangre y de portadas, curtida en llevar los casos mas dramáticos a la disolución, a la nada, hasta que otro crimen horrendo irrumpa y el circulo de hierro, se repita.

CUATRO
Se trata de una familia del sacrificado rubro de la panificación. Cometieron el error de llevar de Vacaciones Útiles, hacia lo que creyeron el más seguro de los lugares, la comisaria de La Huayrona.

¿Es una estación policial el lugar adecuado para este tipo de eventos? Una estación policial, es una infraestructura preparada para asuntos de seguridad, donde riesgos múltiples acechan. A la cual, por ejemplo, suele llevarse gente detenida in fraganti, a detenidos por asesinato; o donde concurre alguien, desesperado o agraviado, para realizar una denuncia grave. No es un lugar apto para niños. ¿A quién y con qué propósito se le ocurrió esa idea? ¿Está repitiéndose lo mismo en otros distritos de Lima o del interior del país? ¿Desde cuándo?

César Alva Mendoza, el asesino, era un desocupado voluntario, que había hallado, al amparo de una labor de informante o soplón, una perfecta cobertura para su acción de depredador sexual. La prensa calla detalles claves. Por ejemplo ¿Fue denunciado en esa misma comisaría por violación sexual? Y si no se hicieron ahí las denuncias, la policía emplea bases de datos, y tiene sus propias fuentes para saber quién es quién.

El asesino de Jimena, entraba y salía de la estación policial como de su casa. De manera que el lugar donde encargaron a su hija para estudiar artesanía (pedrería), era el centro de operaciones del asesino.

CINCO
Por eso no pasemos tan rápido la página. Es propio de este país enfermo llorar a moco tendido, plañir media hora, y volver al espectáculo obsceno, pertinaz y carnavalesco donde estas atrocidades, originadas en un sistema de cosas inhumano, se van alimentando.

Mercedez Aráoz apareció llorando y abrazando a la madre de Jimena. La madre de Jimena no sabe que abraza a una de las serpientes.

Aráoz había disertado sobre la anemia. Casi había identificando a los pobres con los violadores. Como si no existiese el Sodalicio, ni las denuncias que remecen a Hollywood rutilante. Y como si el hambrear y ser hambreado sea culpa del los pobres y no de quienes se ponen alhajas y trapos caros que, justamente, salen de los despojos de los despojados.

La Dama de Bagua ―«reconciliada» con las victimas a través de los oportunismos investidos de garantes― parecía la virgen de Fujimori, que llora sangre. Toda la prensa aceitada con el lubricante que sale de los despojos humanos: El Comercio, Trome, Peru 21, reprodujo el suceso. Y, en pocos minutos, los mecanismos de la manipulación de la red, la convirtieron en tendencia (mientras la noticia de la Corte Interamericana, las opiniones jurídicas contra el Indulto, desaparecieron, extrañamente, del primer plano).

Hubo incluso quienes, buscando salir del hoyo de la «ideología de género» ―en la que se metieron con Saavedra y Martens y luego arriaron tácticamente sus banderas―, afirmaban que el asunto se reduce a impulsar la «educación sexual», que los retrógrados supuestamente bloquearon. Coincidente con esta contraofensiva, aparecieron quienes llaman a potenciar la entrega de condones a chicos de 15 años. Hay que investigar, más bien, quienes están detrás de esto.



SEIS
Pero la dolorosa muerte de Jimena, ha intentado, sobre todo, ser usada para poner a las masas contra la Corte Interamericana de DDHH, que en breve rechazaría el Indulto a Fujimori. El asunto, así desplegado, ha alimentado diversas sospechas y las especulaciones.

Alan García, Gran Jefe de la Banda Aprista y sus sicarios políticos Mulder, Velásquez, vía Luciana León, cumplen su parte de la estrategia para salvar a Fujimori y Kukzynski, infiltrando ese movimiento de indignación para direccionarlo hacia otros fines. En el Perú, la Pena de Muerte está viciada, porque hay consciencia de que puede ser fácilmente usada contra la lucha popular.

Sin embargo, aquellos usos gansteriles del dolor humano ―que podrían tener también las huellas dactilares de la CIA, Montesinos y Gonzales Posada―, no pudieron opacar la candente lucha campesina por precios mejores para su producción de papa.

Y no pudieron, porque forman parte, en esencia, de la misma realidad y de la misma tragedia. Contienen el mismo grito de dolor, muy de dentro, de la dignidad mancillada y de la vida asesinada, ya no solo a los 11 años, sino en la cuna y contra la infancia, a través de las migajas lanzadas con desprecio, a pesar de que estos compatriotas, agricultores milenarios, suministran el alimento a nuestra mesa y elevan nuestros orgullos gastronómicos.

Creo haber escuchado en esas ardientes frases de una campesina pobre, muy pobre, bloqueando la pista con otros pobladores de su comunidad (encarando a la Policía, similar a la Marcha hacia el Palacio de Justicia), creo haber escuchado el mismo grito desgarrador de Jimena, luchando por su dignidad y por su vida.

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