Escribe: Alberto Manzanares
Domingo, 26 de Mayo del 2019
Si PPK era la puerta giratoria, Vizcarra es la cortina de humo. En un tris, “pechando” al Congreso, sacó de la agenda, la exigencia popular de anulación de los contratos OAS y Odebrecht. (vt).

UNO
La victoria de Susana Villarán sobre Lourdes Flores en el 2010, traía todavía el recuerdo de esa izquierda de Alfonso Barrantes. Aunque estaba vacía de la mística política y simbología de ese reformismo de antaño, siendo lo que era, Villarán aparecía infumable para quienes en el Perú siempre han evitado que algo se mueva.

Una derecha neoliberal, brutísima, la cubrió durante el ejercicio edil de todas las invectivas otrora fabricadas para el enemigo comunista de la época de Mac Carthy. Casi le prohibió levantar el puño.

Luego de la intensa campaña que debilitó a Villarán ante la opinión pública ―cuyo ariete fue Correo―, agentes vinculados a Castañera Lossio impulsaron la Revocatoria. Ese mismo día de la presentación oficial de tal pedido, Villarán puso en marcha el operativo de destrucción del mercado La Parada. Enviaba así, un claro mensaje de alineamiento y fidelidad hacia los de arriba, que deploraban de que esa chusma controlara el mercado limeño y no ellos.

Una muchachada reformista, apoltronada en las ONG, que ahora admiraba a sus representantes, no por haber participado en mayo del 68, o por haber purgado prisión en el Sepa, sino por haber militado en el FMI y el Banco Mundial, saltó a escena.

Desde esa "izquierda" ―antineoliberal en su retórica, pero que se cortaría un brazo por una beca en EE.UU― se decidió conservar a toda costa el poder, enfundándose el uniforme Robokop. Ahí están los Rey, Zegarra, y la de la férula fálica: Susel Paredes.

DOS
Tuvimos desde Viejo Topo, una controversia con don Cesar Lévano y Raúl Wiener ―ambos hoy ausentes―, sobre el tema de la Parada. Estos defendieron el operativo que, en dos años de represión y persecución, desapareció del mapa un mercado popular. Nosotros tomamos posición por las reivindicaciones del Mercado, sus trabajadores y lo defendimos.

Luego de haber convertido el mercado en fierros retorcidos y puestos humeantes, en tierra arrasada, Villarán intento usar a la viuda del juglar Lorenzo Palacios, Chacalón, diciéndole que iba a convertir el lugar en un Parque del Inmigrante. La viuda rechazó la idea, denunciando la acción que privaba de su trabajo a quienes su fallecido esposo había cantado.

Contra esa opinión, que ella y su cohorte jamás podrían entender, Villarán utilizó el operativo de La Parada como una de sus mayores banderas para tentar la reelección. Sus grandes paneles luminosos la pintaban como la firme Dama de Hierro y Caviar. Pues ella Sí se atreve.

El pueblo limeño, entonces la dio la espalda. Esta "izquierda" había tirado por la borda lo que le quedaba de conexión con el movimiento popular.

Cuando Villarán postuló junto a Urresti, quien venía manchado por la muerte de un periodista, remarcamos que estaba bien que la izquierda legal, pequeñoburguesa, deslinde con Villarán. Los artistas, que habían apoyado la No revocatoria (a quienes hoy se ataca sin freno), habían deslindado. Fue correcto.

Pero nos encargamos de insistir que el cambio de color de Villarán se produjo no con Urresti, sino con el conflicto de La Parada. Y les propusimos que hicieran un balance. Hasta hoy no lo han hecho.



TRES
Cabe ahora una recapitulación de los días de la Revocatoria y No Revocatoria. Ahí hubo hechos que fueron llamativos, pero no fuimos suficientemente acuciosos ni vigilantes. Don Luis Bedoya Reyes ―maestro de los enjuagues y las componendas―, por ejemplo, apareció haciendo trabajo de masas en los mercados, para que Villarán se quedara.

Las cosas se solapaban y confundían, pues a la vez que la No revocatoria ―sobre todo antes del asunto de La Parada― aparecía como algo justo; sin embargo, el que Villarán operara contra las masas y que junto a ello, asomaran los ventrudos empresarios nacionales y brasileños y sus sirvientes políticos, era de preocuparse.

Hacia 2014, lo que estaba claro era que los brasileños se habían apropiado de las grandes obras en Lima y que el diario La República, era su principal tambor de resonancia, su brazo mediático, su lavandería full time.

Los operadores de prensa que hoy llenan las hojas, espantados, de la mega corrupción de Lava Jato, eran los mismos que se llenaban el buche ―frase de Martha Meier, para el asunto de AG―, en las recepciones y cenas de gala, que los brasileños organizaban muy a menudo.

CUATRO
La pretendida reelección de Villarán, por tanto, nos concernía poco. Combatimos, por ejemplo, el sucio papel de comentaristas como Alberto Adrianzén, que señalaba al populus por haberle dado la espalda a Villarán. Deslizaba que quizá Aldito tuviera razón en aquello de que teníamos un electarado, puesto que un verdadero electorado habría reelegido a esta gran alcaldesa.

Si pues, el pueblo limeño no reeligió a Villarán, porque la conoció en el terreno de los hechos. Y en ese mismo terreno la han conocido cientos de miles de hombres del volante ―y ciudadanos de a pie―. Han sido lo que Villarán ha hecho de Lima, mano a mano con su odiado Castañera Lossio: Un lugar intransitable, con carriles enteros de propiedad de facto, de grandes empresas. Las mismas que han impuesto, además, al conductor-cobrador, que ralentiza el tránsito y ha enviado a la desocupación a miles de trabajadores.

Un abogado, especialista en asuntos de Transporte nos decía: «Villarán ha gobernado para los grandes empresarios de transporte. ¿No decía ser de izquierda? Izquierda, según entiendo, es estar por los más pobres».

Por lo demás, el tiempo ha probado que el nido de roedores, crisis sanitaria y pestilencia no era La Parada ―solicitamos a los jóvenes del periodismo que auditen los titulares y contenidos del diario UNO, en tiempos de Lévano y Wiener, que achacaban eso y más al referido mercado―, sino la gestión de Susana Villarán y sus secuaces.

CINCO
La embestida contra las izquierdas, a partir del affaire Villarán, es brutal. La tardía confesión y prisión preventiva ―bastante selectiva―han detonado los odios y revanchas. Una especial saña, orienta esos dardos contra artistas que apoyaron a Villarán. Ninguno de ellos podía suponer, creemos, que una aliada de convicciones sociales, estuviese atrapada en un torbellino de relativismos éticos, pactos y negocios.

Pero, por otra parte, ni Marisa Glave ni Indira Huilca, aclaran ni deslindan con vigor. Fernán Altuve, deja entrever que Glave no estaría en el juego negro de aporte de campaña a cambio de obras. Sin embargo, en debate con Víctor García Belaúnde, Glave, motu proprio, dijo: «(…) lo vi, directamente», refiriéndose a su directa participación re-negociadora en los contratos con OAS sobre la Línea Amarilla.

El tiempo y sus acontecimientos habían separado políticamente a Glave y Huilca de Villarán ― en todo caso, lo suponemos―, desde la candidatura de Urresti. Pero hay una forma muy clara de refrendar que Villarán y Glave-Huilca son dos cosas muy distintas: El qué hacer ahora con los peajes de OAS y Odebrecht.

Ambas personalidades y las izquierdas parlamentarias en general, no han sacado una consecuente conclusión del asunto. Esto es, que la ML debe anular los contratos, por ser lesivos, corruptos. Y porque, si se habla de lucha contra la corrupción, esta no puede quedar en los espectáculos de una justicia que no obliga a resarcir al corruptor, a que devuelva lo robado, y que no lo lleva a juicio.

Hoy, es Vitocho quien opina con razones en esa dirección de juicio, sanción y resarcimiento (el olfato fujimorista los ha llevado a encaramarse muy pronto). Por su voluntad de ir contra la corriente, su claridad y contundencia, él parece más bien un tribuno de izquierdas.

SEIS
Las izquierdas parlamentarias, son hoy un grupete de lerdos, esperando que su gran jefe, Martín Vizcarra, ―el gran «anticorrupto» con 48 juicios encima, con quien han votado por que el Parlamento renuncie al fuero de la inmunidad―, les indique el programa, la ruta y las consignas.

Pero a Vizcarra se le termina el tiempo. La jugada de enviar a prisión sólo a una parte del establishment político y empresarial, capturando el Ministerio Publico, e intentando hacer lo mismo con el Parlamento, con una prensa comprada ―para proteger a la otra parte y a sí mismo―, no ha salido completa. Contra su voluntad, todo este megaescándalo está terminando por abrir la Caja de Pandora, arrastrando consigo a todos, incluido el actual inquilino de Palacio.

El monstruo fujimorista―el Enemigo Publico Numero 1―no podía liquidarse (como piden a grito pelado incluso quienes fueron sus guardianes) de la forma en que se pretendió. Es decir, instrumentalizando a la fiscalía, la prensa y las encuestadoras. La salida política, apenas Martín Vizcarra ingresó a Palacio, debió ser, efectivamente, la de un estadista.

Esto es, debió omitir sus propias aspiraciones y cumplir el papel de gobierno transitorio como el que le cupo a Valentín Paniagua. Debió haber preparado el terreno, con reglas de juego más democráticas. E impulsando una lucha contra la corrupción, pareja e inapelable, debió convocar a Elecciones Generales anticipadas.

Eso, por cierto, no es lo mismo que cerrar el Congreso de la forma en que se vuelve a amenazar. Esto es, «pechar» porque no le aceptan su paquete de medidas, en cuyo centro y a rajatabla está que el Congreso renuncie a la inmunidad (primero, porque es inviable, dado que la mayoría es fujimorista; y segundo, porque no tiene ni pies ni cabeza). Y sólo porque al señor de los 48 juicios en la mochila, le preocupa subir en las encuestas y tapar el gigantesco robo de las Rutas de Lima, de la mano con Jorge Muñoz.

¿Qué corresponde?: Cierre del Congreso y Elecciones Generales (presidenciales y parlamentarias), ahora. Y, asimismo, incluir una opción de Referéndum para que el pueblo decida acerca de ir a una Nueva Constitución.

Pero, sobre la marcha cabe: Anulación de los contratos con OAS de las Rutas de Lima y peajes. Y, bajo ese mismo criterio, revisión de los contratos con Odebrecht incursos en los juicios, antes de que vendan sus acciones (o terminen de venderlas). Eso conlleva intervenir de inmediato sus bienes.

Ese pechar sí sería productivo y valiente, señor Vizcarra, Presidente accidental.

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