Escribe: Antonio Rengifo Balarezo
Domingo, 01 de Abril del 2018

Únicamente los sectarios no tienen amigos; sino, solamente, “Camaradas”. La amistad, para los sectarios, no existe. En cambio para Mariátegui la amistad trascendía género, religión y clase social . Buena parte de sus conocimientos los adquirió, por cuenta propia, en diálogo con las personas y con los libros.

¿Qué actitudes orlaban su personalidad para irradiar simpatía? Me limitaré solo a dos: sinceridad y valentía. Que se hallan formuladas, en términos mariateguianos, en la Advertencia a sus 7 Ensayos:

Mi pensamiento y mi vida constituyen una sola cosa, un único proceso. Y si algún mérito espero y reclamo que me sea reconocido es el de –también un principio de Nietzsche- meter toda mi sangre en mis ideas.

Al asumir el marxismo no fue óbice para que Mariátegui fuese amigo de un culto aristócrata limeño, como don Pedro López Aliaga fue su amigo. Lo atestigua una foto y una sentida nota periodística a la muerte de don Pedro:

Mi temperamento excesivo, mi ideología revolucionaria, no asustaban a don Pedro. Discutíamos, polemizábamos, sin conseguir casi nunca que nuestras ideas y nuestros gustos se acordasen. Pero, por la pasión y la sinceridad que poníamos en nuestro diálogo, nos sentíamos muy cerca el uno del otro hasta cuando nuestras tesis parecían más irreductiblemente adversarias y opuestas. No he conocido, en la burguesía peruana, a ningún hombre de tolerancia tan inteligente. Ahora que don Pedro López Aliaga ha muerto, sé que he perdido a uno de mis mejores amigos. (Publicado en Mundial, Lima, 3 de abril de 1925).

Al enterarse que Mariátegui estaba enfermo, Don Pedro López Aliaga le remite una carta en la cual le ofrece su colaboración y se disculpa por no poder ir personalmente a verlo por encontrarse, también, como Mariátegui, enfermo y recientemente operado. (Lima, 05 de mayo de 1924)

Para Mariátegui, cuyo lema, acuñado por el mismo: la unanimidad es siempre estéril; no era una barrera infranqueable relacionarse con personas de ideología conservadora. Prueba de ello es la manera como conceptúa al intelectual argentino Leopoldo Lugones:

Estoy políticamente en el polo opuesto de Lugones... Soy revolucionario. Pero creo que entre hombres de pensamiento neto y posición definida es fácil entenderse y apreciarse, aun combatiéndose Sobre todo combatiéndose. Con el sector político con el que no me entenderé nunca es el otro: el del reformismo mediocre, el del socialismo domesticado, el de la democracia farisea. (Carta de Mariátegui a Samuel Glusberg Lima, 30 de abril de 1927).

Así como he expuesto un rasgo de la personalidad de Mariátegui quisiera tocar otro que contravino las costumbres de la época; me refiero a la amistad con los obreros. Relación que data, especialmente, el año 1919, poco antes de su destierro encubierto decretado por el presidente Leguía. En ese mismo año el gobierno clausuró el diario La Razón donde laboraba Mariátegui y su íntimo amigo César Falcón. Se quedaron sin trabajo por apoyar el movimiento obrero y la reforma universitaria. Ambos ofrecían charlas a los obreros en sus casas y en una de ellas, la del obrero gráfico Ferrer conocieron a sus hijas; los dos convivieron con sus hijas, convivencia interrumpida por el destierro de ambos, a Europa.

Al regresó de Europa el 17 de marzo de 1923; Mariátegui se reinsertó en el movimiento obrero; puesto que traía la misión de fundar el partido de los trabajadores, el partido socialista del Perú. Por iniciativa de Mariátegui, Haya de la Torre lo incorporó al plantel de profesores de la Universidad Popular González Prada. Al dar inicio, el 15 de junio, al ciclo de 17 conferencias advirtió a los obreros sobre el carácter formal de la exposición:

llamémosla conversación más bien que conferencia. (…) Yo no tengo la pretensión de venir a esta tribuna libre, de una universidad libre a enseñar la historia de la crisis mundial, (…) yo la estudio con vosotros.

Está actitud de Mariátegui es reafirmada el año 1928 al finalizar su Advertencia a los 7 Ensayos:

Estoy lo más lejos posible de la técnica profesoral y del espíritu universitario.

A partir de de su ingreso a la Universidad Popular la relación con los obreros fue fluida. Asistió en dos ocasiones a la fiesta de La Planta en Vitarte. La primera, antes de ser postrado en una silla de ruedas y la otra, después, tal como lo ilustran las dos fotografías que acompañan el presente artículo. Dicha fiesta fue instituida por el sindicato de obreros textiles de Vitarte a iniciativa de Haya de la Torre.

Tampoco fue óbice para relacionarse con los obreros que en su corta existencia pasara los últimos seis años –los más fecundos- en silla de ruedas por su invalidez permanente. Compensó su inmovilidad física con una comunicación fluida a través de reuniones en su casa, una nutrida correspondencia epistolar, artículos en órganos de prensa escrita y un teléfono, artefacto difícil de lograr en esa época. Además, usó el automóvil de su amigo y camarada el médico Hugo Pesce.

Al finalizar el ciclo de conferencias en la Universidad Popular González Prada, Mariátegui fue ampliamente conocido y apreciado entre los obreros. Tal así es que un mes después los obreros del sindicato textil de la fábrica La Victoria acuerdan –en asamblea realizada el 19 de febrero de 1924-, lo siguiente:

que vengan los compañeros de la universidad popular al local del sindicato -en especial- el compañero Mariátegui para darnos unas conferencias (…) en la segunda semana después del mes de marzo

En abril de 1924 los dirigentes de la Federación de Trabajadores Textiles le solicitan una colaboración para su periódico “El Obrero Textil” con motivo de la próxima celebración del Día internacional del proletariado. Es así como el proletariado peruano obtiene una de las piezas más extraordinarias que se haya escrito El 1ro. de Mayo y el Frente único; que bien pudiera adjudicársele el calificativo de Evangelio de la clase obrera.

En mayo de 1924, al hacer crisis la enfermedad de Mariátegui que determinó la amputación de la pierna derecha, los obreros del sindicato textil La Victoria realizaron una colecta para socorrer al infortunado compañero. Aún convaleciente, Mariátegui remite una nota de agradecimiento al sindicato textil La Victoria por el apoyo recibido y les sugiere que el dinero proporcionado se destine para algún compañero que lo necesite o se encuentre enfermo. Esta nota es puesta en conocimiento de los obreros en sesión de Junta General suscitándose una animada discusión sobre el destino que se le daría al dinero. Se llega a determinar que el dinero vuelva al compañero Mariátegui con el encargo de que compre libros para la biblioteca del sindicato y se nombra una comisión integrada por Alejandro Cuevas y Leonardo Luna para que le hagan entrega del dinero y un oficio.

Al permanecer Mariátegui en silla de ruedas, los obreros frecuentan la casa de Mariátegui. En esa época, era extraño que un escritor, como lo fue Mariátegui, invitara o llevara a su casa a trabajadores, obreros o campesinos y alternaran en pie de igualdad.

Tal era la afluencia de amigos a la casa de José que Anna Chiappe, su esposa, estableció un horario estricto de recepción y permanencia para los obreros y para los artistas e intelectuales. Recuerda don Julio Portocarrero, quien fuera en esa época uno de los dirigentes obrero más destacado y allegado de Mariátegui, que los únicos intelectuales que algunas veces acompañaban a Mariátegui en su reunión con los obreros fueron Ricardo Martínez de la Torre y Antonio Navarro Madrid

Uno de los primeros obreros de la fábrica textil La Victoria que conoció a Mariátegui fue Jesús Rivera; a través de Rivera fueron llegando a la casa de Mariátegui sus compañeros que mostraban inquietud social. Entre esos obreros figura Eliseo García. otrora secretario de actas del sindicato textil La Victoria. Cuenta don Eliseo que por aquella época él estaba influido por la ideología anarquista; razón por la cual, no eran de su simpatía los intelectuales. Tal era así, que cuando llego el día de conocer a Mariátegui se alistó con el overol más grasoso; y, ya en casa de Mariátegui, tomó asiento con brusquedad para hacer ostensible su condición de obrero y su diferencia de los intelectuales. Pero la actitud comprensiva y de camaradería de Mariátegui le reveló la existencia de un nuevo tipo de intelectual: el intelectual revolucionario, el intelectual proletario.

Esther del Solar, obrera textil de la fábrica de Vitarte y esposa de Julio Portocarrero, siempre tenía presente a Mariátegui porque cuando fue a visitarlo en 1924 a Chosica a la clínica del padre de Hugo Pesce, ella lo trataba de “señor Mariátegui” y él le respondió:

No me trates de señor. Dime nada más que José Carlos o Mariátegui. No me trates de señor.

La relación de amistad con obreros y obreras se estrechaba porque en casa de Mariátegui se preparaban los pliegos de reclamos. De los sindicatos. Un ejemplo. Al suscitarse un conflicto laboral en la fábrica textil La Victoria, acuden a la casa de Mariátegui el 2 de octubre de 1929 una comisión de obreros y obreras integrada por Teobaldo Rojas, Eliseo García Laso, María Basurco, Cristina Araujo, Margarita Araníbar, Angela Bustamante y Angela Reborg para plantearle una consulta. Lo que suscita una evaluación de la situación y la elaboración de una propuesta obrera de solución del conflicto.

Pasado seis meses de aquella fecha, falleció Mariátegui el 16 de abril de 1930 cuando frisaba los 35 años de edad. El cortejo fúnebre fue una manifestación multitudinaria de trabajadores enfervorizados por la fe en el socialismo encarnado en Mariátegui.

Hace unos años, cuando visité a Anita Chiappe Vda. de Mariátegui, me dijo: José Carlos no me dejó dinero, sino amigos.

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