Escribe: Juan P. Ballhorn
Miercoles, 01 de Mayo del 2019
Acogemos, como material para la reflexión y debate, un artículo ensayístico de JP. Ballhorn. Se publicará en dos partes (vt)

El presente artículo solo trata de anunciar lo que será un trabajo mucho más extenso y detallado sobre el maoísmo. Aquí, por tanto, solo se delinean algunas de las principales tesis en disputa y se adelantan algunos de los argumentos en favor y en contra. De todas maneras, he considerado importante iniciar con una publicación de este tipo, pues, al igual que yo, estoy seguro que hay muchos más jóvenes aguardando una sustentación cabal del marxismo-leninismo-maoísmo. Espero disculpen las referencias personales, pero no encontré mejor forma de introducirnos al tema. El trabajo principal definitivamente presentará otra estructura, pues, como bien enseña Marx, debemos saber diferenciar entre el método de investigación y el método de exposición. Espero que este avance pueda serle útil a todo aquel que lo lea hasta el final.

Desde que me adherí en términos prácticos al movimiento popular, cuando apenas había culminado la secundaria y tenía unos 17 años, tuve que poner en discusión algunos asuntos que hasta entonces no había considerado, uno de ellos era la cuestión del maoísmo. Si bien el marxismo lo había asumido teóricamente desde fines de mi 4to año de secundaria, época en que inicié decididamente mi formación teórica en estos asuntos, en ningún momento tuve conocimiento de los debates sobre los “desarrollos del marxismo”. Para entonces, los textos de Mao me parecían tan importantes que daba por sentado que ser marxista era adherirse a las tesis de Mao, algo que con posterioridad llamé de forma convencida "maoísmo". Pero saliendo de ese pequeño mundo y empezando a conocer distintas organizaciones y distintas posturas, me topé con un problema que desde entonces ha representado una de las principales tareas que resolver en mi vida: acudí a distintos talleres, seminarios y conversatorios en donde viejos dirigentes de la izquierda “radical” se empeñaban en fundamentar que el maoísmo no era una "etapa superior del marxismo".

Mi primera impresión, y la que me queda hasta el día de hoy —aunque ahora con muchas más razones—, fue que se trataba de discursos limitados, poco profundos y carentes de una verdadera investigación. Obviamente, a mí me faltaba muchísimo más, pero a mi corta edad y con el poco bagaje teórico que había acumulado hasta entonces, podía notar una completa fatuidad de dichos sermones, los cuales, por supuesto, eran ofrecidos con la mayor de las seguridades, algo que embelesaba a algunos de mis contemporáneos. Esta situación, que me hizo confrontar con mis propias convicciones, me llevó a buscar por primera vez una sustentación del maoísmo como “nueva, tercera y superior etapa del marxismo”, lo cual me dirigió a un destino decepcionante: busqué textos públicos, casi no encontré y los que encontré eran igual de esquemáticos y limitados. Ninguno lograba convencerme de ser una verdadera sustentación del maoísmo, hasta llegué a pensar que quizás una cabal fundamentación yacía en los documentos "secretos" de algunas organizaciones.

Lamentablemente, pasaron algunos años y me di cuenta de que en realidad no existía un trabajo con la suficiente seriedad; desde entonces acepté que la fundamentación del maoísmo era un asunto pendiente y pensé que en algún momento alguien debería hacerlo. Me convencí plenamente de esto cuando, en la presentación del libro El pez fuera del agua: crítica al ultraizquierdismo gonzaliano de Eduardo Ibarra (2010), la participación de aquellos que debían de ser la “vanguardia” de la teoría maoísta fue lamentable, pobrísima de contenido, tratándose incluso de personas de “experiencia” (Sí, en aquella época aún no boicoteaban eventos, aunque, recordando tal actuación, ahora entiendo por qué optaron años después por el boicot en lugar de la lucha de ideas). En aquel libro, que compendia una serie de artículos publicados durante aquella última década, Eduardo Ibarra sostiene que es un error hablar de “maoísmo”, pero en realidad solo se opone al empleo del término “maoísmo”, porque curiosamente sí está de acuerdo en que Mao ha desarrollado el marxismo y hasta esboza una sustentación de por qué lo considera así . Por este motivo llamo a la postura de Ibarra la “tesis nominal” (1), pues su resistencia a asumir el maoísmo se basa únicamente en una logomaquia. Cabe preguntarnos, ¿por qué esa renuencia terminológica? Eso es algo que podría comprender un trabajo aparte. Mientras tanto, lo que sí vamos anunciando es que las disputas sobre el lugar que le corresponde a Mao, la distinción entre “época” y “etapa” del marxismo, entre otras cuestiones problemáticas planteadas por Ibarra, las trataremos en el trabajo extenso y completo sobre el tema que nos convoca.

En fin, hasta ese momento, luego de un gran empeño por indagar, lo acepté como un problema a resolver, como una tarea pendiente a la cual sería importante aportar; por ello, si implícitamente hubo hasta hoy un proyecto detrás de mis avances en la teoría marxista, uno de ellos ha sido precisamente el de contribuir a una sustentación cabal del maoísmo. Esto último es algo que se me tornó más claro una vez que mis estudios me llevaron a cuestionar los esquemas heredados por las tradiciones marxistas “militantes” en el Perú, y todo esto adoptó un rumbo definido a partir de la cuestión de la dialéctica.

La imperiosa necesidad de “sustentar bien mis ideas”, premisa que me persigue desde mis últimos años del colegio —y que, pienso, nunca me hará sentir lo suficientemente satisfecho—, me llevó a estudiar los textos de Hegel, y así fue que tomé conciencia de algo sumamente importante: quien haya leído con un poco de dedicación o atención los textos legados por este filósofo, y que haya dedicado un tiempo regular a la lectura de los llamados “clásicos del marxismo”, podrá notar que, en lo que a la dialéctica respecta, desde Hegel solo se ha operado un gran desarrollo: la transformación de la dialéctica idealista en materialista llevada a cabo por Marx, la trasformación de la dialéctica del concepto en dialéctica de la sociedad.

Mis lecturas de Hegel fueron radicalmente depuradoras de toda concepción vulgar que mantuviese hasta el momento acerca de la dialéctica, pero además me hizo reparar en algo clave: Lenin y Mao no habían hecho más que explicitar los distintos aspectos de la dialéctica marxiana, por tanto, en modo alguno sus reflexiones sobre la dialéctica podrían considerarse “desarrollos”. Esta conclusión no solo ponía en cuestión algún desarrollo de Mao en la dialéctica, sino también de Lenin, pues se suponía que un desarrollo del marxismo –de acuerdo a estos viejos dirigentes que escuchaba en mis primeros años de formación- era un desarrollo en las “tres partes integrantes”, y la dialéctica formaba parte de la “filosofía marxista”. Pero ya mucho antes con mis estudios en filosofía me daba cuenta que, en realidad, había poca originalidad, desde el punto de vista de la dialéctica y el materialismo en la polémica leninista de Materialismo y empiriocriticismo (1909), y esto descuadraba totalmente el esquema al que estaba acostumbrado en mis primeros años de formación “ideológico-política”.

La sorpresa fue aún mayor cuando llegué a comprender el concepto marxiano de “superación de la filosofía” (2) , lo cual fue de la mano con mis estudios de El Capital de Marx. Si he hablado de los avances en mis estudios de Hegel y la relación que existe entre su dialéctica y la de Marx, esto se debe, principalmente, a que el método dialéctico marxiano recién pude pensarlo seriamente tras estudiar con cierta sistematicidad la obra magna de Marx, hecho que reorientó también mi perspectiva sobre lo que había de entender por “economía”, y por qué el subtítulo de la obra rezaba “crítica de la economía política”; esto último nuevamente redirigía mi inquietud hacia lo que usualmente los dirigentes peruanos habían llamado “tres partes integrantes del marxismo”.

¿Qué debemos decir sobre la “tesis de las tres partes integrantes”? La tesis más difundida, por lo menos en el ámbito nacional, es la que sostiene que un “desarrollo” dentro del marxismo significa un desarrollo en sus “tres partes integrantes”. El marxismo, según algunos dirigentes, tiene tres partes integrantes: la filosofía, la economía política y el socialismo científico. Esta tesis se cae por completo por lo siguiente:

Ya en su juventud Marx anunciaba el fin de la filosofía. A su juicio, toda filosofía es siempre ideología, esto significa, bajo la propia definición marxiana, una concepción que no posee conciencia de su parcialidad y de sus limitaciones histórico-materiales, atribuyéndose, por tanto, un estatus de universalidad. Por ello, la labor que Marx emprendió junto a Engels no fue la de fundar una nueva filosofía o si quiera una filosofía crítica, sino el de superar la filosofía en cuanto tal. Aquel trabajo co-elaborado con Engels, que posteriormente fue conocido como La ideología alemana (1845 – 1846), no solo se propone una refutación de la filosofía neohegeliana, sino la superación de toda filosofía, para dar lugar al conocimiento científico o, como se dice ahí mismo, al saber real (3) . Este es el motivo por el cual no se encontrarán más reflexiones “filosóficas” en Marx. Incluso, el Engels maduro en su famoso “Anti-Dühring” sostiene que la concepción histórica elaborada por ambos ya no es propiamente una filosofía, por el contrario, con este nuevo método —asegura— la filosofía acaba de ser superada (4) . En consecuencia, Marx y Engels no fundan un corpus teórico que entre sus “secciones” contemple una “sección” denominada “filosofía”; pero si no es filosofía, ¿entonces qué es la dialéctica? La dialéctica marxista es un método científico, y es en ello en lo que Marx y Engels siempre se han reafirmado. ¿En qué sentido es un método científico y no una filosofía? Eso será parte del trabajo completo sobre esta problemática.

Con la misma situación nos topamos cuando abordamos la problemática económica. Mucho se ha hablado de la “teoría económica de Marx” o de la “Economía Política marxista”, pero en realidad Marx nunca pretendió elaborar una nueva teoría económica, sino, bajo sus propios términos, una crítica de la economía política. Esta idea de no ser teoría sino crítica, que se expone muy bien en el Epílogo a la segunda edición alemana de El Capital (y que se entiende a lo largo de su Opus Magnum), halla su explicación en la consideración particular que asume Marx hacia la economía como ciencia: la posibilidad de la economía como ciencia reside en que la producción se presenta ante los hombres como una fuerza natural, determinada por leyes que no expresan la libre voluntad de los hombres, que, por el contrario, se presenta como una fuerza que subyuga toda voluntad particular o colectiva. Por tanto, mientras la economía sea algo que no depende del control racional de los hombres, habrá ciencia económica, y el papel de los revolucionarios no consiste en consolidar una teoría económica, sino en ejercer la crítica de ella, pues sus categorías siempre expresarán esa condición alienada del individuo.

Llegados a este punto, cabría preguntarnos ¿De dónde surge esa tesis de las “tres partes integrantes”?

(Continuará)



Aquí la PARTE II del artículo.

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1. E. Ibarra, El pez fuera del agua: crítica al ultraizquierdismo gonzaliano, Lastra J. (ed.). Lima, 2010.
2. Se encuentra explícitamente en el texto traducido por algunos como Introducción a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel de 1844.
3. K. Marx y F. Engels, La ideología alemana, traducción de Wenceslao Roces, Editorial Grijalbo, Barcelona, 1968, pág. 27.
4. F. Engels, Anti-Dühring. La subversión de la ciencia por el señor Eugen Dühring, Traducción de Manuel Sacristán, Editorial Grijalbo, México D. F., 1981, pág. 129.

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