Escribe: Antonio Rengifo Balarezo
Viernes, 11 de Mayo del 2018
José Sabogal Wiesse, hijo del pintor José Sabogal. Conoció el Perú a pie aprovechando su trabajo en instituciones agrarias. Se compenetró con artesanos y campesinos cuestionando políticas y obras mal concebidas desde el Estado. Dirigió la revista Agronomía donde escribirían personajes como Eduardo Grillo Fernández y Antonio Díaz Martínez. Semblanza de una vida intensa y ejemplarizadora (VT).

Aunque vivía en Lima, Pepe, como lo llamábamos cariñosamente, siempre se consideraba que en Lima estaba de paso por los continuos viajes hacia el interior de nuestro país. Así lo corrobora el episodio que paso a relatar. Al comienzo del Gobierno del General Velasco encontré a Pepe en una antigua frutería de la calle General La Fuente del centro de Lima. Me sorprendió verlo porque a Pepe aún lo hacía en Polonia. Le pregunté desde cuando había regresado a Lima. Me respondió que no había venido a Lima, sino a Santiago de Cao. En Lima tan sólo estaba de paso. Para Pepe, indudablemente, Lima no era el Perú y el Perú “occidental y cristiano” tampoco era el Perú que le interesara.

José Rodolfo Sabogal Wiesse nació en Lima, el 12 de octubre de 1923. Sus padres fueron José Sabogal Diéguez, calificado por J.C. Mariátegui como el Primer pintor peruano y María Wiesse Romero, poetisa, escritora y ensayista; hija del historiador, diplomático y profesor de la Universidad de San Marcos Carlos Manuel Wiesse Portocarrero.

Cursó estudios primarios en el colegio alemán de Miraflores y los secundarios en el colegio anglo-peruano. En este colegio reveló precozmente su vena de escritor al fundar el periódico escolar. Poco después, y ya estudiante de la Escuela Nacional de Agricultura y Veterinaria, “La Molina”, continúa escribiendo; en octubre de 1944, “Agronomía”-la revista de dicha escuela- le publica: La materia orgánica en los suelos de nuestra costa ( ). En 1945 egresa como agrónomo.

A simple vista, José R. Sabogal agrónomo resulta sorprendente; tanto por ser hijo de artistas y cultivado con exquisitez, como porque –en esa época- los estudiantes de agronomía eran hijos de terratenientes preocupados en integrar el staff de las empresas azucareras o en elevar el rendimiento de sus propiedades ( ). También porque en la Escuela de Agricultura se difundía en la aplicación de técnicas foráneas para los cultivos de exportación de la costa, tan ajenas a los intereses de los campesinos e indios del país con quienes Sabogal se identificó plenamente.

Sin embargo, no resulta tan sorprendente Sabogal de agrónomo, cuando tenemos en cuenta el rasgo más característico de su personalidad: la fina sensibilidad de artista. Este rasgo lo supo consustanciar con la única parte del mundo rural donde era posible hacerlo en el Perú; es decir, con el campesino parcelario de las comunidades, campiñas y pequeños poblados. Para él, las relaciones con sus tierras, plantas y animales son personales y de convivencia. Entonces, siendo así, bien puede entenderse la vida y la manera de cultivar como un arte. Quizá por eso su padre alguna vez le dijo que “la agronomía puede también ser un arte”(3).

Recién egresado de la Escuela de Agricultura y Veterinaria, trabaja en la Negociación Azucarera Cartavio, una de las propiedades de la Grace, gigantesca empresa norteamericana. Aquí cualquier joven agrónomo hubiera colmado su aspiración y “asegurado su porvenir”; en cambio Sabogal penetró debajo de la ideología justificatoria del régimen de las plantaciones azucareras y se percató de la vida cuartelaria y deshumanizante de quienes llegan a convertirse en “carne de hacienda”.

Tampoco escapa a su aguda y fundamentada crítica, la sagrada ideología de la eficiencia técnica del cultivo de la caña de azúcar. Por último, dentro de su crítica global al régimen de plantación, se pone de parte de los campesinos en el conflicto latifundio versus comunidades o campiñas. En esta precoz toma de posición, debe haber tenido decisiva influencia un viaje que hiciera en su adolescencia a la campiña de Moche. Allí se le reveló directamente el mundo campesino y fue cogido por su “embrujo”. De ahí también data su rechazo a la penetración imperialista (4).

Sabogal no sólo mantuvo de por vida esta apreciación temprana de las plantaciones azucareras y de las comunidades o campiñas, sino que la fue enriqueciendo con sus futuras permanencias o “visitas”, como solía llamarlas. Y lo confirma pertinentemente el caso de la Comunidad de Santiago de Cao –vecina a la negociación azucarera Cartavio-, dado que muchos años después de haber conocido por primera vez dicha comunidad, Sabogal dirá de los Santiagueros:

“Ellos sintieron en carne propia el arrinconamiento, el despojo, la marginación de su propio pueblo por la hacienda aglo-americana vecina y todopoderosa. Los santiagueros vieron derrumbarse un mundo entero, un mundo que fue su mundo, con una inescrupulosidad y crueldad inauditas” (5).

Sabogal se resistió a devenir en “hombre de hacienda” a pesar de la posición que ocupa en la rígida jerarquización interna de la empresa azucarera. No la soportó ni lo soportaron. Lógicamente trabajó poco tiempo: menos de un año. La ubicación asumida lo llevó y lo llevará, a estar en oposición al ambiente dominante, adoptando –también- una estrategia campesina o india. Posición que se reforzó rápidamente en la región Huanca.

A partir de 1947 encontramos a Sabogal en el valle del Mantaro, uno de los más hermosos valles interandinos y en donde no existen latifundios. Ahí trabaja en la sucursal de Huancayo del Banco Agrícola; primero como perito y luego como co-administrador.

En el año 1948 visitó por primera vez al eximio retablista huamangino don Joaquín López Antay en su taller de la calle “Cinco esquinas”(6).

Sabogal infatigable caminante, debe haber visitado todos los pueblos y comunidades de la extensa jurisdicción del Banco. Entre estas comunidades, la comunidad de Pucará ha tenido la cualidad de llamar especialmente la atención de Sabogal; quien en diferentes períodos de su vida, le ha dedicado varios artículos que constituyen un verdadero seguimiento. De esa época data su amplio conocimiento de la Sierra Central.

Fue testigo de excepción al observar la evolución de las comunidades desde cuando aún conservaban sus características tradicionales, sin los programas de promoción social introducidos por agencias foráneas, al inicio de la penetración agresiva del capitalismo comercial del llamado proceso de “modernización”; lo que, posteriormente, le ha permitido hacer agudas observaciones y críticas.

En 1952, poco antes de dejar el Banco Agrícola y partir hacia el extranjero, Sabogal sustentó su tesis para optar el grado de Ingeniero Agrónomo. Desde su aspecto externo esa tesis ya es singular, pues está primorosamente recubierta con un pergamino y ostenta una cantuta dibujada por su padre, al igual que la caligrafía del título “Estudio agrícola económico del departamento de Huancavelica” .

Por esa época los egresados de la Escuela hacían sus tesis sobre los cultivos de exportación de la costa, y en términos estrictamente agronómicos. Desde esa perspectiva, ocuparse de Huancavelica –tierra de gamonales, de indios siervos y de indios comuneros pauperizados- resultaba una actitud “disparatada”; aunque en realidad sea subversora. Su carácter refractario al seguimiento de las normas establecidas se evidencia hasta en el hecho de presentar su tesis recién a los siete años de haber egresado.

Esos años juveniles bien vividos en el maravillosos ambiente de la sierra central y la influencia del seno familiar, en especial la poderosas influencia de su padre, contribuyen a explicar –para quien sigue la trayectoria de su vida- el fenómeno de estar ante un hombre sin evolución, un hombre ya hecho; es decir, encontrarse ante un hombre cuyas experiencias futuras sólo van a reforzar o retocar esas concepciones primigenias. Así es corroborado por el mismo Sabogal treinta y tantos años después, al responder a una entrevista periodística:

-¿A qué se debe digamos la “atracción al mundo indígena”, acaso tu padre, el artista José Sabogal tuvo que ver algo al respecto? -Yo creo que todo hombre necesita un sentido de pertenencia y uno se adscribe o cae dentro de una determinada ideología por diversas circunstancias de la vida. Por un lado, la educación que tuve en mi casa con mi padre puede ser una base. A esto agréguele que en mi primera juventud tuve ocasión de vivir seis años en el valle del Mantaro, cuando estaba más apartado de Lima. Ese mundo campesino, Huanca, me enseñó su agricultura, su música, su comida, en fin, todo un vivir (7).

Desde fines de 1952 y durante todo el año 1953 hace estudios de post-grado en los institutos de Colonización Agrícola de Florencia (Italia) y de Israel. Al retornar al Perú vuelve a Huancayo. Esta vez trabaja en el Departamento de Estudios Económicos del Servicios Cooperativo Interamericano de Fomento, Irrigación y Obras Públicas (SIFC) del Ministerio de Fomento, trabajaba en el Departamento de Estudios Económicos.

En 1958 contrae matrimonio con Josefa Dunin-Borkowsky; por este período también se inicia como colaborador de la antigua revista La Vida Agrícola ; posteriormente, a fines de 1959, obtiene una beca otorgada por la Unión Panamericana y patrocinado por el Instituto Indigenista Interamericano de México para estudiar el “Desarrollo de las comunidades indígenas”.

En México permaneció trece meses. Fue uno de los primeros visitantes extranjeros de Peto, Yucatán, en donde se aplicaba un programa para el desarrollo de los indígenas mayas.

Durante su estadía en México desplegó intensas actividades, visitando ochentaidós aldeas de menos de dos mil habitantes y estuvo en contacto con los siguientes siete grupos indígenas: Mayas, Tzeltales, Tzoltziles, Zapotecas, Tahonas, Otomies y Tarascos.

Al retornar de México es entrevistado por la revista “Mensajero Agrícola”. Ahí relata sus experiencias y emite algunos juicios; entre ellos citamos el siguiente:

“Para lograr el ansiado desarrollo económico es indispensable la formación de una ciencia y técnica indígenas. Y la gente a cargo de la promoción necesita ayudad y estabilidad para formarse y meditar, pues a la larga, la experiencia enseña también que tanto los sabios como los charlatanes de los países extranjeros, terminan retornando a los países de origen. En muy pocos casos queda una escuela, algunas veces obras materiales pero generalmente se llevan las divisas acumuladas”.

El retorno de Sabogal coincida con el auge de los movimientos campesinos y con la efervescencia de la juventud universitaria influida por el triunfo de la Revolución Cubana. La situación social peruana está tan conmocionada que hasta los partidos políticos conservadores balbucean en su programa la Reforma Agraria. En 1961, el Gobierno crea el Instituto de Reforma Agraria y Colonización y allí va Sabogal a trabajar. En ese mismo año sale publicado uno de sus extraordinarios artículos, en el que plasma las vivencias obtenidas de sus estadías en comunidades y pueblos de la sierra. Sobre esas vivencias emite sus juicios, advirtiendo la direccionalidad de las acciones de las burocracias nacionales e internacionales que dicen contribuir al desarrollo de los indios y formula una recomendación prioritaria:

“…si se pretende honestamente el progreso de estos grupos humanos, es preciso un cambio en el poderío. Las clases dirigentes están empeñadas ante todo en el mantenimiento de sus escuálidos privilegios como cabeza de ratón de un villorrio miserable, por cualquier medio. Y esta transformación se logrará en la mayor parte de los casos con una reforma agraria, como cuestión previa” (8).

A la par que Sabogal trabaja en el Instituto de Reforma Agraria, dicta charlas “semiclandestinas” sobre reforma agraria a los estudiantes de la Universidad Nacional Agraria “La Molina”. Entre esos estudiantes se encontraba Ricardo Letts Colmenares, quien presenta una de las primeras tesis universitarias sobre reforma agraria.

Cuando todavía lo toleraban en el Instituto de Reforma Agraria y Colonización, participó en la elaboración de informe Relaciones entre la tenencia de la tierra y el desarrollo socio-económico de la agricultura peruana ; el cual fue patrocinado por el Centro Interamericano de Desarrollo Agrícola (CIDA) y el Instituto de Reforma Agraria y Colonización (IRAC). Este informe fue muy valioso; sin embargo, las autoridades del gobierno peruano lo consideraron subversivo, razón suficiente para que circulara en forma restringida. Ahora constituye una rareza bibliográfica.

En otra publicación, y aunque con ciertos prolegómenos precautorios, Sabogal formula su caracterización de reforma agraria con nitidez y radicalidad:

“Entendemos la reforma agraria como un proceso que se inicia necesariamente con la distribución de las tierras labrantías (y no aquellas baldías de los latifundios o fiscales) de una manera masiva, drástica y rápida (además confiscatoria) (9)”

Es indudable que entre la concepción de reforma agraria del Gobierno y la de Sabogal no había afinidad, tal como acabamos de evidenciar en su artículo sobre reforma agraria publicado en la revista Ideas en 1963. De ello era tan consciente que cuando algún amigo le preguntaba si trabajaba en el Instituto de Reforma Agraria: él, irónicamente, respondía: “No, yo me gano la vida en una institución a la que llaman de Reforma Agraria” (10).

El año de 1963, coincidiendo con el clímax de los movimientos campesinos, fue uno de los más fecundos de Sabogal. En ese año dio inicio a la revista “Economía y Agricultura” y aglutinó a su alrededor a numerosos jóvenes; entre ellos a varios agrónomos interesados en los problemas sociales; entre ellos Eduardo Grillo Fernández y Antonio Díaz Martínez . Por último, dejó el Instituto de Reforma Agraria y Colonización y se enroló en Cooperación Popular, flamante institución gubernamental de desarrollo comunal.

En Cooperación popular adiestró a innumerables jóvenes citadinos para el trabajo en el campo, mediante clases y sobre todo, dado el ejemplo en el mismo campo. Así como Mao recomendaba, para conducirse con los campesinos y conocer su realidad: “despojarse de toda apestosa presunción y ser de buen grado un modesto alumno” (11) También Sabogal recomendaba lo mismo en Cooperación Popular.

Cooperación Popular, con el entusiasmo de jóvenes profesionales y de estudiantes universitarios, cobró gran dinamismo en los años 1963-64. Acción Popular, partido gobernante, tuvo la posibilidad de convertirse –a través de Cooperación Popular- en un partido con predominancia campesina, pero todos los partidos políticos e incluso el mismo sector hegemónico de Acción Popular lo impidieron. Poco después, pasada la tormenta en la Institución, Sabogal se retira de Cooperación Popular. A partir de 1964 viaja anualmente a Ayacucho para dictar el curso de Desarrollo de la Comunidad. La Universidad Nacional San Cristóbal de Huamanga lo tiene como profesor visitante.

En 1965 ya empieza a dar sus frutos en el Perú la aplicación de la política exterior de los E.E.U.U. llamada “Alianza para el Progreso”. Esta política de “ayuda” tenía como objetivo salvaguardar los intereses nacionales de E.E.U.U., contrarrestar los movimientos campesinos y la influencia de la Revolución Cubana en América Latina; en otras palabras, ganar tiempo para frustrar las fuerzas empeñadas en llevar a cabo un cambio violento. Algunos de los instrumentos de esa política fueron “Los Cuerpos de Paz” y la promoción de las “artesanías”. La donación de “alimentos para la paz” sirvió –entre otros fines- para lograr que los comuneros pauperizados asistan a las clases de “capacitación artesanal”. En estas clases los jóvenes norteamericanos denominados “voluntarios del Cuerpo de Paz” o algún sucedáneo nacional, efectuaban la introducción de los modelos y colores de los objetos hechos a mano que tendrían aceptación en el mercado norteamericano.

Años después, Sabogal criticará ese intento de extirpar la auténtica artesanía, es decir, la que configura la identidad nacional. A la artesanía promovida en el marco de la “Alianza para el Progreso” o por otros agentes foráneos, la denominará SACHA-ARTESANÍAS.

A la par que el boom de la exportación de “artesanía”, en 1965 también se da el boom de la sociología en América Latina y por supuesto, también en el Perú, por esa fecha, Sabogal está de profesor en la Universidad Nacional Agraria “La Molina”. Dicta los cursos de Introducción a la Sociología y Etnografía de las Comunidades Indígenas. A Sabogal le cuesta soportar la vida académica y las muchas intrigas universitarias so capa de revolucionarismo. Los estudiantes de izquierda aspiraban a ser grandes ideólogos marxistas debido –entre otras- a la influencia de un profesor de sociología que fungía como tal.

Sabogal, se encontraba entre dos corrientes que no tomaban en cuenta la realidad concreta: el ideologismo “comunista” y el empirismo abstracto o formalista del capitalismo. Él no se expresaba a través de definiciones conceptuales u operacionales ni con categorías abstractas. Sus ideas se aprecian a la luz de un contexto particular, en un conjunto particular de circunstancias. Esto es plausible, porque se puede decir más acerca de las ideas abstractas generales en términos de personajes y situaciones concretas, ya sean noveladas o reales, que lo que se puede decir en término puramente abstractos (12).

En esa época, uno de los profesores de la Facultad de Ciencias Humanas –intelectual, por cierto – se ufanaba de decir: “Yo lo he puesto entre la espada y la pared para que defina qué es una comunidad indígena y no me ha podido responder…” En verdad, Sabogal no tenía cabida y solamente era aceptado con cierta condescendencia, a pesar de conocer mejor que nadie la realidad campesina. Él no era un ideólogo, ni tampoco era un intelectual; sino algo más que eso: encarnaba la ideología campesina. De lo que sí tenía plena consciencia era de la completa ignorancia que tenían los autores de las corrientes predominantes en la ciencia social de ese entonces, sobre la realidad nacional. Otro de su aciertos fue el de preservarse de las disputas al interior de la universidad y realizar algunas investigaciones concretas.

En ellas, tuvo especial predilección por estudiar el cultivo del maíz, tanto en las comunidades de la costa como de la sierra. Su predilección por esa especie autóctona se ha debido, como bien se percató Sabogal, por el aprovechamiento íntegro y bajo diversas formas, que de ella realizan los indios o campesinos; lo que redunda en la preservación de su autosuficiencia e independencia económica. Así es corroborado por el escritor apurimeño Manuel Robles en su novela Sara Cosecha (La cosecha del maíz). En ella escribe: “El maíz es el alma, el primordial sustento, apoyo sempiterno de los indios en su lucha por la vida” . En ese sentido, Sabogal estudió a las comunidades de Chacán, en el Cuzco y de Santiago de Cao, cerca de Trujillo.

En esa época, cuando los sociólogos académicos se pavoneaban entre las carpetas de un salón de clase o cuando encandilaban a las audiencias juveniles con disertaciones ideológicas masturbatorias, Sabogal –en diciembre de 1966- se fue a empolvar a Santiago de Cao. Era la segunda vez; la primera, como se recordará fue en 1946 cuando recién egresado trabajó en Cartavio.

Se adentró tanto en Santiago de Cao que llegó a constituir para él, lo que fue Macondo para el novelista Gabriel García; tal es así que hasta escribió un artículo titulado: Realidad y ficción (?) en Macondo y Santiago de Cao . A partir de Santiago de Cao amplió sus conocimientos y confirmó su proposición sobre las plantaciones azucareras del valle de Chicama, en especial sobre Cartavio. Estando en Varsovia en 1973, reunió sus artículos periodísticos y los organizó en forma de libro con la intención de publicarlos bajo el título: Del valle y mi pueblo (Problemática Latifundio-Comunidad en el valle de Chicama). Ahí, a manera de presentación y con un título muy sugerente: de cómo nació este libro , explica que llegó a Santiago por diversos motivos estrictamente personales; sin la intención de escribir un libro. Y que los meros santiagueros lo fueron inmergiendo en su propia “malla”.

De esa explicación vivencial –a manera de presentación- transcribiré extensamente las limitaciones que impone la “universidad” (comillas puestas por Sabogal) a los investigadores que se ponen de parte de los campesinos y, por consiguiente, a la misma metodología de la investigación. He aquí Sabogal mismo:

“A veces conversaba con profesores universitarios apodícticos que habían tenido tiempo de pasar meses en pequeños poblados rurales franceses o del Medio Oeste de los EE.UU. pero nunca en aldeas peruanas. Estos me cuestionaron mis viajes algunas veces y mi permanencia en lo que con el correr de los meses me atrevía a llamar “mi” pueblo. Me explicaban sesudamente, con argumentos irrebatibles, cómo es que debería escogerse un pueblo peruano para estudiarlo. Había que hacer una selección al azar y después caer como de otro planeta en un “pueblo olvidado”. Todo esto debería concordar con los grandiosos planes del Instituto Nacional de Planificación, y con lo que quisiera hacer la mayoría parlamentaria. Es decir, que como cuestión previa a mi instalación en Santiago De Cao, debería actuar dentro de la racionalidad (llamémosla así) política en vigencia y no dispararme. Es decir, pedirle permiso a los apristas y a los “arquitectos” (13). Todo ello por conducto regular y a través de canales de la administración pública estereotipados, es decir a través de la mera “universidad” donde estaban peleando el tercio estudiantil con los profesores reaccionarios, lucha que continúa con altas y bajas siete años más tarde. Es decir esperar y esperar una coyuntura favorable”.

Felizmente, para todos nosotros, Sabogal –con su estrategia campesina- pudo sortear las limitaciones de un medio adverso. De esa época, y con Santiago de Cao, da inicio a su nueva inquietud: registrar los relatos populares o –cómo él la llamaba- la narrativa épica popular. La profusión de las transcripciones y publicaciones de Santiago de Cao es sorprendente. Sabogal también las organizó en forma de libro con la intención de publicarlas.

Aunque está en Malabrigo, cerca de Santiago de Cao, Sabogal también se da tiempo para despacharse con una hermosa y rotunda presentación al libro de Antonio Díaz Martínez, AYACUCHO hambre y esperanza (14). Esa presentación que, felizmente no lleva el rótulo de tal, ni de prólogo, sino: “Ayacucho y sus campos”, está fechada en Septiembre de 1968. En este contexto la afinidad de ambos es nítida, basta simplemente leer el libro. La relación amistosa debe haberse establecido cinco años atrás por lo menos, ya que Sabogal dirigió “Economía y Agricultura” en septiembre de 1963 y Antonio Díaz Martínez figuraba entre los tres redactores. La afinidad de ambos se pone de manifiesto en varios aspectos; entre ellos la manera de hacer un libro o un estudio:

“… Él ha vivido todo lo escrito, por lo tanto sus apreciaciones de primera mano, son como la vida, inesperadas, y no responde al propósito de demostrar una hipótesis. Las vivencias van anotándose y formando un conjunto del que resulta un libro, que hilvana un relato. El descubrimiento incesante, la cosmogonía que todavía sitúa el centro del mundo en Ayacucho, revelan al lector rasgos increíbles. Y estos constituyen una crónica que nos dice cómo es el Perú real. Lo cual no apoya ninguna teoría de algún profesor famosísimo de la Sorbona, ni refuerza los parámetros obtenidos entre los interminables maizales de Iowa”

En su auspiciosa invitación a AYACUCHO hambre y esperanza, se revela el profundo conocimiento de Sabogal, sobre todo, cuando la insurgencia persiste y se ha extendido fuera de la cuidad donde se originó; pues resulta evidente la certeza profética de aquella apreciación:

“… lo importante de esta ciudad es mostrarse eternamente dialéctica. Es allí donde se funden razas y culturas, y ocurren los acontecimientos inesperados de la historia. Los científicos sociales más cuidadosos, los estrategas más precavidos en cautelar el orden caduco, resultan siempre sorprendidos. Huamanga es como la vida, impredecible y a veces catastrófica para los que detentan el poder”.

A fines de 1968 deja la docencia en la Universidad Agraria y viaja a Gotinga, República Federal Alemana, en calidad de profesor visitante de la Universidad Georgio-Agustiniana; allí aprovecha su tiempo para sistematizar sus notas y artículos sobre Santiago de Cao y continuará hasta el siguiente año. En 1969, participa en el V Congreso Mundial de Folklore realizado en Bucarest.

Cuando en su patria el ejército y las demás fuerzas armadas encabezadas por el general Velasco capturan el poder e inician una serie de reformas institucionales, entre ellas la reforma agraria, Sabogal se encuentra en la Academia de Ciencias de la República Popular de Polonia estudiando sociología. Polonia no sólo debe haber tenido especial significación para Sabogal por ser el lugar de nacimiento de su esposa; sino por ser el país socialista en donde la pequeña propiedad campesina está más extendida. Y, además, no se debe olvidar que ahí el cultivo de la sociología es de antigua data, pues una de las obras clásicas de la sociología es El campesino polaco en Europa y en Estados Unidos de Florian Znaniecki en coautoría con el norteamericano William I. Thomas (cinco volúmenes, 1918 – 1921). En la actualidad, Polonia es una especie de puente entre la influencia socialista rusa y la capitalista yanqui con la consiguiente lucha pertinaz por conservar su identidad nacional. Desde Polonia vino algunas veces al Perú para acarrear material y elaborar su tesis.

A principios de 1970, estando ya en la Academia de Ciencias de Polonia, me envía un artículo, El mundo de ayer y sus transformaciones, para la revista CAMPESINO de Lima; allí es anunciado como un capítulo de la obra en preparación “Campesinos de Oasis de la Costa” . Esta sencilla revista que publicaba a mimeógrafo, recibió además de sus colaboraciones, el aliento de Sabogal. En el artículo mencionado, resulta sorprendente que empiece –a manera de un epígrafe- transcribiendo un fragmento del capítulo XXIV de El Capital de Marx: “(…) la expropiación de los productores directos se lleva a cabo con el más despiadado vandalismo y bajo acicate de las pasiones más infames, ruines, mezquinas y odiosas” . A reglón seguido da una explicación informativa:

“Esto lo escribe Carlos Marx en Hamburgo en 1867. Es el sumario de este escrito que intenta transcribir la historia oral de la concentración de la propiedad rústica en la costa norte, tal como la vieron y sufrieron los dueños de casa (…). El objetivo principal del artículo es agregar un documento más de esta historia, que fuimos obligados a murmurar como secreto a voces durante muchísimos años.”

También, respecto a la Sierra, revela la realidad con el mismo lenguaje directo y tajante: “La creación de toda hacienda en los Andes es una historia de imposición, de violencias institucionalizadas y silencio atronador” (15)

En Varsovia, el 1º de septiembre de 1971 termina de escribir un comentario al libro Dottore in Cina de J.S. Horn, Longanesi & Co., Milano 1971, traducido por G. Zucchetti. Comentario que es enviado a la revista CAMPESINO de Lima. Su arraigo en Perú es tan fuerte que lo toma como base de comparación estando en Europa y leyendo un libro sobre la realidad China, apreciamos:

“Ellos, los campesinos, nos refieren a través del doctor J.S. Horn de la opresión y miseria que vivieron bajo el gobierno de Chiang Kay Sek y con los conquistadores japoneses. Repetidamente narran de la miseria en que vivieron, del agio al que estaban expuestos y cómo los labrantíos, y aun los baldíos eran un bien limitado a unos poquísimos privilegiados. Leerlos me parece regresar al Callejón de Huaylas que nos proveyeron de mucha, pero muchísima mano de obra barata y de parlamentarios demócratas. O a los fundos de Huamanga, también evocados miserables, con “gente propia” (16) en harapos.


Es muy probable que la estadía en la República Popular de Polonia y los ecos de las reformas emprendidas en sus inicios por el Gobierno de las FF.AA. lo hayan entonado, tal como lo hemos podido apreciar en las transcripciones que acabamos de presentar. Y a las que añadiremos una más, puesto que llega a decir en una formulación redonda: “precisamos de investigadores no solamente curiosos, sino sediciosos”.

El año 1973 terminó de escribir en polaco Las transformaciones ocurridas en los oasis de la costa norte del Perú tesis para optar el título de sociólogo. La costa norte a diferencia de la sur, tuvo la predilección de Sabogal, tal vez haya sido por ser mayor la riqueza artesanal, folklórica y por los remanentes de las culturas precolombinas. En las tesis referidas es notable, dentro de su enfoque totalizador, el relieve del aspecto ecológico.

A Sabogal no le interesaban los títulos, o mucho menos las personas que ostentaban títulos. Su actitud incluso en las aulas nunca fue profesoral. Al transmitir verbalmente conocimientos, lo hacía en forma narrativa, testimonial, en un lenguaje coloquial. Entones ¿a qué viene lo de optar el título de sociólogo? Tal vez se haya debido a una concesión de Sabogal a las ínfulas de los “cientistas” sociales y al efecto de una cierta segregación “académica” en la Universidad Agraria.

Mientras trataba de lograr la oportunidad de un empleo en el Perú, y ya flamante sociólogo, estuvo sólo tres meses en Chile de consultor de la FAO ante el gobierno del presidente Allende. Trabajó en el Instituto de Investigaciones Campesinas y de Reforma Agraria (ICIRA), organismo dirigido por Solon Barraclaugh con quien había trabajado en el Informe CIDA-IRAC sobre la tenencia de la tierra en el Perú. Estando en Santiago de Chile, lugar de concentración de sedes de organismos internacionales, se le presenta la oferta tentadora de un contrato por tres años para Honduras, como consultor. Pero no la acepta, tanto por estar en desacuerdo con ese tipo de trabajos como por no desarraigar del Perú a sus hijas. Prefiere gustosamente aprovechar la oportunidad que se le ofrece en el Perú de hacer un estudio de ámbito nacional sobre artesanías y el folklore. Gana poco dinero pero sus hijas tienen patria.

Retorna al Perú en 1974 y, el 22 de abril, a través del Sistema Nacional de Apoyo a la Movilización Social (SINAMOS), empieza el estudio con un grupo de jóvenes profesionales y parte por hallar amistades o reencontrarse con las antiguas y, a la vez, registrar las manifestaciones culturales del pueblo. Concluido el estudio, el SINAMOS publica cuatro volúmenes a mimeógrafo bajo el título: Estudio socio-económico del ámbito cultural del Perú. Ahí hace una invocación que bien pudiera convertirse en lineamiento de política de un gobierno popular: “mantener la espontaneidad y autenticidad de las manifestaciones artísticas, no dirigirlas, ni mejorarlas, ayudar a los artesanos a lo que promueven y organicen”.

A simple vista, esas proposiciones parecen demasiado elásticas o simples; sin embargo, parten de un profundo conocimiento de la naturaleza artesanal. Sabogal y el artista Félix Oliva les consultaron a los artesanos de Simbilá sobre sus necesidades. Ellos les manifestaron que el acarreo constante de agua desde un lugar distante constituía un gran problema para la elaboración de la cerámica. Entonces, por gestiones de Sabogal y Oliva se construyó un reservorio de agua (17).

Aunque su iniciación en la temática artesanal fuera relativamente tardía, -en el segundo semestre de 1974 empieza a escribir insistentemente sobre esa temática- su concepción ya es madura y definida, puesto que desde niño estuvo familiarizado con los objetos artesanales, los estudios sobre arte popular y las pinturas de su padre.

Concluido el estudio en el SINAMOS pasó a la Oficina de Asesoría del Centro Nacional de la Capacitación e Investigación para la Reforma Agraria (CENCIRA). De aquí fue solicitada su reasignación por la –recién creada- Dirección General de Artesanías del Ministerio de Industrias; a donde ingresa a trabajar el 1º de julio de 1975.

José Sabogal Wiesse ha sido quien primigeniamente vislumbrara la cuestión artesanal y trata de encuadrarla. Prueba de ello es la exposición que hiciera en la Empresa Peruana de Promoción Artesanal (18) (EPPA-PERU) en febrero de 1979 sobre el tema “lo que son artesanías”. Ahí se apoyó en varios ejemplos; ente ellos, el que tituló: “El avispado burócrata internacional”, y que consignamos a continuación:
“Nada más ilustrativo al respecto que la chispeante conferencia en Lima de un economista colombiano invitado (pagado) por NN.UU. A fines de 1977 nos dijo en A.D.E.X. (Asociación de Exportadores del Perú), de manera amena, que había logrado un contrato millonario en Italia para que los cesteros colombianos fabriquen hermosas y baratas canastas italianas meridionales. Aseveró que no se había preocupado de conservar modelos tradicionales, ‘pero si había creado trabajo para mano de obra ociosa’. Además, continuó ‘había traído divisas extranjeras’ a su país. Y sugeríanos seguir su ejemplo, puesto en práctica cuando trabajaba en un organismo nacional de mercadeo artesanal. De haberlo escuchado José María Arguedas –a más de escritor, estudioso del arte vernáculo- se hubiera revuelto en su tumba”.

En este caso, tampoco deben ser consideradas como artesanías las canastas típicas del sur de Italia tejidas por cesteros colombianos. La artesanía es creada con diseños orientados por las pautas culturales del lugar donde reside el artesano y sus clientes; que, por lo demás, son pautas comunes para ambos . El uso específico del objeto artesanal por el cliente, también, está determinado por esas mismas pautas culturales. Hay tal singularidad en el objeto artesanal que hasta puede ser identificado el artesano que lo elaboró y de no ser así, por lo menos se identifica al pueblo o zona en donde fue elaborado.

En su nuevo trabajo algunos funcionarios le muestran cierta consideración por sus conocimientos, no se meten con él y lo dejan suelto, lo cual es muy valioso en la Administración Pública; sobre todo para las personas con altos ideales como Sabogal.

Por eso y por el temor de perder en cualquier momento tal ocasión, desplegaba gran actividad y parecía que quería ganar tiempo. Se le veía escribiendo infatigablemente, ordenando papeles y notas, corrigiendo sus borradores, clasificando sus fotografías, redactando innumerables cartas, “capturando” a los artesanos que acudían a la oficina, programando sus viajes de estudio, despertando vocaciones e inquietudes en jóvenes compañeros de trabajo, atendiendo a algunos visitantes que sabían de su valor; en fin… se podría seguir enumerando sus múltiples actividades; pero ya es suficiente.

No se vaya a creer, por lo recientemente dicho, que Sabogal realizaba sus múltiples actividades bajo febril apuro; todo lo contrario, trabajaba bajo parsimoniosa eficiencia cuyo basamento fue su constancia implacable. Prueba de ello son sus obras. Pero para quienes ya están totalmente incapacitados para distinguir lo aparente de lo real, como es el caso de algunos empleados públicos que trabajaron a su lado, Sabogal fue tildado de ocioso. Opinión que es, inequívocamente, síntoma de un cuadro patológico de mediocridad burocrática.

Entre las múltiples actividades que desplegaba Sabogal tan sólo se han mencionado las que efectuaba en el escritorio en el recinto de la oficina pero no la que para él era la más importante y que –por añadidura- lo revitalizaba; esa actividad fue el viaje continuo sólo interrumpido por el plazo taxativo del retorno a la oficina ministerial.

Los viajes frecuentes de Sabogal no sólo son importantes por su número; sino, sobre todo porque privilegian la investigación directa y de primera mano. Tampoco está ausente de ello, la consciencia de estar en una carrera contra el tiempo en la recolección del material que le interesa rescatar. En notas diarias de “trabajo de campo” registra sus observaciones y vivencias; así como también la información que le proporciona –mayormente- la gente sencilla e iletrada de los pueblecitos. Con ellos establece una relación de amistad, comparte su mundo cultural, es uno de ellos; así lo sienten y es por eso que se han brindado generosamente.

De ahí que Sabogal únicamente daba rienda suelta a su espíritu festivo en los mismos lugares donde aún el pueblo, colectivamente, se expansiona espontáneamente y con libertad y en donde se “sueltan los demonios encadenados” , como él mismo decía. Por eso, también conocía los lugares más recónditos del país en donde las comidas y bebidas típicas conservan su genuina exquisitez y, además, sabía qué personas las preparaban mejor.

Sabogal fue un excelente catador y un bailarín donoso, bailaba desde una marinera con fuga de tondero en la campiña de Moche, hasta un Santiago en el valle del Mantaro. Sin embargo para quienes sólo lo conocieron ocasional y superficialmente, en reuniones sociales burocráticas, en fiestas de la burguesía y pequeña burguesía en donde los concurrentes actúan y posan, Sabogal les pudo parecer frío, tímido y hasta lerdo, pues aparecía con mayor sencillez que la habitual para pasar desapercibido.

Sabogal como viajero infatigable y acucioso es una suerte de Antonio Raimondi redivivo; se podría afirmar literalmente que ha caminado el Perú y que mayor tiempo ha estado fuera de la ciudad de Lima, lugar de su residencia, que en ella. Obviando muchos lugares a los cuales ha viajado omitiendo los ya mencionados, sólo nos referiremos -en este tramo de su vida- a Lambayeque y Piura. Con ello quedará configurado su conocimiento de la costa norte, uno de sus centros de interés.

Sobre el valle del Jequetepeque y sus pobladores empieza a publicar numerosos artículos a principios de 1974. Sabogal registró el inventario botánico de plantas útiles, tanto silvestres como domesticadas; igualmente, el inventario de la fauna acuática del río Jequetepeque; también registró la técnica campesina para crear tierra agrícola en el desierto, las artesanías extintas y vigentes, la narrativa épica popular, etc., etc. No sólo se sintió satisfecho con registrar y conocer, sino fue más allá: denunció y enjuició al sistema de hacienda y a su correlato, el monocultivo. Demostró que ellos causaron la destrucción del ecosistema, de las campiñas y bosques xerófilos, de las obra hidráulicas prehispánicas y su régimen de aguas, del empobrecimiento de la dieta alimentaria campesina, etc. (19). Los mismos campesinos y los más diversos profesionales pueden sacar provecho de sus trabajos. En estos siempre asumió la posición o la perspectiva campesina.

Una de las pruebas evidentes, de su perspectiva campesina, fue su oposición fundamentada y pugnaz al proyecto de irrigación Jequetepeque-Zaña y a la presa “Gallito Ciego”. De “Aswan alemán” motejó Sabogal a la proyectada presa –la más alta del Perú- no sólo por los efectos similares que ocasionaría, sino porque de Alemania Federal fue la empresa consultora que hizo los estudios en 1973, así como también el gobierno que financió la ejecución del proyecto en 1981.

Sin embargo aseveró que serían beneficiados únicamente los agricultores de la parte baja del valle: hacendados arroceros y grandes cooperativas de producción, más no los campesinos. El entusiasmo promovido por el proyecto de irrigación fue tan grande, como también lo fue el enjuiciamiento severo e irónico de Sabogal: “cuento de hadas, pero desgraciadamente, su final no será feliz” (20). Al oponerse tajantemente a la presa “Gallito Ciego” revela, una vez más, su aptitud predictiva:
“cuando esa laguna artificial esté llena sucederá un trastorno ecológico quíntuple e irreparable. Lo asevero en vista de lo sucedido en otros lugares del Perú, y en base a un conocimiento mínimo de ecología” (21).

La opción de Sabogal fue –como ya se dijo- pugnaz. Y en ese sentido, él mismo nos ha dejado testimonio de ello:
En enero de 1975, a raíz de la polémica iniciada fui llamado a conversar en el Comité de Asesores del Ministerio de Agricultura (COAMA) por un ingeniero agrónomo asesor, que ya renunció a su puesto en el Ministerio de Agricultura. Me conminó a dejar de escribir sobre esta irrigación, so pena de sufrir horrores kafkianos de dicho portafolio. Este es el cuarto artículo sobre el tema, después de dicha amenaza (22).

Como se evidencia, Sabogal no se arredra, sino, muy por el contrario, lanza advertencias oportunas, insta el pronunciamiento de las autoridades “competentes” y de las instituciones que forman la opinión pública, propone consulta a ecólogos alemanes y a arqueólogos que habían estudiado el sistema de irrigación Chimú, así como a los campesinos ubicados en el área de influencia del proyecto y, por último, él mismo ofrece exposiciones en dicha área.

Además de escribir específicamente sobre la irrigación Jequetepeque-Zaña, también se refiere a ella indirectamente en sus artículos sobre Chungal y Monte Grande, pueblos que serán inundados por el represamiento del río. Ahí describe las bondades de la producción campesina simple de los campiñeros.

En suma, la actitud de Sabogal en su oposición a la proyectada irrigación –cuya primera etapa ha sido inaugurada recientemente- se podría formular, en sentido figurado, como la de un paladín solitario que luchó contra una gigantesca represa.

En Piura desplegó igual trabajo que en Lambayeque. Viajó asiduamente al departamento de Piura, sorteando episódicamente a las fuerzas burocráticas que tendían a engrilletarlo a la poltrona del Ministerio.

Podría decirse que, por lo menos una vez al año desde 1975 hasta 1982, no dejó de recorrer distritos y caseríos de Piura. Fruto de esos viajes fueron innumerables notas “de campo” y artículos periodísticos y la construcción de un reservorio de agua para los artesanos de Simbilá; así como también el estudio sobre La Cerámica de Piura terminado en mayo de 1980 y dedicado a la ciudad de Piura. Este estudio contó con la participación de un equipo de seis personas y la ayudad económica del Instituto Andino de Artes Populares del convenio Andrés Bello, con sede en Quito, Ecuador. Dicho estudio se publicó en dos volúmenes en 1982.

Ya sumergido con suma facilidad en las profundidades del submundo (23) de la artesanía, Sabogal no podía permitirse tan solo estudiar, conocer, dar a conocer, denunciar, lanzar llamadas admonitorias, etc. … sino también practicar la artesanía. Tan es así, que aprovechando la vecindad de su amigo Félix Oliva acude los sábados a su taller para aprender cerámica. Las primeras obras de su aprendizaje son unas tazas compactas, resistentes y elaboradas con rusticidad en cuya base rubricaba su nombre.

A manera de ofrenda a la amistad, las obsequiaba con gran satisfacción, pero cuando no se respetaba su uso, no tenía ningún empacho en manifestar su molestia. Así sucedió cuando se percató que una amiga y compañera de trabajo utilizaba la taza como jabonera.

En Sabogal encontramos actitudes sorprendentes e imprevisibles. Cuando ya se creía conocerlo y tenerlo definido, este hombre, apacible y estable, nos sobresaltaba con un impromptu. De uno de ellos fui testigo en el despacho del ministerio de Industrias, Turismo e Integración. El ingeniero Roberto Persivale, a la sazón ministro de industrias y diputado por el Partido Popular Cristiano, aplicó una política de relaciones laborales que bien puede calificarse de primitiva. Impuso la norma de solo permitir el acceso a los trabajadores una vez al año, en forma individual y únicamente para exponer sus peticiones personales. Esa gracia la concedía como un “premio” por el cumpleaños de los trabajadores. Estos, reunidos en pequeños grupos y luego de larga espera, obtenían la merced de tener acceso al ministro. Uno por uno exponían verbalmente o entregaban por escrito sus peticiones; luego de una respuesta genérica, obsequiaba un lapicero bolígrafo a cada uno. Cuando a Sabogal le tocó el turno de hacer su exposición, le dijo al ministro en un tono entre indignado y enérgico:

“Que se reconozca al sindicato y que cesen las prácticas anti-sindicales, puesto que la Constitución de la República, los convenios de la Organización Internacional del Trabajo y la Doctrina Social de la Iglesia amparan la constitución de sindicatos y el libre ejercicio de la actividad sindical. Y que conste, que quien le hace esta demanda no es un trabajador afiliado al sindicato”.

El Ministro sólo le respondió que en el Parlamento había un proyecto de ley de sindicalización de los trabajadores estatales; pero, que por ahora, no era prioritaria su aprobación.

De repente, cuando estaba trabajando a plenitud en los asuntos que pertenecen al patrimonio cultural de la nación y sorteando las limitaciones de la burocracia pública, la directora general de Artesanías (24) lo despojó del recinto privado de su oficina y fue colocado en el lugar denominado “la pampa” con los empleados de menor jerarquía. Esto, indudablemente, no hería la sensibilidad de Sabogal. Lo contrarió fue la sujeción permanente al escritorio, sin posibilidades de emprender viajes de estudio y liberar tensiones mediante las relaciones –en una dimensión humana- con campesinos y artesanos. A Sabogal se le asignó el puesto más despreciable de la oficina y que nadie quería desempeñar: codificador de facturas de exportación de artesanías.

Después de un tiempo, Sabogal vio la posibilidad de evadirse mediante su destaque a la oficina de Reservas Turísticas. Pero cuando la petición de sus servicios fue recepcionada por la directora, ésta condicionó la aceptación del pedido del destaque a la fecha en que concluyera de codificar la ruma de facturas asignadas para su codificación. Felizmente los dos empleados encargados de supervisar el avance del trabajo se solidarizaron con él y se redistribuyeron las facturas, codificándolas velozmente en dos días. De no ser así, hubiera tardado dos meses en concluir solo ese trabajo.

A pesar de esos sinsabores –y estando a siete meses de su fallecimiento- el espíritu de Sabogal se encontraba en su plenitud, tal como lo expresa a través de una carta a su amigo el pintor y grabador Gamaniel Palomino.
“El futuro lo tengo lleno de deseos, sueños…”

Quién iba a creer que este agudo observador y crítico social, después de haber sorteado exitosamente las limitaciones del trabajo en la administración pública, iba a verse de alguna manera proyectado como investigador en un artículo que escribiera hace diecinueve años y que aún tiene vigencia:
“en nuestras oficinas públicas constituyen los investigadores las moscas blancas que trabajan, y por este motivo son ridiculizados y vejados. (…) lo poco que logran producir lo hacen a un costo altísimo de energías, tiempo, sinsabores y luchas estériles con todo tipo de jerarquías”(25).

Al poco tiempo de estar destacado en la oficina de Reservas Turísticas y de recobrar la consideración que se merecía, empieza a enflaquecer notablemente; luego, pide licencia por motivos de salud y fallece de cáncer al hígado el 12 de Febrero de 1983.

Sabogal sabía bien morir como lo saben hombres de otras culturas. En lugar de internarse en una clínica u hospital estuvo en su casa. En el jardín instaló una hamaca entre dos árboles y ahí estuvo reposando y tomando únicamente agua. Fue, dignamente, al encuentro de la muerte. Pasado unos días, reunió a sus tres hijas y se despidió apaciblemente.

No quisiera finalizar esta semblanza sin dejar de mencionar un rasgo más en el intento de configurar la personalidad y la ideología de Sabogal. En tal sentido, recuerdo una acotación que me hiciera cuando paseábamos en una noche de plenilunio en la campiña de Moche y ante el perfil de la Huaca de la Luna, exclamé: ¡Cuántos tesoros arqueológicos yacen aún sepultados e ignorados! A lo que él añadió: “por ahora, mejor que así sea” . Sabogal no esperó de la sociedad actual, y menos de su clase dominante, un reconocimiento a la salvaguarda del patrimonio cultural que forma parte de nuestra nación. Aunque fuera tildado por algunos de romántico y hasta de ingenuo, Sabogal –gracias a su definida identidad- se preservó de afloraciones subconscientes de pequeños burgueses reformistas, como la siguiente:
“Felizmente en la oscuridad del panorama empiezan a brillar algunas luces, débiles y vacilantes todavía, pero anunciadoras acaso del alba futura. Las danzas y canciones, las iglesitas de barro cocido, los toritos de Pucará, los mates burilados, la textilería india, empiezan a ser conocidos por las élites dominantes, por la burguesía costeña” (26).


A Sabogal lo deben evocar, mucho más que nosotros, los que comulgan de su mundo cultural; y sin que esa sensación sea transmitida por ningún medio de comunicación de masas, ni en certámenes formales como aquellos a los que estamos acostumbrados. Esa evocación debe vivenciarse tan igual como él sabía hacerlo. Algo así como cuando me despertó, a media noche –pues habíamos estado viajando y al anochecer acampamos sobre un pequeño montículo protegido por una arboleda– para preguntarme si sentía la presencia de los gentiles. Luego de mirar en la oscuridad el brillo de sus ojos pletóricos de asombro y gozo, le respondí con un desabrido y seco: ¡no! Él insistió, diciéndome: “¡pero, si estamos sobre una huaca!

A este Sabogal, que se fue sin que me atreviera a preguntarle su apreciación del movimiento social que conmueve la entraña de los Andes, creo, por último, que también nosotros podríamos evocarlo como un subvertor: en asociación a la aguda observación de García Márquez, uno de sus literatos preferidos: “Por fortuna, la reserva determinante de América Latina y el Caribe es una energía capaz de mover el mundo: es la peligrosa memoria de nuestros pueblos” (27).

(1) Tal vez dicho artículo haya sido motivado por la lectura de uno de sus libros más queridos: Un Testamento Agrícola, del inglés Albert HOWARD sobre la agricultura tradicional de la India.
(2) Viene a colación un incidente que le ocurrió: “Recuerdo una vez, a comienzos de diciembre de 1953 en Barcelona, cuando todavía los peruanos precisábamos de visa para ingresar a nuestro país. El cónsul me preguntó con la consabida cortesía e insistencia diplomáticas si era hijo de mi padre. “Y cómo ¿es usted ingeniero agrónomo? Y este imbécil no podía comprender que el hijo de un artista fuera agrónomo”. SABOGAL, José, Recuerdos y metodología del pintor Sabogal, “Boletín de Lima” revista Nº 24, Año 4, Lima, noviembre de 1982, página 44.
(3) Sabogal, José R., loc. Cit.
(4) “La primera duda ante la cultura ajena ocurrió en Moche, en un atardecer de invierno de 1938 (…) Me encontraba como adolescente limeño entre los intelectuales trujillanos y una sociedad de mocheros que jamás me había imaginado que existiera. Se vivía un momento intangible, en que los citadinos parecían gozar de un alucinógeno, que los liberaba y les hacía más fraternos. La jocundia y hospitalidad de los campesinos que nos atendían, creaban cierto conjunto mágico que parecía habernos llevado a un país extranjero, tan sólo a ocho kilómetros de Trujillo (…) Y en aquel momento vesperal, Moche me reveló en la adolescencia, la posibilidad de una “realidad” alternante. Así al acercase la noche, los celajes rojos y amarillos constituían el hito que señalaba el final de un día para los trujillanos. Para los mocheros, en cambio representaba la secuencia no acezante. En ese entonces, las letras de cambio y el mundo comercial no habían llegado a Moche, y las citas no eran exactas y todas aplazables. Por tanto, este atardecer festivo representaba la continuación, en el cual actuaba un todo humano, simultáneamente papable e intangible. Durante un instante, su autenticidad nos había capturado y habíamos evadido aquella programación lineal minuciosa que procuraba instilar dentro de mi mente de adolescente aún incompletamente socializado. Delante de mí auguraba un futuro brillantemente cuantificado, del cual escapé…” SABOGAL, José R., Testimonio Generacional: NUESTROS AÑOS FORMATIVOS. Fechada el 28 de mayo de 1968.
(5) Sabogal, Wiesse José: Santiago de Cao y el valle de Chicama (Problemática latifundio-comunidad en la Costa Norte). Colección de artículos, ensayos y descripciones que J.S.W. fue ensamblando hasta constituir un libro; fechado en Varsovia, Polonia, año 1973. (Libro que está a la espera de algún editor). La cita corresponde a la presentación explicativa: “De cómo nació este libro”; página 2, mecanografiada.
(6) De esta visita Sabogal observa, entre otras cosas, que don Joaquín: “Tenía algo que ya es un lujo en el mundo moderno: ambiente familiar, bulla de nietos…” En aquella visita tal vez haya ido acompañando a su padre, pues éste pintó en esa fecha un retrato de don Joaquín. Después continuó visitándolo de vez en cuando hasta que escribiera La última entrevista a don Joaquín, aparecida en el diario Expreso el 30 de junio de 1981.
(7) Diario “La Prensa” Lima, 19 de marzo de 1979, entrevista bajo el titular: Declara J.S.W., LO NUESTRO ESTÁ EN BOCA DE LOS CAMPESINOS.
(8) Sabogal, José R., Del gobierno de una aldea andina. Rev. Perfil Económico, año V Nº 54, Lima, junio 1963, pág. 23.
(9) Sabogal, José R., La Reforma Agraria en la América cobriza. Revista Idea, año XIV, núm. 56, Lima, Jul-Dic. 1963, Pág. 4. El añadido de la nota confiscatoria, entre paréntesis, es para redondear la caracterización de la reforma agraria de Sabogal. Esa nota es considerada por él mismo, aunque en otro lugar el artículo.
(10) Referencia del antropólogo Raúl Galdo P. Director del Instituto Indigenista Peruano.
(11) Mao Tse Tung. Obras completas. Tomo III, ediciones en Lenguas extranjeras, Pekín 1968, p. 9.
(12) Sabogal ha sido uno de los investigadores que más ha apelado a la cita de novelas o cuentos para ilustrar la descripción de la realidad social. Con todo ello, lograba también una audiencia de mayor cobertura.
(13) Se refiere a los accio –populistas y arquitectos que creían saberlo todo pues tuvieron preeminencia profesional durante el primer gobierno del Arq. Belaúnde.
(14) Díaz Martínez, Antonio: Ayacucho, hambre y esperanza. Ediciones Huamán Poma. 1968. En esta presentación “Ayacucho y sus campos” Sabogal deja explicita su afinidad con Antonio Díaz en la “fe absoluta en los indios” como agentes del desarrollo rural del país. (Cabe acotar que este hombre con una rica experiencia y profundos conocimientos teóricos sobre cuestiones agrarias se encontraba recluido en la cárcel pública de Lurigancho, Lima, cuando fue victimado el jueves 19 de junio de 1986 por la acción exterminadora del gobierno contra los presos acusados de “terrorismo”).
(15) Sabogal, José: El robo a los Andes. Revista “América Indígena”, Vol. XXX, Nº4, México, Octubre, 1970. P. 1031.
(16) “los latifundistas de la sierra llaman gente propia a la fuerza de trabajado enfeudada y disponible que vive dentro de los linderos de la hacienda. En la sierra y en la selva alta, son un elemento importante para valorar las tierras y las posibilidades de rendimiento económico de los latifundios”. (Nota de J.S.W.) “Campesino” Nº 4, Lima, 1971, pág. 77.
(17) Oliva, Félix: ¿Quiénes y de qué manera han contribuido a la preservación del patrimonio artesanal de la nación Testimonio de un artista. Mecanografiado, pág. 11.
(18) Cuando pasó por escrito su exposición, Sabogal le agregó notas aclaratorias, figurando –entre ellas- SACHA con el siguiente texto: “modismo de la región selvática del Perú, apropiado para esta ocasión que significa: postizo, falso, ficticio, engañoso”. Ahí Sabogal acuñó el término Sacha–artesanía para denominar a los objetos hechos a mano y que pretenden pasarlos como artesanía.
(19) A simple vista, la obra de Sabogal parecería información amalgamada o quizá monográfica; sin embargo, no es tal. La explicación se halla en su mentalidad totalizadora y refractaria a la especialización. Este rasgo determinante de su personalidad es, en sí mismo, una recusación al enfoque capitalista de segmentar el conocimiento como un reflejo de la división capitalista del trabajo en la sociedad.
(20) Sabogal, José: “Gallito Ciego”: una futurología lúgubre (I). Diario “Expreso”. Lima, 20 de Mayo de 1981.
(21) Ibíd.
(22) Sabogal, José: “Advertencia”: meditemos sobre la irrigación Jequetepeque – Zaña. Versión preliminar (no citable), impresión a mimeógrafo, Lima, septiembre de 1979.- Reproducido con el título: Jequetepeque ¿reservorio de espejismos? Revista “Perú Agrario” Nº 16, Lima, abril-mayo de 1980, p. 63.
(23) No se tome este término en sentido peyorativo; sino en su connotación de ignorado o desconocido, a pesar de ser vasto y viviente. Ilustramos esta nota con el testimonio de Sabogal “nadie sabe en la capital del departamento: en dónde es que se produce cerámica en la actualidad”. Esto le sucedió al inicio de sus indagaciones. Al final de su estudio afirmó: “en la región cisandina de Piura hay 19 sitios cerámicos en funcionamiento. Ello implica no menos de 600 talleres produciendo”. Ref.: Informe final, Convenio de Estudios, Dirección General de Artesanías del ministerio de Industrias con el Convenio Cultural Andrés Bello” en Artes Populares: “Investigaciones sobre cerámica popular india de hoy en el departamento de Piura”. San Isidro, abril de 1981.
(24) La omisión de registrar su nombre es adrede y se justifica por no hacerla tristemente célebre.
(25) Sabogal, José, R., Un reto al desarrollo económico del Perú: Nuestra administración pública. Revista Economía y agricultura, órgano de la Asociación de economistas agrícolas, Vol. I, núm. 1, Lima, septiembre-noviembre de 1963. Director: José R. Sabogal W.
(26) Delgado, Washington: Tupaka Llakkta: Profundidad y amplitud del mestizaje en el Perú; parte introductoria a TUTUPAKA O EL MANCEBO QUE VENCIÓ AL DIABLO, relato anónimo quechua, editorial Milla Batres S.A., Lima, 1974, Pág. 9.
(27) Discurso en el II Encuentro de intelectuales por la soberanía de los pueblos del continente. 1985. Revista “Prisma”, Nº 161, La Habana, enero de 1986, página 16.

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