Escribe: Viviane Forrester
Jueves, 05 de Setiembre del 2019
La CGTP dejó pasar la Ley de competitividad. Y cuando devino casi hecho consumado, pasó a «denunciar» y «oponerse» a ella. Aquí una reflexión de una escritora francesa respecto a la "competitividad" (vt).

La competitividad. Es una de esas afirmaciones que se blanden como argumentos definitivos, en tono perentorio, con la certeza de contar con la aceptación general, como una conclusión verificada para siempre jamás; por añadidura, con cierta ligereza, como al pasar, de tan arraigadas que están su existencia, influencia y consecuencias.

«La competencia obliga», «la competencia no permite» ¡Cuántas oleadas de despidos, traslados de empresas, reducciones o congelamientos de salarios, eliminaciones de puestos de trabajo, derogaciones de beneficios laborales, cuantas decisiones desastrosas y perversas se ha intentado justificar con estos argumentos! ¡Y cuántos lamentos cuanto pesar, se expresan por adoptar esas medidas devastadoras que exige, desgraciadamente, la competitividad!

Ahora bien, ¿Qué representa ella? Nadie lo pregunta. ¿Quiénes son los competidores? ¿Cuáles son las luchas, las rivalidades? ¿Qué es lo que está en juego? ¿En qué consiste su poder o necesidad para que se le atribuya semejante autoridad, para que se la considere fatal, ineluctable, un factor clave de la economía de mercado, la cual se presenta a su vez como prueba indispensable de la democracia? ¿Qué cualidad posee para que su función, que se da de antemano por preponderante, jamás sea explicitada ni analizada y su sola mención sirva para impedir o cerrar toda discusión, todo cuestionamiento? ¿Por qué se ha de concebir, organizar o reformar todo en función de ella sin que jamás se la pueda cuestionar? ¿Por qué nos dejamos arrastrar por la ola ―y nos parece normal hacerlo― de reconocer maquinalmente a la competitividad como un fin en sí mismo, una entidad frente a la cual no cabe otra reacción que someterse? A fin de cuentas, para que esta certeza sea presentada ―o mejor, impuesta― como evidente e indiscutible es imperioso aceptar que se nos sacrifique en aras de ella. Pero una vez más, ¿Por qué y para qué? ¿Con que fin?

Aparentemente se trata de un duelo de titanes, un torbellino colosal de empresas y países que se enfrentan, pero ¿Qué es lo que está en juego? ¿Intereses y sentimientos patrióticos? No: la mayoría de las empresas participan de sociedades transnacionales, a veces de grupos de compatriotas afiliados cada uno a una multinacional distinta, rivales entre sí. Un mismo grupo puede comprender empresas rivales. Por otra parte, jamás se explica ni comenta la naturaleza de la rivalidad entre los competidores: en cada ocasión, solo se pone de manifiesto una empresa, aquella que debe tomar medidas contrarias al interés general, pero indispensables para la competitividad. Cuando se trata de recomendar y promover medidas políticas de alcance general bajo pretexto de la competitividad, no se habla de empresa alguna ni se brinda la menor información sobre lo que está en juego: basta la autoridad del término. Las empresas en cuestión desaparecen en la nebulosa impenetrable de una competitividad vaga en la cual la imprecisión le disputa la palma a la opacidad.

¿Se trataría entonces de mejorar, estimular la condición humana, en particular por medio del trabajo? De ninguna manera. Generalmente es en nombre de la competitividad que se eliminan los puestos de trabajo, se la utiliza como pretexto para suprimir con la mayor saña las conquistas sociales, deteriorar las condiciones de trabajo cerrar empresas, multiplicar y aplicar con toda intensidad las medidas más nefastas

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Extraído de Una extraña dictadura. Buenos Aires: FCE, 2000 (pp.29-30)

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